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María Fernanda Hubeaut Rochette: Midiendo el peso de la luz

Por Camilo Rojas
September 2026
Nacida en la provincia de Santa Fe, Argentina, donde había una larga comunidad agrícola checa, hija de inmigrantes que huyeron de la Primera Guerra Mundial, de familias judías desplazadas del Imperio austrohúngaro, de madre, y belga-francesa del padre. Fotógrafa autodidacta, con una licenciatura y una maestría en comunicaciones de la Universidad Nacional de Entre Ríos, Argentina. Trabajó en la ciudad de Nueva York como foto documentalista, incluyendo la cobertura en 2001 de la destrucción de las Torres Gemelas, así como la de eventos del NYFA. Sus muestras fotográficas y las presentaciones, tanto individuales como colectivas, son numerosas, en Japón, Italia, Inglaterra, Francia, Argentina y los Estados Unidos. También se dedica a la enseñanza de fotografía y está comprometida con la defensa de los derechos de los seres vivos, lo que la lleva a desempeñarse como entrenadora en nutrición basada en plantas.
¿Cómo comenzaste?

Mi familia es inmigrante en Argentina. Ellos eran judíos convertidos al cristianismo. Mi bisabuelo tenía alrededor de doce años; su madre lo trajo porque lo iban a mandar a la Primera Guerra Mundial. Él fue un orfebre que murió cuando yo tenía cuatro o cinco años. Trabajó la madera y puso una cochería donde se fabrican ataúdes. Mi madre siempre me contaba que, aunque jugaba al escondite entre los cajones de muertos, le temía mucho a la muerte. Mi otro abuelo, el paterno, era un hombre que admiro mucho: una persona sencilla, un gran lector. No había estudiado; ayudó a todos sus hermanos y puso un bar. Y era una persona muy empática; le gustaba hablar con la gente. Él estuvo en Europa y compró una Pentax Spomatic, que me regaló cuando yo tenía catorce años porque estaba enfermo. Fue la primera vez que enfrenté la muerte. Yo lo adoraba; mi conexión con él y con su segunda esposa fue lo que marcó mi vida. Ella era una maestra rural que tenía como veinte hermanos; iba de pueblo en pueblo vendiendo enciclopedias y me llevaban en un auto Di Tella. Yo leí todos los clásicos con ellos. Mi abuela estuvo en Japón en 1950 y, cuando volvió, me mostraba sus diarios que había escrito con fotos. Crecí entre libros. Cuando mi abuelo entró en coma, entré en shock. No me dejaban verlo. Una vez entré y sentí que él movió la mano. Yo tenía casi quince años. Y para superar ese shock empecé a sacar fotos. Yo siempre seguía lo que mi abuelo me decía: que siguiera la luz. Y así, por prueba y error, nunca más dejé la fotografía. Si no hubiera tenido la fotografía, no estaría viva. Estaba deprimida; vivía encerrada. Así estuve hasta los diecisiete años. Pero sacaba fotos. Y el hecho de sacar fotos me hizo ganar seguridad para comunicarme con la cámara de por medio, no en las interacciones personales, pero sí con la cámara. 

¿Cuál es el espíritu detrás de la serie fotográfica Los Territorios del Agua?

