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Dos caminos

entre deseos propios y ajenos

September 2006
Al levantarme ayer, el primer día de mi segunda semana de vacaciones en casa de mis padres, encontré un recorte del periódico en la mesa del comedor anunciando un puesto para ser profesor de español en una escuela cercana. A mi padre le gusta dejar pistas en mi camino para ayudarme a tomar decisiones, pistas que me llevarían a una vida según sus deseos. Hace unos días me hablaba de lo que tendría que hacer para empezar a trabajar de profesor el mes que viene. No se entera cuando le hablo de mis planes de volver a España para presentar un proyecto para un master en noviembre y quedarme ahí a vivir. Tiene una facilidad sorprendente de ignorar una realidad con la que no está de acuerdo. Y no es el único.
Mi madre se puso muy animada cuando le conté sobre una amiga que acaba de comprar una casa y me ofreció ayuda si yo quisiera hacer lo mismo. Mi hermana, que tiene dos hijos y vive al lado de mis padres, me ha dicho que yo encajaría perfectamente en la escuela donde trabaja una amiga suya y que los profesores ganan un sueldo respetable. Además, se ha puesto muy seria sobre el tema de que sus hijos deberían tener primos.

Después de vivir por segundo año en España, he vuelto a la casa de mis padres para pasar dos meses de vacaciones. En un acto que parece cariñoso y sofocante a la vez, todo el mundo quiere que me quede aquí para empezar a vivir según las reglas. Parece que mi país de origen me ofrece una vida y el país donde vivo ahora me ofrece otra.

Por un lado tengo mi familia, amigos y una idea borrosa de una vida adulta que sería volver a vivir en mi pueblo, conseguir un trabajo estable, casarme, comprar una casa, tener hijos y preparar para jubilarme al cabo de treinta años. Tendría que ir a la piscina del pueblo durante el verano con los niños y charlar con los otros padres sobre pañales, baberos y televisión reality. Tendría que engordar unos cuantos kilos, dejar de tener aspiraciones y quejarme de la hipoteca. Bueno, es posible que exagere un poco pero no mucho. Vivir esa vida sería fácil y conlleva sus méritos que incluyen estabilidad y el placer de lo cotidiano pero me da miedo. No sé si podría aguantar el hecho de tener que hacer lo mismo todos los días con la misma gente. Me gustan mis amigos y mi familia aquí pero sólo les veo dos meses al año.

Hace unos años no encontraba tanta resistencia. A todo el mundo le parece una aventura vivir en el extranjero a los 25 años. Hacer lo mismo con 35 huele a niño en el cuerpo de hombre huyendo de la responsabilidad. Antes cuando hablaba con mis amigos, ellos decían cosas como, "¡Aprovecha!" o "¡Qué envidia!" o "¡Qué aventura!" o "¡Qué maravilla!"
Ahora dicen cosas como "Bueno, es la hora de ponerte serio, ¿no?" o "¿Por qué te quedas ahí tanto tiempo?," o "¿No tenías más pelo la última vez que te vi?"

Hay algo muy pesado en llevar una vida según las reglas. A lo mejor es el peso de todos los años planificados por delante como si los años no planificados pesaran menos.

¿Qué estarás haciendo en cinco años?

Mi hermana podría decir "Aquel lunes, creo que tenemos una fiesta en las casa de Joey y luego, si hace buen tiempo, vamos al parque para jugar".

Vivir en el extranjero, no tener responsabilidades ni familia es más ligero, es admitir que el destino tiene el control y me permite decir: "No tengo ni idea de lo que estaré haciendo en cinco años. A lo mejor estaré recogiendo a mi hijo de la escuela o viviendo en un pueblo en China. El destino aún no me lo ha dicho".



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