Cultura y noticias hispanas del Valle del Hudson

Recuerdos del Municipio de Puebla
April 2025Llegué al municipio de Puebla con una mezcla de emociones que no podría describir del todo. La ciudad parecía acogerme con sus calles estrechas y empedradas, como si me hubiera estado esperando.
Era la primera vez que ponía un pie aquí, pero, al mismo tiempo, sentía que algo me era familiar, como si las historias de mi padre cobraran vida ante mis ojos.
Mi papá, nacido en Puebla, emigró a los Estados Unidos cuando tenía 19 años. Desde que era pequeña, me contaba historias de su niñez, las travesuras que hacía con sus amigos, las caminatas a la escuela, los mercados llenos de colores y aromas, y, sobre todo, las calles que recorría todos los días.
Siempre había querido conocerlas, pero por razones que nunca entendí del todo, no había podido hacerlo hasta ahora. Caminé por la Plaza de la Victoria, donde papá solía decir que jugaba con otros niños cuando era apenas un niño. La plaza era pequeña, rodeada de árboles y bancos de hierro que ofrecían sombra. Recordé las historias que me contaba sobre las tardes calurosas, el bullicio de los vendedores ambulantes, y cómo el sonido de las campanas de la iglesia resonaba en el aire. Todo me parecía más grande en sus relatos, pero aquí, ahora, la plaza me parecía tan acogedora, tan llena de vida.
A medida que avanzaba por las calles cercanas, noté que algunas fachadas de las casas aún conservaban esa arquitectura colonial que papá tanto admiraba. Las paredes de adobe, las puertas de madera, las ventanas con balcones de hierro forjado. Algunas casas, al igual que en los relatos de mi padre, estaban adornadas con flores coloridas que parecían saludarme al caminar. Me detuve frente a una de ellas, imaginando que mi papá habría pasado muchas veces por ahí cuando era joven.
Seguí andando hacia la calle 6 Oriente, una de las que él mencionaba con frecuencia. Allí, papá solía comprar pan de dulce en una panadería que, según me contaba, tenía el mejor sabor de todo Puebla. No pude evitar sonreír al ver la misma panadería, aunque ya no era la misma. La fachada había cambiado, pero el olor del pan recién horneado seguía siendo el mismo. Entré y compré unos bolillos, mientras pensaba en las manos de mi padre, las mismas que hoy me sostenían en cada paso.
Continué mi recorrido por las calles del centro, llegando a la calle de los Sapos, famosa por sus tiendas de antigüedades y la atmósfera bohemia que siempre había enamorado a mi papá. Caminé despacio, sintiendo la conexión entre lo que él me había contado y lo que estaba viviendo en ese momento. Las historias cobraban vida en cada rincón, en cada esquina.
Al final del día, me senté en una banca de la Plaza Principal, mirando la catedral. Pensé en mi padre, en su viaje a los Estados Unidos, y en cómo esas calles que ahora recorría eran su pasado, pero también mi presente. Tal vez no podría revivir exactamente lo que él vivió, pero al caminar por esos mismos lugares, sentí que una parte de él siempre había estado conmigo, y que, por fin, entendía un poco más sobre su historia y sus raíces.
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Mi papá, nacido en Puebla, emigró a los Estados Unidos cuando tenía 19 años. Desde que era pequeña, me contaba historias de su niñez, las travesuras que hacía con sus amigos, las caminatas a la escuela, los mercados llenos de colores y aromas, y, sobre todo, las calles que recorría todos los días.
Siempre había querido conocerlas, pero por razones que nunca entendí del todo, no había podido hacerlo hasta ahora. Caminé por la Plaza de la Victoria, donde papá solía decir que jugaba con otros niños cuando era apenas un niño. La plaza era pequeña, rodeada de árboles y bancos de hierro que ofrecían sombra. Recordé las historias que me contaba sobre las tardes calurosas, el bullicio de los vendedores ambulantes, y cómo el sonido de las campanas de la iglesia resonaba en el aire. Todo me parecía más grande en sus relatos, pero aquí, ahora, la plaza me parecía tan acogedora, tan llena de vida.
A medida que avanzaba por las calles cercanas, noté que algunas fachadas de las casas aún conservaban esa arquitectura colonial que papá tanto admiraba. Las paredes de adobe, las puertas de madera, las ventanas con balcones de hierro forjado. Algunas casas, al igual que en los relatos de mi padre, estaban adornadas con flores coloridas que parecían saludarme al caminar. Me detuve frente a una de ellas, imaginando que mi papá habría pasado muchas veces por ahí cuando era joven.
Seguí andando hacia la calle 6 Oriente, una de las que él mencionaba con frecuencia. Allí, papá solía comprar pan de dulce en una panadería que, según me contaba, tenía el mejor sabor de todo Puebla. No pude evitar sonreír al ver la misma panadería, aunque ya no era la misma. La fachada había cambiado, pero el olor del pan recién horneado seguía siendo el mismo. Entré y compré unos bolillos, mientras pensaba en las manos de mi padre, las mismas que hoy me sostenían en cada paso.
Continué mi recorrido por las calles del centro, llegando a la calle de los Sapos, famosa por sus tiendas de antigüedades y la atmósfera bohemia que siempre había enamorado a mi papá. Caminé despacio, sintiendo la conexión entre lo que él me había contado y lo que estaba viviendo en ese momento. Las historias cobraban vida en cada rincón, en cada esquina.
Al final del día, me senté en una banca de la Plaza Principal, mirando la catedral. Pensé en mi padre, en su viaje a los Estados Unidos, y en cómo esas calles que ahora recorría eran su pasado, pero también mi presente. Tal vez no podría revivir exactamente lo que él vivió, pero al caminar por esos mismos lugares, sentí que una parte de él siempre había estado conmigo, y que, por fin, entendía un poco más sobre su historia y sus raíces.
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