Cultura y noticias hispanas del Valle del Hudson
María Lago: Contando historias con el carácter físico del material
Por Camilo Rojas
June 2026Proveniente de una familia vinculada a la literatura, María Lago se formó en la Universidad Complutense, en el Círculo de Bellas Artes y en la Parsons School of Design. Posee un extenso currículum con exposiciones en Europa y Estados Unidos, entre ellas en el Instituto Cervantes, el Heckscher Museum, la Bienal de Westchester y Merrill Lynch Hispanic Heritage. Su obra integra colecciones privadas e institucionales en España, México, Inglaterra y Estados Unidos.
¿Hace cuánto que estás en el Valle del Hudson?
He vivido en Manhattan, Brooklyn, Astoria y Queens; estuve mucho tiempo en la ciudad. Luego nos fuimos a Mamaroneck y hace 15 años que vivo en Beacon, donde tengo mi taller y galería.
Veo en tu trabajo elementos figurativos y del expresionismo abstracto. Me intriga tu serie sobre el éxodo. ¿Qué buscas?
El centro de mi obra siempre ha sido la materia que exploro desde hace 40 años. Empecé a utilizar mucha textura: uso tela sobre papel. El proceso de quitar y poner. Lo más llamativo de mi obra, incluso en las de Éxodo, es el material tan grande que la ilumina. Trabajar en una tela vacía es construir primero con materiales muy orgánicos que recojo, como hojas, y mezclarlos con barro y diferentes pigmentos. Mi proceso es muy largo. Primero pongo las telas en el suelo donde las trabajo; empiezo a ponerles objetos y a quitárselos. Y ahí construyo. La serie de Exodus fue un trabajo que empecé hace 16 años cuando fui a Detroit. Hice un montón de viajes. Mi marido es de Detroit y sus padres estaban mal. Yo me aventuraba por la ciudad y, como siempre, hacía muchos dibujos. Me encontré con un edificio abandonado que había sido una estación maravillosa. Y estaba en ruinas de los años 30, precioso pero hundido, y gente como zombis andando. Y a partir de ahí fue el primer cuadro que hice, que llamé Detroit, y que está en Londres. Cuando estaba ahí, empecé a pensar: “No es solo una migración típica, sino que se mueve todo el mundo de todos los sitios”. Y lo dejé muy abierto. Hice una serie de unos 40 cuadros durante tres años. Sobre la emigración, en las playas aparecía gente muy pequeña, con muchas algas y con la naturaleza. No era solo decir el destino de la humanidad, sino algo que siempre ocurre. Emigración como humanos, caminar, avanzar. Trabajo siempre en series, siempre y cuando me pongan un tema, pues hago un montón de cosas al respecto. La gente que entraba a la galería describía esas montañas como si fueran de su tierra. Eso es China, Japón o afrodescendientes que dicen: “Es que la inmigración africana, tal…”. Gente de diversas culturas se conecta con mi obra porque ve en ella sus propios paisajes y montañas. Fue algo universal.
¿Ahora reduces lo figurativo para priorizar lo expresivo y el material?
Empecé durante el COVID a hacer una serie que llamé pintura caligráfica. Empecé con simbología dentro de esa pintura abstracta que había creado como un paisaje más figurativo. Me deshice de las figuras y trabajé en la superficie, y empecé a hacer cuadros más de espeleología de las cuevas prehistóricas más alucinantes, tocando la mano que había puesto este ser hace 30.000 o 40.000 años, de la prehistoria. Y me generó un impacto impresionante. Volví a esa reminiscencia del arte abstracto.
Eso lo veo en tu trabajo más reciente.
