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 Tierra de Ceniza, parte 2

Por Felipe Escudero Gómez
December 2022
Como Bongami era un miembro reconocido en la comunidad de Brooklyn y Chris pudo alcanzarlo antes de que saliera del parque, se les permitió llegar hasta la primera línea para ver al Hatzolah proceder con el accidente. El rojo titilante de las sirenas resplandecía por encima de la muchedumbre y a la derecha del umbral habían vallas metálicas y montones de bolsas de basura donde un Chevrolet derribó un pilar de piedra contra una reja de hierro de un edificio de cuatro pisos. Por debajo del Chevrolet sobresalían dos conservados zapatos blancos pertenecientes a dos delgadas y cortas piernas negras.
 
Chris empezó a vomitar tan pronto llegó. No lo podía creer. Su padre estaba al frente con una contusión en su cabeza y estaba siendo atendido por los paramédicos del Hatzolah, la pequeña niña afroamericana yacía tirada inmóvil sin atención. Cuando los padres de la pequeña llegaron a la escena del accidente, los gritos se hicieron desgarradores, Paul se desmayó y tuvo que ser trasladado al hospital. Bengami y otros tantos empezaron a arengar sin tregua reclamándole a la policía del Shomrim que hiciera algo por la niña. No se entendía cómo la cordura se fue rasgando dando paso a la barbarie, Chloe Jones de siete años murió en la esquina de su casa.

El anillo de seguridad implementado por el Shomrim estaba siendo amenazado con el avance irremediable de la muchedumbre que quería vengar a la niña. Las vallas metálicas puestas para acordonar el perímetro, ahora eran los escudos de los vengadores. Más patrullas de la policía de Nueva York llegaron y los requerimientos de los manifestantes se transformaron en saqueos e incendios. Las casas y autos, propiedad de judíos ortodoxos, se convirtieron en los blancos de los afroamericanos. Los vecinos quemaron una bandera israelí durante la marcha a la que se iban sumando más manifestantes. Cuando un carro de la policía trató de dispersar la marcha abruptamente, la multitud volcó el carro, sacó a los dos policías y los golpeó con sus propios mazos.

Arde la Ceniza

A las tres de la mañana el ambiente del Gato Gris tenía un aspecto a níquel fundido, sabor amargo y a solista con guitarra bordona. Chris estaba cómodo con la espera, había esperado demasiado por este encuentro y ahora podría esperar un poco más. La guitarra se hacía mística con la demora de un acontecimiento que tal vez le arreglaría su existencia. Las cuerdas en do mayor le recordaban el folclor del sur que tanto le gustaba a su padre. Chris Cohen estaba sentado al costado derecho de la barra y ya llevaba varias horas rumiando su trago y recordando ese 18 de agosto en que la policía de Nueva York llegó a su casa para arrestar a su padre. Paul fue a la cárcel culpado por homicidio en primer grado, por ser un judío ortodoxo que nada sabía de la vida presidiaria no la pasó bien. Fue encarcelado en el Centro Correccional Metropolitano, en donde la mayoría de presos eran afroamericanos que se habían enterado por las noticias que Paul Cohen había atropellado a Chloe Jones. Afuera, su esposa Anna tampoco la pasaba bien, ahora era casi la esposa de un fantasma sin dinero, sin trabajo y con la manutención de tres hijos. Dentro de su comunidad tuvo que soportar el rechazo supremo y las pocas personas que le quedaron no la querían visitar por miedo a la estigmatización.

Chris recordaba que en los primeros meses de su padre en la cárcel, caminaba observando los antiguos edificios de Brooklyn, percatándose en las grietas profundas de las paredes, en los ladrillos rotos y en un moho grisáceo que desde la base se iba apoderando de todo el edificio; al igual que el encierro se iba apoderando del alma de los presos. Unas cuadras más adelante, estaba el olor de los callejones, un olor a apatía, a amargura que se le iba pegando al alma. En su recorrido pensaba en lo que había leído en la biblioteca pública de Nueva York sobre las oleadas masivas de inmigrantes judíos a los Estados Unidos y en la migración inicial de afroamericanos al norte urbano. A finales del siglo XIX ambas comunidades sentaron las bases para una relación compleja que a lo largo del siglo XX se enmarañaría por sendas vinculadas a los acontecimientos mundiales.

