A flor de piel

June 2007
Hoy me siento más hispana que nunca. Leo los periódicos y oigo las noticias, ¡deportaciones! ¡Prohibiciones de renta! ¡Amenaza de castigos a aquellos que apoyen a los ilegales! ¡Iglesias amenazadas por defenderlos!, indiferencia de los políticos e indecisión del Presidente. Hoy veo caminar a mis hermanos y hermanas con lentitud y miedo en los ojos. Todo el mundo anda asustado. Y es que ahora no sólo es la “migra” la que los pueden regresar. Las facultades de detención se han extendido a los policías y a los soplones.

Hoy más que nunca el ser de tono marrón es motivo de desconfianza. Algunos murmuran “esos no pagan impuestos”, “esos les quitan el trabajo a los americanos”, “los ilegales deben ser declarados criminales”. ¿Acaso no pagan impuestos por cada compra que hacen? Que le pregunten a los contratistas, los estadounidenses no quieren hacer cualquier trabajo, los hispanos lo hacen con sudor y a mucha honra. ¿Cómo se puede criminalizar a seres humanos que sólo quieren trabajar? Qué cruel e ignorante puede ser el que diga algo semejante.

La mayoría de trabajadores, sucios y empolvados, mandan dinero a sus países para construir una casita de ladrillo para sus familias y cuidar de sus padres, para pagar la universidad a sus hijos, para empezar negocios pequeños, para impulsar comunidades enteras que han sido abandonadas for falta de apoyo de sus gobiernos, para pagar deudas del diario vivir o para comprar semillas y comida.

Que fácil es hablar sin saber, sin haberlo vivido. Que hable aquel que ha vivido en piso de barro, que ha usado calaminas de metal o paja como techo, el que tiene que transportarse en un camión apretado para ir a trabajar. Que hable aquel que tiene que ir a la paradita con sus canastas y costales para comprar la comida más barata. Que hable aquel que sólo puede dar té a sus hijos porque la leche está muy cara. Que hable el que tiene que trabajar horas y horas sin remuneración adicional por temor a perder su trabajo. Que hable aquel que no tiene seguro por discapacidad o cheque de bienestar social porque su país no lo puede mantener. Que hable aquel que ha sentido miedo real de no tener con qué alimentar a su familia. Que hable, que hable.

Vivir en éste país no es la panacea que pensábamos. Y no sólo me refiero a la legalidad. Vivir en éste país es vivir constantemente probándole a los otros que eres igual que ellos. Que al igual que ellos tienes sueños de paz, de vivir decentemente y con dignidad. El precio es muy alto. Es otro idioma, otro sistema, otro mundo, otra identidad. ¿Cuál es la opción? ¿Regresar a tu país y unirte a la fila de desempleados, vender en las calles o manejar un taxi, mientras tus diplomas te esperan colgados en las paredes de tu casa? Allá la pobreza es real. La falta de oportunidad y la desesperación están a flor de piel.

¿Acaso no todos se benefician en ésta economía? Los inmigrantes aportan con su trabajo, con sus conocimientos, con su dinero, con su cultura. Hacen de éste país un país fuerte y generoso.

Denles la oportunidad de pagar más impuestos, de comprarse sus casas, sus carros, de trabajar dentro del marco legal y recibir beneficios de seguridad social en la vejez, de calificar para seguros de salud y más. Todos merecemos una nueva oportunidad, un chance de reinventarnos. Aboguemos por una reforma migratoria, por disposiciones legales más justas y claras. Que el trato de los indocumentados sea con dignidad porque están viviendo el crimen de QUERER TRABAJAR.

 
 
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