Esta es la nueva serie que terminé hace dos semanas. Incluyo árboles: redwoods [secoyas] del norte de California; son la inspiración, tienen inscripciones y están hechos también de hilos, con mucha textura y barro. Y luego sigo teniendo esta de Papiros y mis personajes por ahí, figurativos. Hay árboles que representan la inscripción. El tema de toda esta obra que llevo haciendo, entre pintura caligráfica e ideográfica, donde el papiro es la materia y el lenguaje. Llevo seis años con esta historia: la relación física de la escritura, desde hacerlo en barro, con el dedo, poner la huella en una cueva de 30.000 años como en Mesopotamia, en una placa de barro y contarnos su historia, y luego pasar al papel. Mis árboles están llenos de historia. Del barro al papel, algo físico donde sentíamos que la palabra y el lenguaje y la escritura estaban conectados con algo humano. Es el gesto de la creación de la escritura sin escribir, y con la creación corporal, física, de lo que es la palabra, relacionada con la escritura. Y lo que es el lenguaje.
¿La escritura es el acto de un mensaje que no puede descifrarse?
Sí, de una manera, creo que escribir era tocar el mundo físico: la idea no era solo recibir un mensaje escrito, sino también la materia que usabas: el papel, el barro, los papiros. ¿Te imaginas el trabajo que hacían? La palabra estaba escrita en un material. Y luego los mensajes en barro a través de todos los tiempos que tenemos desde hace 20.000 años. Mi punto es que se perdió esa conexión: al escribir, tocábamos, sentíamos. Estábamos con un material como nosotros, como un humano. Y ahora pasamos a escribir con luz que no sentimos.
¿Crees que esta tecnología nos distrae y nos separa de lo humano? ¿Y cómo reflejas esa idea en la escultura, la tela o el papel?
Lo que intento dejar presente es algo material. La información de la época en la que vivimos no vale para nada. El conocimiento es presencia, es materia, es orgánico. El conocimiento se da de algo relacionado con el mundo material. La información nos llega a través de una luz rapidísima que aparece y que, en un segundo, desaparece. No digo que sea bueno o malo. Estoy rescatando un poco esa historia que fue el lenguaje humano. Y de la manera en que las contamos durante siglos fue a través de elementos orgánicos de la tierra que se relacionaban con nosotros. Por eso hablo de las tablas de barro que perduraron durante siglos. Es la historia humana. Lo que intento hacer en los cuadros es esa exploración de la materia y el lenguaje. Hace ocho años hice un cuadro enorme, un tríptico, titulado Homo sapiens. El último Homo sapiens en una tabla. Con el final de lo que somos. Y fue ahí donde empecé a escribir, a hacer cosas más abstractas, sobre todo táctiles. La IA ahora puede reproducir toda la obra de arte de todos los artistas, pero no puede captar la materia, la mezcla que hago y, sobre todo, la escritura que no le pertenece.
Tu serie de planetas evoca lo lejano e inalcanzable y conecta con la idea del éxodo hacia lo desconocido. ¿Cómo ha evolucionado tu obra?
Mi trayectoria es lineal; busco conectar el pasado y el futuro a través de mis vivencias. Intento recuperar nuestra esencia histórica. He trabajado con texturas durante décadas. En mi obra no he cambiado tanto; he progresado. Soy más precisa con los elementos y con la materia; estoy experimentando más. Las enormes obras de escultura que estoy haciendo ahora tardan un par de meses, pero uso el mismo material. Soy escultora, soy pintora, mi proceso lleva tiempo.
¿Cómo llegas en Nueva York?
Yo quería descubrir el mundo y vivir en Florencia. En realidad, no quería venir a Nueva York ni a Estados Unidos. Estuve en una manifestación diciendo: “Malvinas argentinas, Yankees fuera”. Y conocí, tocando la guitarra en el metro, a quien es mi marido. No tuve ningún deseo de escapar. Esa historia romántica o de éxodo político no la tuve. Era un éxodo de conocimiento, de ver más allá y de viajar. Mi idea era ir a Florencia y estudiar la pintura florentina. Apliqué a una beca súper competitiva y quedé segunda. No conseguí la beca y me quedé un poco paralizada; entonces mi idea fue ir a Inglaterra, ya que en Florencia no se podía conseguir trabajo. Y podías conseguir ser camarera o lo que fuera. Fui a Londres, estuve ahí seis meses, pero ya había conocido a Ken, mi esposo, y luego me vine a Nueva York, que no era mi país favorito, pero estaba muy enamorada del expresionismo americano y de su fuerza, bueno, de un montón de artistas de los 50. Entonces llegué y me enamoré de Nueva York. El expresionismo abstracto era más espiritual; podía surgir en cualquier momento para cualquier persona. Es un escape; no es solo una evacuación; no es un éxodo porque no necesitas ir a otro sitio.