Los territorios del agua comienzan porque me mudo a Kingston y vivo cerca del arroyo. Yo soy muy mística en mi trabajo. Soy un testigo de la vida y de la muerte. Y también así lo tomé en el fotoperiodismo. Siempre recalco la vida, sobre todo, aun cuando la memoria sea dura. Estuve en medio de las Torres Gemelas; vi la muerte. Aun así, mi ojo busca la belleza, la verdad, donde se encuentran cosas que vos a veces no mirás o no querés que converjan. Al mudarme a Kingston, descubrí el arroyo. Yo lo había encontrado antes de venir aquí. Dije: «Ah, me encanta este lugar». Estacioné frente a donde vivo, caminé hasta el arroyo y dije: «wow, tengo que venir más seguido». Por eso digo que fue un llamado. Y cada vez que caminaba sin la cámara, veía, sentía las formas y una presencia en el agua. Para mí el agua es vida. De golpe empecé a recordar y dije: «el agua me está mostrando cosas». Y ahí fue cuando, ya con intención, empecé. Había días en que caminaba y no pasaba nada; otros, el agua se manifestaba. Y empecé a investigar. A esto le llaman el Roundout; es como si fuera otra parte. No es Kingston. Aquí era por donde sacaban las piedras y el carbón, por donde traían a los esclavos y por donde llegaban los inmigrantes. Encontré que era la tierra ancestral de los Lenape. Me interesa mucho el Hudson Valley: los nombres que tiene, como Poughkeepsie. Y sé que los Lenape eran pacifistas; vivían a orillas del río y, para ellos, el agua era muy importante. Ellos hacían cantos al agua. Entonces seguí trabajando y el año pasado hubo una convocatoria en Japón para un festival de fotografía sobre el agua, la memoria y lo efímero. Y dije: acá hay un tema que puedo tocar y lo seguí explorando. También empezó a aparecer lo trágico que la gente no ve el agua. Los japoneses sí, cada vez que entran en un territorio sagrado, se lavan las manos en los templos y cruzan. Es como que entran en un territorio y hacen una reverencia. El Hudson Valley y el arroyo Rondout se juntan para formar el río que te lleva hasta la ciudad de Nueva York.  Hay cuestiones ecológicas de las que no se habla. Y justo antes de irme a Japón vi esta invasión de algas. Quiero hacer un performance en el que utilice cantos Lenape. La foto siempre es mi disparador, pero el performance es más directo y provoca una emoción que invita a la gente a entrar en el trabajo. Se habla del Catskill, de las luces, de la vista, de la pintura.¿Y qué pasó con la gente indígena? Es como un poder que ni siquiera necesitas nombrar; está presente. El poder del ancestro. 

¿Cómo conectas tu fotografía documental con la del agua?

La ciudad es objeto de meditación. Creé este género que llamo fotografía performática. ¿Por qué performática? Porque yo, con estas personas que son parte de la ciudad, ya venía haciendo mi reflexión con otras series, con otros cuerpos de fotografía. El fotoperiodismo personal y lo poético se unen, ya sea con la ciudad como objeto de meditación o con los territorios del agua. Yo no veo contradicción. Porque se retroalimentan entre sí. Porque lo que quiero contar es la verdad. Quiero ser empática; quiero conectar con todas las naturalezas. Cuando fui documentalista, me fascinó la diversidad de Nueva York. Me fascina la diversidad.

¿Cuándo surgió tu interés por las comunidades autóctonas?

Antes de ser inmigrante, cuando estudiaba, trabajaba con los mapuches. Los mapuches son la gente de Mapu, el sur de Argentina, parte de Chile. Che es una persona; son las personas del Mapu. Pero todo este juego de palabras y de sentido y de conocimiento solo está disponible para aquel que tiene curiosidad, para quien quiere oír. Desde adolescente trabajaba con estas comunidades en Argentina. Tenemos que volver a entrar en este conocimiento ancestral. Ellos eran los guardianes de estos territorios. Pero ese es un tema político muy complejo.

¿Cómo conectas el lenguaje visual con lo ancestral?

Siento un llamado, una energía, y luego es como que la luz va cambiando frente a mí y va formando estas imágenes. Como fotógrafa, nunca pego el ojo al visor. No disparo la misma imagen veinte veces. Crecí con el blanco y negro y vengo de la película. Soy una cinéfila obsesionada; me encanta el cine. Mi vida cambió desde que agarré la cámara porque me llevó a investigar. Aprendí fotografía con el cine, no por el movimiento, sino por la luz. Y digo: vos tenés que lograr, en un frame, que la energía de esa foto te mueva, que esté viva. Primero siento la luz, luego entro en lo que me llama y luego decido, pero es una manera casi cruda. Yo no la estoy pensando. Cuando la tomé, sentí emoción; esa es. No dudo. Es como lo que Cartier-Bresson decía: poner el ojo, el alma y la cámara en la misma línea. 

¿Cómo te definirías?

Me mueve la curiosidad por conocer al otro, al que está frente a mi cámara. Soy como un arqueólogo del alma; un excavador. Por eso me fascina fotografiar y documentar tradiciones de otros países, bailes, música; todo me nutre. Creo que el Hudson Valley tiene muchos territorios desconectados, pero la realidad es que el valle del Hudson pide unión. Está pidiendo conocimiento; está pidiendo recordar una historia que quisieron decir que nunca existió, que quisieron borrar. Sería maravilloso: la naturaleza nos está convocando; tenemos que empezar a mirarla y a rescatarla, no a controlarla ni a poseerla.

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