Cultura y noticias hispanas del Valle del Hudson
Receta para viajar, 6
Travesías de una identidad mestiza
Por Silvia Mejia
May 2026El primer fin de semana de septiembre había sido inusualmente violento en Quito. La edición del martes 5 del diario reportó el asesinato de cuatro personas durante un festival de música afroecuatoriana. Estas muertes y varios heridos eran, de acuerdo con la nota del diario, el saldo de dos incidentes separados. Francamente, sorprendía que el número de víctimas no hubiera sido mayor. Así que aquella semana, durante la reunión de los miércoles temprano, que era cuando decidían qué temas iban a desarrollar, tu jefe y tú coincidieron en que la balacera del festival ameritaba más atención.
Lo bueno de escribir para las ediciones de fin de semana era que había la posibilidad de investigar y profundizar en noticias que, a menudo, solo alcanzaban a recibir un trato somero durante la semana. Lo malo era que, por lo general, el tema a desarrollar variaba dramáticamente: hoy podías estar reporteando con economistas y ministros sobre la devaluación del sucre, pero ni bien se había publicado ese artículo ya te encontrabas leyendo desaforadamente sobre iniciativas de reorganización del tráfico urbano, o sobre porqué hasta el presidente de Colombia había admitido que no se perdía ni un episodio de la telenovela Café. De manera que, para la edición de ese finde, tras conseguir los números de teléfono clave con los compañeros que cubrían policial, te iba a tocar entrevistar a altos mandos de la institución.
No recuerdas exactamente como empezó la conversación con el coronel a cargo de la Oficina de Investigación del Delito (OID), pero en algún momento quedó claro que los cuatro muertos, así como la mayoría de los heridos en la balacera del fin de semana anterior, eran afroecuatorianos. Que alguien ametrallara a una multitud en plena plaza pública era algo que no se había visto antes en Quito, así que la pregunta de rigor era qué estaba detrás, de acuerdo con los investigadores a cargo del caso, de este tipo de violencia. “Esta migración de negros que ha atacado la ciudad”, se quejó el coronel ante tu grabadora encendida sobre su escritorio, y no tuvo mucho más que ofrecer a manera de explicación.
En camino a la segunda entrevista, esta vez con el comandante del Regimiento Quito, no podías sacarte de la cabeza la frase del jefe de la OID. Ibas a tener que mencionarla en la conversación con este otro coronel, darle la oportunidad de que rechazara la posición de su colega y de que se disculpara en nombre de la institución. La verdad, no te acuerdas si hubo tiempo de intentarlo siquiera porque, como si se hubieran puesto de acuerdo, el segundo coronel tomó la posta donde el otro la había dejado y te explicó on the record que “Hay un tipo de raza que es proclive a la delincuencia, a cometer actos atroces...”. Esa raza de indecibles inclinaciones era, según el comandante, “la raza morena”. Se había cuidado de optar por un eufemismo y no decir “la raza negra”, no fuera a ser que lo tildaran de racista.
Para entonces habían pasado poco más de tres años desde que empezaste a trabajar en el diario, pero era como si aquel primer día de pasante en la sección Ciudad hubiera ocurrido en otra vida. ¿Te acuerdas? Sentiste que se te juntaba el cielo con la tierra cuando tu jefa te pidió que llamaras al municipio para pedir información sobre cortes de agua potable. ¿Quién eras tú para exigir esos datos? ¿Era normal que el hacer una pinche llamada te pusiera tan nerviosa? ¿Quizá este trabajo no era para ti después de todo? Pero al escuchar a los periodistas más fogueados reportear desde sus cubículos, te habías dado cuenta de que los de la oficina de prensa no tenían porqué enterarse de que la mujer al otro lado del teléfono era solo una tímida estudiante de tercer año de comunicación social.
Aprendiste pronto a poner el diario por delante: “Buenos días, mi nombre es fulana y le estoy llamando del diario tal...”. A la sola mención de tu empleador, las puertas de las instituciones tendían a abrirse como por arte de magia, pero rara era la ocasión en que quienes las abrían te dejaran echar un ojo siquiera a lo que realmente sucedía dentro. Las declaraciones de los funcionarios casi nunca se desviaban del libreto y dejaban, sin fallar, el gustillo a boletín de prensa. Unos pocos años en el diario habían sido suficientes para notar que solo los desesperados, los que sienten que no tienen ya nada que perder, dicen delante de un micrófono lo que en verdad están pensando. Por eso, las palabras de los jefes de policía te habían dejado de una pieza.
