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El Padre

Por Jimmy Berger
June 2020
Una casa en el centro de un vasto campo iba oscureciéndose a medida que la noche se acercaba y robaba su luz. Hierba alta, balanceándose en la brisa, rodeaba la casa hasta el horizonte. Nubes grises empezaban a cubrir más del cielo que se iba oscureciendo. El sonido susurrante, la tierra verde desordenada, y las campanillas de viento encima del porche de la casa indicaban que la naturaleza traía una tormenta poderosa.
 
Cuando la noche se acercaba, padre e hijo se sentaron en los escalones de madera junto a la casa. El hijo ―de doce años de edad― escuchaba a su padre atentamente.

―Hiciste bien hoy, hijo.
―Gracias, papá, respondió el hijo.
―Es importante que aprendas a cazar. Cuando tenía tu edad, mi padre me enseñó a cuidarme a mí mismo. Hijo, la naturaleza es peligrosa, y tienes que aprender lo que aprendí. 
            ―Sí papá.

El padre sonrió a su hijo y puso la mano en su hombro. El hijo sintió la satisfacción de haber complacido a su padre. Lo sintió especialmente porque recientemente su padre había estado sufriendo de alucinaciones y otras enfermedades mentales ―pero esta noche todo estaba bien. El viento de la tarde sopló suavemente sobre padre e hijo felices.
            Después de algunos minutos, una lluvia templada comenzó a caer sobre sus cabezas. 

 ―Bien, hijo. Debemos terminar pronto. Parece que viene una tormenta.
―Bien.
―Ahora te voy a enseñar cómo usar una pistola. Es muy importante que escuches con cuidado. Una pistola es la diferencia entre la vida y la muerte, pero sólo si la usas correctamente.
―Entiendo, papá. Te prometo que aprenderé.
―Bien, hijo. Quiero que sepas que te enseño estas cosas porque te quiero tanto. Esta familia es todo lo que tengo, y quiero que estés seguro. No sería capaz de comprenderlo si te pasara algo.
―Lo sé, papá. Te quiero también. 

La lluvia siguió cayendo, el cielo se oscurecía y el aire de la selva se enfriaba. Caminaron hasta un cobertizo de madera y el padre empezó a explicar cómo poner las balas en un torno de banco y cómo martillarlas. El hijo lo observó cuidadosamente.
            De repente, el padre paró lo que estaba haciendo y comenzó a sentir una sensación extraña de peligro.

―¿Qué pasa, papá? Preguntó el hijo.

El hijo oyó que las gotas de lluvia golpeaban la tierra más fuerte mientras que el padre se quedó en silencio. El padre se dio la vuelta lentamente con una expresión sospechosa y agresiva en la cara. Lo que vio lo escandalizó ―un hombre de pie en la lluvia en la entrada del cobertizo, sosteniendo un arma. Sin vacilar, el padre agarró su pistola de la pistolera rápidamente y le disparó al hombre muchas veces, gritando blasfemias. El hijo gritó también, tapándose las orejas, aterrorizado por su padre amado. Se escondió debajo de una mesa, mirando a su padre demente disparar salvajemente. El padre disparó una y otra vez, viendo al hombre caer en un charco de sangre. 

Cuando el padre estaba seguro de que el hombre estaba muerto, cerró sus ojos y respiró profundamente. Detrás de la oscuridad de sus párpados, sólo oía la lluvia torrencial y a su hijo gimoteando. Cuando se sintió más tranquilo, abrió sus ojos y vio que no había ningún hombre con un arma, y que había estado disparando al aire.      

―¿Qué pasó, papá? Preguntó el hijo tímidamente.
Las lágrimas empezaron a llenar los ojos del padre. “¿Qué me pasa?” pensó.
―No sé, hijo.
-¿Qué pasó!?” gritó la madre, corriendo bajo la lluvia hasta el cobertizo.

El padre estaba mudo ―no podía hablar. Mientras miraba a su esposa exasperada, fue superado por una sensación de defecto. Dejó caer la pistola mientras que su esposa pedía una explicación. El padre miró a su hijo temeroso que claramente no quería ir con el cuento a su madre.

