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Reflexiones del consumismo y la pobreza

Por Saúl Amezcua
November 2018
Estimada Directora,

Soy un hombre latino que creció en un hogar de bajos recursos económicos, y por eso me acostumbraron a recibir ropa de segunda mano que solía ser dos o tres tallas más grandes que la mía. Toda la ropa y juguetes que tenía mi madre los llamaba “una necesidad, no un lujo”. Para aclarar, esto no era algo que yo viera como un aspecto negativo de mi niñez. Como hijo de una madre soltera inmigrante e indocumentada con tres hijos que mantener, mi madre trabajaba largas horas en múltiples trabajos sólo para asegurarnos un lugar para vivir y comida en la mesa. Así que lo último que a ella le importaba era qué tan “chula” era la ropa y juguetes de sus hijos.

Pero como subproducto de este estilo de vida, a su vez, hubo algo de efecto negativo en mi vida. Sufrí discriminación y aislamiento al crecer debido a las marcas de ropa que vestía como FUBU, Lugz, U.S. Polo Assn y Payless, y respectivamente las tiendas donde mi madre compraba eran TJ Maxx, Ross, Wal-Mart y Burlington. Esto no quiere decir que la gente que compra estas marcas y en estos lugares valen menos, pero creciendo en una realidad en donde si no compras y vistes lo que está a la moda, lo cual es mucho más caro, obviamente eres pobre y no una buena presencia para acercarse.

Debido a este ambiente tóxico, crecí ahorrando y gastando mucho dinero en asegurarme de no parecer “pobre” y, en cambio, concentré mis recursos en parecer “rico y a la moda”. No creo que haya algo intrínsecamente malo en querer comprar algo que te haga sentir bien, pero al pensar en esto en un contexto más amplio, hay que entender lo que significa como consumidor el ser parte de un sistema de capital social que fue usado para intimidarme y avergonzarme.

Siendo realista, mi apariencia física no debería de importar en absoluto y la apariencia está arraigada en un sistema clasista destinado a separar a las personas en categorías sociales. La moda y las marcas no son más que compañías y sistemas establecidos con la intención de obtener ganancias basadas en vender un estilo de vida, que te distinga y separe de la gente que está encima o debajo de ti. Esto se hace con la subyugación de las familias de minorías de bajos recursos económicos, quienes somos los más afectados e irónicamente grandes consumidores de marcas lujosas. Los mismos niños que se burlaban de la ropa que usaba y de dónde la compraba, tenían mi la misma situación financiera. Esto se conecta con el ciclo de la pobreza, que es la necesidad de sentirse superior a alguien, incluso si se trata de tu propia gente.

Lucho con este tema todos los días, ya que la pregunta de que si elijo gastar una gran parte de mi dinero para vestirme bien es para esconder mi estado financiero o para probar que ya no soy “pobre”. ¿Está mal querer tener cosas buenas y lujosas? ¿O no se le debería permitir a las minorías vivir con lujo? Complicadas respuestas. Es importante para nosotros, como consumidores, pensar e intentar comprender cuál es nuestro papel en esta sociedad y cómo nuestras acciones alimentan estos ciclos de opresión. A la vez, históricamente las minorías de bajos recursos fuimos privadas del lujo durante siglos, y el querer poseer “cosas bonitas” y poder darlas no debería ser usado contra nosotros mismos cuando hablamos de nuestro papel en esta sociedad opresiva.

Para concluir, creo que como consumidores inevitablemente siempre apoyaremos un sistema que separa a las personas en clases sociales. Mientras siga obligándome a vestirme para lucir rico y a la moda, siempre estaré subyugando a los no pueden permitirse verse de tal manera al ciclo de la pobreza, lo cual conduce a la intimidación y abuso. Es una realidad dura, complicada y difícil de rechazar. Por un lado, no quiero participar en ella, pero por el otro, después de tantos años de acoso constante al fin puedo pagar por mis propias cosas lujosas y bonitas, entonces, ¿debería o no debería tener el poder de adquirirlas?

Sinceramente,
Saúl G. Amezcua

*Saúl Amezcua, de familia mexicana, es estudiante en su último año en Bard College en la carrera de ciencias políticas y derechos humanos.
**Traducida al español por Johan V. Orellana

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