Una vez en la redacción, escuchaste las grabaciones una y otra vez. ¿Era posible que los coroneles hubieran dicho lo que dijeron con la expectativa de que te lo tomaras como un comentario superfluo, como una broma de mal gusto? No, porque las acusaciones lanzadas contra la minoría negra eran la única “hipótesis” que habían ofrecido para explicar la violencia del fin de semana anterior. La noticia, pues, se había desplazado de los detalles de una balacera hacia la ingenua transparencia con la que los jefes de policía habían desnudado los prejuicios raciales que tenían. Los coroneles no solo parecían convencidos de que su interpretación de los hechos respondía a una realidad irrefutable de inferioridad racial. Partían de un racismo tan naturalizado en el país que sus declaraciones les habrán sonado a palabras inocuas, a secreto a voces, a puro sentido común.
El editor de turno te dio el visto bueno y el artículo apareció el sábado 9, con el título “¿La culpa es de los negros?”. La verdad es que te preocupaba la posible reacción de la policía, pero, bueno, también tenías las grabaciones. Las primeras cartas de protesta que llegaron al diario, sin embargo, no venían de los coroneles, sino de organizaciones afroecuatorianas ligadas con los derechos humanos, la iglesia católica y las artes. Algunos líderes negros hablaban del “racismo solapado” que habían sentido toda su vida en los buses, en el colegio, en la calle; de cómo, cuando trataban de rentar un apartamento, por ejemplo, los dueños les decían que ya estaba arrendado porque no querían a negros como inquilinos. Otros, como los jóvenes miembros de una agrupación de danza, increpaban los prejuicios racistas de los jefes de policía y exigían que “no traten de esconder la incompetencia o la impotencia del estado y sus instituciones detrás de los negros, los indígenas, los pobres y los diferentes”. Solo cuando publicaste estas reacciones y testimonios llegó el coletazo de la policía.
Vino en forma de una carta del comandante general de la policía nacional que el diario publicó el domingo 24. El comandante, quien jamás pidió acceso a las entrevistas grabadas, te acusó de haber distorsionado las declaraciones de sus subordinados. De acuerdo con su carta, los coroneles simplemente habían explicado que “un porcentaje de delincuentes nacionales, influenciados por delincuentes de países vecinos, son hombres negros que cometen crímenes con armas de fuego”. Si esto había ofendido a “un respetable grupo de ecuatorianos”, pues el comandante se disculpaba en nombre suyo y de la institución.
De paso, como quien no quiere la cosa, la carta insinuaba también que la rabia ciudadana debida más bien dirigirse hacia los extranjeros. Quizá aquella fue la primera vez que identificaste esta estrategia, una versión de chivo expiatorio probablemente tan vieja como el estado-nación. Desde aquel día la has visto repetirse como disco rayado por donde quiera que hayas puesto pie, sobre todo si el influjo extranjero en cuestión viene de “shithole countries”, como diría Donald Trump. Es decir, migrantes o refugiados pobres y de piel oscura.
No se te permitió defenderte contra las acusaciones del comandante. El alto mando habrá tenido su conversación privada con los big shots del diario, por supuesto. Aunque la carta publicada estaba llena de incriminaciones sin pruebas, para tus jefes lo que contaba es que el comandante se había disculpado públicamente. No valía la pena seguir agitando las aguas, te dijeron. Y a ti no te quedó otra que aceptarlo: no eras nadie después de todo. ¿Te imaginas si las redes sociales hubieran existido en ese entonces? La que se habría armado.
Con octubre volvieron para ti los saltos semanales de un tema a otro, entre ellos los preparativos para la elección de Miss Ecuador, programada para el mes siguiente. No tenías idea de que, lo que normalmente habría sido una cobertura de cajón, se iba a convertir en una de las noticias más importantes del año. El 9 de noviembre de 1995, en el Teatro Bolívar de Quito, el jurado le otorgó el primer lugar a Mónica Chalá, una quiteña de 22 años, modelo, atleta de elite y, a partir de esa noche, la primera Miss Ecuador negra en la historia del país.
