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Once países en 105 días

Por Adriana P Parada Campos
March 2026
Mientras el sol se escondía bajo el horizonte del océano, y el barco rompía las olas que atravesaba, pensé en el privilegio que estaba viviendo. El mundo era mi campus universitario, y me esperaba otro puerto, otra ciudad, donde aprendería más. No solo sobre el lugar y su rica cultura, sino también sobre mí misma.
Todo empezó cuando me aceptaron al programa de intercambio “Semester at Sea”, en el cual por un semestre universitario, te subes a un barco con 600 personas: estudiantes, profesores universitarios, staff, y miembros de la tripulación. Junto a estas personas, recorres alrededor de once países, cada uno tan único y diferente al anterior. Aprendes de su cultura, comida, tradiciones y entablas relaciones con los locales. Volviéndote así, lo que se llamaría un ciudadano global.

Fue así como mi recorrido inició por Amsterdam, ciudad holandesa conocida por sus tulipanes, canales e increíble arquitectura. Fui ahí donde abordé el barco World Odyssey que me llevaría a mis otros destinos. La vida en el barco consistía en cuatro clases universitarias que impartían los profesores que vivían esta travesía compartida. Se realizaban seminarios de estos profesores durante las tardes/noches y los estudiantes nos organizábamos para hacer clubes y eventos para compartir con todos en la comunidad. Por ejemplo, junto a una chica brasileña que conocí en el barco, creamos el club “Con Sazón” donde impartimos clases de bailes latinos al resto de la comunidad.

Y así mi semestre fue turnándose entre clases en el barco y tiempo en cada puerto. Nuestra ruta consistió en: Porto, Portugal, donde por ser estudiante de arquitectura tuve la dicha de conocer en profundidad la historia de la ciudad, disfrutar de su comida, y recorrer sus rincones escondidos. Málaga y Granada en España, donde aprendí a bailar flamenco, y a ver la intersección de la cultura y arquitectura árabe en sus ciudades y castillos como La Alhambra. Casablanca, Chefchaouen, Marrakesh y el desierto del Sahara en Marruecos, donde por su increíble mezcla cultural francesa, árabe y española, me preguntaban si poseía raíces árabes (cosa que por la ocupación del Imperio Ottoman en España antes que la misma colonizara América Latina, puede ser posible) y su música y cultura me abrazaba de maneras parecidas a las latinas. De ahí visitamos Accra en Ghana, donde aprendimos sobre la trata de esclavos en el Atlántico y como sus culturas llegaron a influenciar tanto cuando llegaron a América. Pasamos por Ciudad del Cabo, Sudáfrica, donde me enamoré de sus montañas, sus paisajes y la amabilidad de sus personas. La isla Mauricio, isla paradisiaca, en la que pude disfrutar de sus playas, su comida y su naturaleza. India, el país donde viví por dos años, que me envolvió en su abrazo materno y donde recorrí nostálgicamente lugares con nuevos ojos. Ho Chi Minh y Hoi An en Vietnam, donde me perdí en sus ciudades y su vibrante cultura, en sus telares y en su arte, así como en su historia. Hong Kong, ciudad que me recordaba a Nueva York, con sus edificios y sus multitudes, donde visité el templo con uno de los Budas más grandes del mundo. Y por último, Tailandia, país donde tuve que decirle adiós a mi barco y a la comunidad que hice en esos 100 días.

Al volver a casa, reflexionando de tremenda experiencia, noté como el poder viajar y conocer por ti mismo el mundo te transforma. Te hace ver realidades vividas por las personas del mundo en su día a día. Te hace dar cuenta de que tal vez no somos tan diferentes los unos de los otros, que somos humanos, sin importar de donde seamos y donde vayamos. Que con respeto, curiosidad y una buena conversación, puedes entablar amistades por el mundo. Y así aprender más y compartirles eso a tus comunidades.
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