Desde el 19 de julio de 1976 el Parque de Williamsburg se había convertido en un signo de unión para los habitantes de Brooklyn. Bongami había leído muy emocionado el manifiesto de los tamboreros, en donde se reconocía tanto los aportes de la comunidad judía como la afroamericana para sembrar amistad. Bongami resaltaba con lágrimas en sus ojos el gran esfuerzo para combatir el antisemitismo y el racismo. Al encontrar muchos paralelos en su búsqueda de igualdad, las dos comunidades comenzaron a trabajar juntas en intereses comunes. Pero, decía Bongami, mirando al público presente, las tensiones a menudo eran evidentes a nivel de vecindario. Frente al mundo quedó establecido este jueves de julio un hecho como pocos y la armonía de la comunidad perduró por varios años, no obstante todo esto son recuerdos de un mejor pasado, pues todo se había roto la noche del 19 de julio de 1996.

En esa mañana agradable de primavera del 2005, Baah se encontraba en su habitación preparando todo. Una y otra vez había seguido los detalles en su cabeza, imaginando cómo sucedería. Sobre el escritorio que estaba al lado de su cama, en donde reposaban varios libros de derecho, también había una fotografía de una hermosa niña sonriendo y otro chico, quizás su hermano mayor, quien la abrazaba con júbilo. Cuando Baah miró la foto, las lágrimas de inmediato brincaron como lo habían hecho los últimos nueve años. Baah tomó el teléfono y llamó al Centro Correccional Metropolitano para corroborar la información del periódico que tenía en sus manos.

Con 61 años, con la piel amarilla como hojas de papel envejecidas, con círculos oscuros debajo de los ojos que le daban la impresión de haber habitado una cueva, calvo y con una barba tan larga como su condena, Paul Cohen estaba en libertad. Mientras caminaba hacia la estación de tren, la luz resplandeciente de los rayos de sol le quemaba la retina y la mirada impropia que le propinaban los transeúntes, lo hacía recordar todo lo que había olvidado de Nueva York. Paul sabía que tenía que ir a Williamsburg, tenía que ir a visitar a Anna y a sus hijos, pero con cada paso le faltaba el aire y los deseos se desvanecían como el agua entre las manos. Se detuvo por unos segundos, recordó la trágica noche de 1996 y se sentó en una banca y esperó hasta la llegada de la noche.

"El Departamento de Policía de Nueva York identificó como Paul Coehn, de 61 años, al hombre que murió tras ser apuñalado en el Parque de Williamsburg el pasado jueves.

Según informó la policía, el jueves 21 de octubre, aproximadamente a las 8:38 pm, los oficiales respondieron a un informe de apuñalamiento en la intersección de Williamsburg con la séptima. Cuando los oficiales llegaron al lugar, Cohen yacía en el suelo con aparentes heridas de arma blanca y con un cuchillo grande dejado en el estómago. A su lado, y aún sosteniendo una de las armas homicidas, se encontraba su asesino, identificado como Baah Jones, afroamericano de 26 años y estudiante de derecho de la Universidad de Nueva York.

La investigación preliminar revela que los motivos del asesinato fue un acto de venganza por los hechos ocurridos en el verano de 1996, en donde la niña Chloe Jones, de siete años de edad, hermana de Baah Jones, fue atropellada por Paul Cohen, quien pagó una condena de nueve años en el Centro Correccional Metropolitano".

A las cuatro de la mañana, El gato Gris estaba casi desierto y la guitarra borbona ya no estaba en el ambiente. Los pocos asistentes estaban sentados en la barra junto a Chris Cohen; Chris observó por encima del hombro de uno de ellos y vio entrar a un hombre que tenía treinta años más que él, pero se veía igual a él. ¡Exactamente igual! los mismos ojos, nariz, boca, cabello... ¿Cómo es posible? Solo pudo pensar en una razón: ¡él es mi verdadero padre! Chris empezó a llorar de inmediato recordando al rabino Moshe de la Sinagoga de Crown Heights.

FIN
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