A pesar de lo ocurrido un par de meses atrás con los jefes de policía, las múltiples manifestaciones de desacuerdo que siguieron a la elección no dejaron de sorprenderte. Un grupo de mujeres protestó en las calles de Quito porque consideraban que la flamante Miss no representaba la belleza ecuatoriana; a una miembro del jurado la amenazaron con ponerle una bomba en el carro; a oídos de Mónica llegó el comentario de que, por ser ella quien iba a representar al país en Miss Universo, a muchos les preocupaba que el resto del mundo fuera a pensar que la población del Ecuador es negra.
*Silvia Mejia es escritora, profesora de literatura y Directora de Programas en Español de SUNY Empire. Escucha la entrevista de Mejia en La Voz con Mariel Fiori aquí (a partir del minuto 14): https://bit.ly/MejiaLaVoz
*Descarga el libro completo, gratis, en este enlace: https://linktr.ee/silmejback to top
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No recuerdas exactamente como empezó la conversación con el coronel a cargo de la Oficina de Investigación del Delito (OID), pero en algún momento quedó claro que los cuatro muertos, así como la mayoría de los heridos en la balacera del fin de semana anterior, eran afroecuatorianos. Que alguien ametrallara a una multitud en plena plaza pública era algo que no se había visto antes en Quito, así que la pregunta de rigor era qué estaba detrás, de acuerdo con los investigadores a cargo del caso, de este tipo de violencia. “Esta migración de negros que ha atacado la ciudad”, se quejó el coronel ante tu grabadora encendida sobre su escritorio, y no tuvo mucho más que ofrecer a manera de explicación.
En camino a la segunda entrevista, esta vez con el comandante del Regimiento Quito, no podías sacarte de la cabeza la frase del jefe de la OID. Ibas a tener que mencionarla en la conversación con este otro coronel, darle la oportunidad de que rechazara la posición de su colega y de que se disculpara en nombre de la institución. La verdad, no te acuerdas si hubo tiempo de intentarlo siquiera porque, como si se hubieran puesto de acuerdo, el segundo coronel tomó la posta donde el otro la había dejado y te explicó on the record que “Hay un tipo de raza que es proclive a la delincuencia, a cometer actos atroces...”. Esa raza de indecibles inclinaciones era, según el comandante, “la raza morena”. Se había cuidado de optar por un eufemismo y no decir “la raza negra”, no fuera a ser que lo tildaran de racista.
Para entonces habían pasado poco más de tres años desde que empezaste a trabajar en el diario, pero era como si aquel primer día de pasante en la sección Ciudad hubiera ocurrido en otra vida. ¿Te acuerdas? Sentiste que se te juntaba el cielo con la tierra cuando tu jefa te pidió que llamaras al municipio para pedir información sobre cortes de agua potable. ¿Quién eras tú para exigir esos datos? ¿Era normal que el hacer una pinche llamada te pusiera tan nerviosa? ¿Quizá este trabajo no era para ti después de todo? Pero al escuchar a los periodistas más fogueados reportear desde sus cubículos, te habías dado cuenta de que los de la oficina de prensa no tenían porqué enterarse de que la mujer al otro lado del teléfono era solo una tímida estudiante de tercer año de comunicación social.
Aprendiste pronto a poner el diario por delante: “Buenos días, mi nombre es fulana y le estoy llamando del diario tal...”. A la sola mención de tu empleador, las puertas de las instituciones tendían a abrirse como por arte de magia, pero rara era la ocasión en que quienes las abrían te dejaran echar un ojo siquiera a lo que realmente sucedía dentro. Las declaraciones de los funcionarios casi nunca se desviaban del libreto y dejaban, sin fallar, el gustillo a boletín de prensa. Unos pocos años en el diario habían sido suficientes para notar que solo los desesperados, los que sienten que no tienen ya nada que perder, dicen delante de un micrófono lo que en verdad están pensando. Por eso, las palabras de los jefes de policía te habían dejado de una pieza.
Una vez en la redacción, escuchaste las grabaciones una y otra vez. ¿Era posible que los coroneles hubieran dicho lo que dijeron con la expectativa de que te lo tomaras como un comentario superfluo, como una broma de mal gusto? No, porque las acusaciones lanzadas contra la minoría negra eran la única “hipótesis” que habían ofrecido para explicar la violencia del fin de semana anterior. La noticia, pues, se había desplazado de los detalles de una balacera hacia la ingenua transparencia con la que los jefes de policía habían desnudado los prejuicios raciales que tenían. Los coroneles no solo parecían convencidos de que su interpretación de los hechos respondía a una realidad irrefutable de inferioridad racial. Partían de un racismo tan naturalizado en el país que sus declaraciones les habrán sonado a palabras inocuas, a secreto a voces, a puro sentido común.