Su obra puede ser vista en marialago.com
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COPYRIGHT 2026
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He vivido en Manhattan, Brooklyn, Astoria y Queens; estuve mucho tiempo en la ciudad. Luego nos fuimos a Mamaroneck y hace 15 años que vivo en Beacon, donde tengo mi taller y galería.
Veo en tu trabajo elementos figurativos y del expresionismo abstracto. Me intriga tu serie sobre el éxodo. ¿Qué buscas?
El centro de mi obra siempre ha sido la materia que exploro desde hace 40 años. Empecé a utilizar mucha textura: uso tela sobre papel. El proceso de quitar y poner. Lo más llamativo de mi obra, incluso en las de Éxodo, es el material tan grande que la ilumina. Trabajar en una tela vacía es construir primero con materiales muy orgánicos que recojo, como hojas, y mezclarlos con barro y diferentes pigmentos. Mi proceso es muy largo. Primero pongo las telas en el suelo donde las trabajo; empiezo a ponerles objetos y a quitárselos. Y ahí construyo. La serie de Exodus fue un trabajo que empecé hace 16 años cuando fui a Detroit. Hice un montón de viajes. Mi marido es de Detroit y sus padres estaban mal. Yo me aventuraba por la ciudad y, como siempre, hacía muchos dibujos. Me encontré con un edificio abandonado que había sido una estación maravillosa. Y estaba en ruinas de los años 30, precioso pero hundido, y gente como zombis andando. Y a partir de ahí fue el primer cuadro que hice, que llamé Detroit, y que está en Londres. Cuando estaba ahí, empecé a pensar: “No es solo una migración típica, sino que se mueve todo el mundo de todos los sitios”. Y lo dejé muy abierto. Hice una serie de unos 40 cuadros durante tres años. Sobre la emigración, en las playas aparecía gente muy pequeña, con muchas algas y con la naturaleza. No era solo decir el destino de la humanidad, sino algo que siempre ocurre. Emigración como humanos, caminar, avanzar. Trabajo siempre en series, siempre y cuando me pongan un tema, pues hago un montón de cosas al respecto. La gente que entraba a la galería describía esas montañas como si fueran de su tierra. Eso es China, Japón o afrodescendientes que dicen: “Es que la inmigración africana, tal…”. Gente de diversas culturas se conecta con mi obra porque ve en ella sus propios paisajes y montañas. Fue algo universal.
¿Ahora reduces lo figurativo para priorizar lo expresivo y el material?
Empecé durante el COVID a hacer una serie que llamé pintura caligráfica. Empecé con simbología dentro de esa pintura abstracta que había creado como un paisaje más figurativo. Me deshice de las figuras y trabajé en la superficie, y empecé a hacer cuadros más de espeleología de las cuevas prehistóricas más alucinantes, tocando la mano que había puesto este ser hace 30.000 o 40.000 años, de la prehistoria. Y me generó un impacto impresionante. Volví a esa reminiscencia del arte abstracto.
Eso lo veo en tu trabajo más reciente.
Esta es la nueva serie que terminé hace dos semanas. Incluyo árboles: redwoods [secoyas] del norte de California; son la inspiración, tienen inscripciones y están hechos también de hilos, con mucha textura y barro. Y luego sigo teniendo esta de Papiros y mis personajes por ahí, figurativos. Hay árboles que representan la inscripción. El tema de toda esta obra que llevo haciendo, entre pintura caligráfica e ideográfica, donde el papiro es la materia y el lenguaje. Llevo seis años con esta historia: la relación física de la escritura, desde hacerlo en barro, con el dedo, poner la huella en una cueva de 30.000 años como en Mesopotamia, en una placa de barro y contarnos su historia, y luego pasar al papel. Mis árboles están llenos de historia. Del barro al papel, algo físico donde sentíamos que la palabra y el lenguaje y la escritura estaban conectados con algo humano. Es el gesto de la creación de la escritura sin escribir, y con la creación corporal, física, de lo que es la palabra, relacionada con la escritura. Y lo que es el lenguaje.