―Ve a la casa―el bebé está llorando, dijo al padre.
―Quédate aquí, hijo, exigió la madre.

El padre caminó vergonzosamente a casa, mientras que su hijo lo miraba, triste por su padre enfermo. Cuando el padre ya no se veía, la madre habló.

―¿Por qué estaba disparando tu papá? Su voz sonaba desesperada. 
―No sé, mamá, dijo tranquilamente.
―Tienes que decirme, hijo, dijo con más pasión. Él no quería admitirlo, pero dijo, con lágrimas en sus ojos:
―¡No sé, mamá! Iba a enseñarme a martillar las balas para que pudiera cazar por mi cuenta. Siempre dice que tengo que aprender a sobrevivir. Sólo quiere ayudarme. No tiene la culpa, mamá.

La madre abrazó a su hijo entre lágrimas. 

―Entiendo. Pero dime ¿por qué estaba disparando? ¿Había alguien aquí?     
―No, mamá. De repente, disparó a la nada.

La madre hizo una pausa, y suspiró resignada a la triste realidad de que la salud de su esposo empeoraba. Su deterioro mental había sido muy difícil para ella, y a pesar de todo su amor, paciencia y lealtad, no mejoraba. Se había aguantado todos los discursos delirantes y alucinaciones de su esposo, pero ahora dudaba si su matrimonio era posible. Se quedó en silencio, pensando qué decir, escuchando la lluvia atacando el suelo y los truenos retumbando.   

―Escúchame, hijo. Tu padre está un poco enfermo, y si su mente sigue empeorando tendremos que ir a la ciudad para conseguirle ayuda. Entiendo que él te quiere y lo quieres, pero no puedes ayudarlo, y no tienes la culpa.

El hijo escuchó y bajó la mirada. Sentía un poco de alivio al saber que su padre podía ser curado, pero todavía, sentía un poderoso impulso y la responsabilidad hacerlo feliz. 

―Sí, mamá. Lo entiendo.
―Bien. Entra en la casa ahora, antes de que empeore la tormenta.      
Cuando el hijo llegó a casa, goteando de lluvia, encontró a su padre en una mecedora sosteniendo a su hermanito. El hijo caminó hacia su padre cautelosamente. Claramente estaba agotado. Su cara reflejaba una expresión derrotada.
―Lo siento, hijo. Esperaba que no hayas tenido que ver lo que viste esta noche. El hijo sonrió.
―No te preocupes, papá. Te prometo que aprenderé todo lo que quieras que aprenda. 
―Lo sé. Si sólo logro una cosa, como tu padre, deseo que seas educado. Me alegraría, hijo.
―Te prometo, dijo resueltamente, con lágrimas de dolor y determinación, que solo pueden ser lloradas por un niño amoroso por su padre enfermo, rodando por su cara.  
Esa noche, la tierra se ahogó en la lluvia y los relámpagos. Pero a pesar de la tormenta la familia atribulada logró dormirse. No fue tan fácil para la esposa. Se quedó despierta durante horas, acostada al lado de su esposo en la cama, preocupada por el futuro. Finalmente logró convencerse de que todo estaría bien.

En medio de la noche, no obstante, se despertó sintiendo que su esposo la sacudía para despertarla.

―¿Lo oíste, también? Él le preguntó.
―¿De qué hablas? Vuélvete a dormir.
―¡Oí un disparo! Dijo, exasperado.
―Era solo un trueno. En serio, vuélvete a dormir.

Ella bajó la cabeza otra vez, demasiada cansada para cuidar de su pareja delirante. El padre trató de hacer lo mismo, ignorar su percepción, pero no lo pudo olvidar. Se quedó en la cama, pero los minutos se sentían como horas y entró en pánico, preguntándose lo que oyó. Entendía que su mente no funcionaba, y luchó contra sus instintos falsos ―se dijo a sí mismo que era el trueno― pero no era una batalla que pudiera ganar. Tenía que saber si hubo un disparo. Sintió la necesidad de proteger a su familia, aunque entendía la posibilidad de que estaba desconectado de la realidad. Tenía miedo y estaba confundido, pero agarró su pistola y salió de la casa.   