El editor de turno te dio el visto bueno y el artículo apareció el sábado 9, con el título “¿La culpa es de los negros?”. La verdad es que te preocupaba la posible reacción de la policía, pero, bueno, también tenías las grabaciones. Las primeras cartas de protesta que llegaron al diario, sin embargo, no venían de los coroneles, sino de organizaciones afroecuatorianas ligadas con los derechos humanos, la iglesia católica y las artes. Algunos líderes negros hablaban del “racismo solapado” que habían sentido toda su vida en los buses, en el colegio, en la calle; de cómo, cuando trataban de rentar un apartamento, por ejemplo, los dueños les decían que ya estaba arrendado porque no querían a negros como inquilinos. Otros, como los jóvenes miembros de una agrupación de danza, increpaban los prejuicios racistas de los jefes de policía y exigían que “no traten de esconder la incompetencia o la impotencia del estado y sus instituciones detrás de los negros, los indígenas, los pobres y los diferentes”. Solo cuando publicaste estas reacciones y testimonios llegó el coletazo de la policía.
Vino en forma de una carta del comandante general de la policía nacional que el diario publicó el domingo 24. El comandante, quien jamás pidió acceso a las entrevistas grabadas, te acusó de haber distorsionado las declaraciones de sus subordinados. De acuerdo con su carta, los coroneles simplemente habían explicado que “un porcentaje de delincuentes nacionales, influenciados por delincuentes de países vecinos, son hombres negros que cometen crímenes con armas de fuego”. Si esto había ofendido a “un respetable grupo de ecuatorianos”, pues el comandante se disculpaba en nombre suyo y de la institución.
De paso, como quien no quiere la cosa, la carta insinuaba también que la rabia ciudadana debida más bien dirigirse hacia los extranjeros. Quizá aquella fue la primera vez que identificaste esta estrategia, una versión de chivo expiatorio probablemente tan vieja como el estado-nación. Desde aquel día la has visto repetirse como disco rayado por donde quiera que hayas puesto pie, sobre todo si el influjo extranjero en cuestión viene de “shithole countries”, como diría Donald Trump. Es decir, migrantes o refugiados pobres y de piel oscura.
No se te permitió defenderte contra las acusaciones del comandante. El alto mando habrá tenido su conversación privada con los big shots del diario, por supuesto. Aunque la carta publicada estaba llena de incriminaciones sin pruebas, para tus jefes lo que contaba es que el comandante se había disculpado públicamente. No valía la pena seguir agitando las aguas, te dijeron. Y a ti no te quedó otra que aceptarlo: no eras nadie después de todo. ¿Te imaginas si las redes sociales hubieran existido en ese entonces? La que se habría armado.
Con octubre volvieron para ti los saltos semanales de un tema a otro, entre ellos los preparativos para la elección de Miss Ecuador, programada para el mes siguiente. No tenías idea de que, lo que normalmente habría sido una cobertura de cajón, se iba a convertir en una de las noticias más importantes del año. El 9 de noviembre de 1995, en el Teatro Bolívar de Quito, el jurado le otorgó el primer lugar a Mónica Chalá, una quiteña de 22 años, modelo, atleta de elite y, a partir de esa noche, la primera Miss Ecuador negra en la historia del país.
A pesar de lo ocurrido un par de meses atrás con los jefes de policía, las múltiples manifestaciones de desacuerdo que siguieron a la elección no dejaron de sorprenderte. Un grupo de mujeres protestó en las calles de Quito porque consideraban que la flamante Miss no representaba la belleza ecuatoriana; a una miembro del jurado la amenazaron con ponerle una bomba en el carro; a oídos de Mónica llegó el comentario de que, por ser ella quien iba a representar al país en Miss Universo, a muchos les preocupaba que el resto del mundo fuera a pensar que la población del Ecuador es negra.
*Silvia Mejia es escritora, profesora de literatura y Directora de Programas en Español de SUNY Empire. Escucha la entrevista de Mejia en La Voz con Mariel Fiori aquí (a partir del minuto 14): https://bit.ly/MejiaLaVoz
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