¿La escritura es el acto de un mensaje que no puede descifrarse?
Sí, de una manera, creo que escribir era tocar el mundo físico: la idea no era solo recibir un mensaje escrito, sino también la materia que usabas: el papel, el barro, los papiros. ¿Te imaginas el trabajo que hacían? La palabra estaba escrita en un material. Y luego los mensajes en barro a través de todos los tiempos que tenemos desde hace 20.000 años. Mi punto es que se perdió esa conexión: al escribir, tocábamos, sentíamos. Estábamos con un material como nosotros, como un humano. Y ahora pasamos a escribir con luz que no sentimos.
¿Crees que esta tecnología nos distrae y nos separa de lo humano? ¿Y cómo reflejas esa idea en la escultura, la tela o el papel?
Lo que intento dejar presente es algo material. La información de la época en la que vivimos no vale para nada. El conocimiento es presencia, es materia, es orgánico. El conocimiento se da de algo relacionado con el mundo material. La información nos llega a través de una luz rapidísima que aparece y que, en un segundo, desaparece. No digo que sea bueno o malo. Estoy rescatando un poco esa historia que fue el lenguaje humano. Y de la manera en que las contamos durante siglos fue a través de elementos orgánicos de la tierra que se relacionaban con nosotros. Por eso hablo de las tablas de barro que perduraron durante siglos. Es la historia humana. Lo que intento hacer en los cuadros es esa exploración de la materia y el lenguaje. Hace ocho años hice un cuadro enorme, un tríptico, titulado Homo sapiens. El último Homo sapiens en una tabla. Con el final de lo que somos. Y fue ahí donde empecé a escribir, a hacer cosas más abstractas, sobre todo táctiles. La IA ahora puede reproducir toda la obra de arte de todos los artistas, pero no puede captar la materia, la mezcla que hago y, sobre todo, la escritura que no le pertenece.
Tu serie de planetas evoca lo lejano e inalcanzable y conecta con la idea del éxodo hacia lo desconocido. ¿Cómo ha evolucionado tu obra?
Mi trayectoria es lineal; busco conectar el pasado y el futuro a través de mis vivencias. Intento recuperar nuestra esencia histórica. He trabajado con texturas durante décadas. En mi obra no he cambiado tanto; he progresado. Soy más precisa con los elementos y con la materia; estoy experimentando más. Las enormes obras de escultura que estoy haciendo ahora tardan un par de meses, pero uso el mismo material. Soy escultora, soy pintora, mi proceso lleva tiempo.
¿Cómo llegas en Nueva York?
Yo quería descubrir el mundo y vivir en Florencia. En realidad, no quería venir a Nueva York ni a Estados Unidos. Estuve en una manifestación diciendo: “Malvinas argentinas, Yankees fuera”. Y conocí, tocando la guitarra en el metro, a quien es mi marido. No tuve ningún deseo de escapar. Esa historia romántica o de éxodo político no la tuve. Era un éxodo de conocimiento, de ver más allá y de viajar. Mi idea era ir a Florencia y estudiar la pintura florentina. Apliqué a una beca súper competitiva y quedé segunda. No conseguí la beca y me quedé un poco paralizada; entonces mi idea fue ir a Inglaterra, ya que en Florencia no se podía conseguir trabajo. Y podías conseguir ser camarera o lo que fuera. Fui a Londres, estuve ahí seis meses, pero ya había conocido a Ken, mi esposo, y luego me vine a Nueva York, que no era mi país favorito, pero estaba muy enamorada del expresionismo americano y de su fuerza, bueno, de un montón de artistas de los 50. Entonces llegué y me enamoré de Nueva York. El expresionismo abstracto era más espiritual; podía surgir en cualquier momento para cualquier persona. Es un escape; no es solo una evacuación; no es un éxodo porque no necesitas ir a otro sitio.
Su obra puede ser vista en marialago.com
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