El viento sopló violentamente y la puerta se cerró de un golpe detrás de él.

―¿Quién está ahí!? Gritó al aire empapado. Solo un choque ensordecedor de relámpago respondió. Tanto sus manos agarrando la pistola, como la tierra, se sacudían. Caminó por la hierba mojada, luchando contra la tormenta viciosa. Giró la cabeza de lado a lado lentamente, buscando a un hombre con un arma otra vez. Estaba aterrorizado, pero continuó buscando, inseguro de lo que era real y lo que no lo era.

Caminó hacia el cobertizo sin saber lo que podría encontrar. Cuando abrió la puerta, lo que vio rompió su mente completamente. Su alma se congeló y se salió volando por la tormenta. Un destello de luz azul iluminó el cuerpo de su hijo. Estaba acostado en el suelo, cubierto de sangre. Cerca de él estaba la mesa con los tornillos de bancos, los martillos y las balas. Se dio cuenta de que el hijo se había escabullido de la casa para practicar. Un martillo estaba al lado de su mano muerta.    

Era incomprensible―no podría haber sido real. Sí, su mente se ha confundido, pensó. Pensó que sólo era otra alucinación. Corrió a la casa, completamente empapado, viendo a su hijo sin vida en la mente con cada destello de relámpago. Entró en la casa, jadeando.

―¡Despiértate! Gritó a su mujer.

El bebé empezó a llorar.

―¡Despiértate! Dijo otra vez.
―¿Qué pasa?! ¡Te dije que duermas! Ella le respondió furiosamente.

El padre subió corriendo, cuidadoso de no resbalarse. Caminó lentamente hacia la habitación de su hijo. Su única esperanza era que el hijo estuviera ahí, durmiendo cómodamente. Cerró sus ojos mientras rezaba profusamente en su mente. Borró el sonido de su bebé llorando, de su esposa furiosa, y de la tormenta horrible afuera. Abrió la puerta, y para su alivio infinito, vio a su hijo en su cama, durmiendo en paz.
Su esposa le agarró el hombro.

―¿Qué pasa?! ¡Dímelo ahora mismo!

Abrumado, el padre empezó a llorar. Apenas coherente, dijo:

―Necesito ayuda, mi amor...necesito ayuda.
―¿Qué quieres decir? No entiendo.
―Vi algo indescriptible. Era tan horrible, no lo puedo decir. Tengo que ir al doctor.
Mirando por encima de su esposo llorando, vio la habitación del hijo. Se le ensancharon los ojos.
―¿Dónde está mi hijo? Le preguntó. El padre no respondió. Continuó llorando por autocompasión.
―¡¿Dónde está mi hijo?! Gritó de nuevo en voz alta, desesperadamente. El trueno se estrelló una y otra vez.
―Detrás de mí, en la cama.

Ella se dio la vuelta y corrió sin decir una palabra.

―¿Adónde vas? preguntó, pero ya ella se había ido.  
  
El padre, ahora más tranquilo, se dio vuelta.
El hijo no estaba ahí. El corazón del padre se detuvo. Se acercó más a la cama, pero todavía no estaba ahí. Abrió y cerró los ojos, pero la cama seguía vacía. Golpeó los puños contra la cabeza, pero su hijo no apareció.

Afuera, la madre buscó a su hijo amado, clamando por él. Solo la tormenta respondió.
Cuando abrió la puerta del cobertizo, vio que lo indescriptible no había sido una alucinación, sino que realmente el cuerpo de su hijo estaba allí, muerto. La madre se desmayó. La lluvia no se detuvo.

*Nota: esta historia está inspirada en, y es una “precuela” a, “El Hijo” por Horacio Quiroga. Escrita para la clase Español 202 de la profesora Melanie Nicholson de Bard College.


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