Cultura y noticias hispanas del Valle del Hudson
María Gutiérrez
¿Por qué los estudiantes eligen el español?
Más que un idioma
Por Marcos Castilla
April 2026 El idioma aparece antes de ser aprendido. Uno lo escucha como quien no quiere la cosa. Primero es un sonido. Luego, pasa a ser más intuitivo. Después, casi sin darse cuenta, una necesidad. En los pasillos de Bard College, el español no se enseña únicamente: está que trepa por las esquinas. Se desliza entre conversaciones a medias, se cuela en frases que empiezan en inglés y terminan en otra cosa, creando el conocido Spanglish. “Bueno, tú sabes”, dice alguien, y durante un segundo nadie traduce. Ocurre en pequeños momentos: en una palabra, que no tiene equivalente exacto, en una risa que llega antes que la comprensión, en la incomodidad de no poder decir algo… y en la satisfacción de intentarlo de todos modos. Porque aprender español, para muchos, no empieza en el aula.
Empieza en una historia que no se ha terminado de escribir. En una familia, en un viaje, en una conversación pendiente. En una parte de uno mismo que todavía no tiene forma de ser hablada. Para entender qué hay detrás de esa decisión, estudiantes y profesores cuentan aquí cómo el español es más que una herramienta académica. Sus historias revelan que aprender un idioma va más allá de meras palabras, va de descubrir nuevas formas de vivir la vida.
María Gutiérrez es de Sevilla, España. Desde pequeña tenía clara su vocación. “Jugaba a ser ‘English teacher’”, recuerda. Con el paso de los años se graduó en Traducción e Interpretación, completando un máster en Comercio Exterior y otro en Formación del Profesorado, casi nada. Lo que realmente la marcó fue descubrir que su pasión estaba dentro del aula, con el trato con los alumnos. “Me encanta acompañar a los estudiantes en el proceso de aprender algo que al principio parece difícil y que poco a poco empieza a tener sentido”, explica. Para ella, enseñar español no es solo enseñar gramática. “Me gusta lo vivo que es el español, lo expresivo y lo cercano que es cuando lo hablas. Muchas veces no es solo lo que dices, sino cómo lo dices: el tono, los gestos…”. Su experiencia enseñando en Austria fue decisiva. “Fue muy bonito ver cómo los estudiantes se interesaban por el idioma y la cultura. Cuando enseñas tu lengua materna en otro país, reflexionas mucho más sobre quién eres y de dónde vienes”. En Bard, ese proceso persiste. “Cuando estás fuera valoras mucho más tu propia identidad cultural”. María tiene claro que el español seguirá siendo central en su vida profesional. “Me gustaría seguir trabajando en contextos internacionales, donde el idioma no solo sirve para comunicarse, sino también para conectar culturas y personas. Al final, lo que más me gusta de enseñar es sentir que el idioma es un puente”.
Elías Grosfoguel, tiene 19 años y estudia Historia y Literatura. Creció en San Francisco, de padre puertorriqueño y madre francesa. Aunque siempre entendió el español porque lo escuchaba en casa, no comenzó a hablarlo hasta los dieciséis años. “Siempre me comunicaba con este lado de mi familia en inglés, pero cuando fui a Puerto Rico hice el esfuerzo de hablar la lengua, y me lo agradezco. Cada vez que estudio o hablo español, siento que se me llena un lado de mí con el que estaba desconectado toda mi vida”. El semestre pasado tomó una clase de literatura latinoamericana, motivado por autores como García Márquez y Borges y por su deseo de mejorar su español académico. “Aprender español es una experiencia mágica para mí. Mientras aumento mi nivel, siento una reconexión con mis raíces latinas”. Más allá del aula, el idioma también le ha abierto puertas inesperadas. “El verano pasado jugué béisbol en Europa y la mayoría del equipo era venezolano. Gracias al español, pude hacer amigos increíbles y recuerdos que voy a guardar siempre”. También pasó unas semanas en Barcelona, donde las conversaciones fluyeron gracias a lo aprendido en clase. Cuando piensa en el futuro, no duda: “Estoy seguro de que el español será importante en mi vida. Probablemente viviré en algún país hispanohablante y seguiré usando el idioma con amigos y relaciones que lo hablan como primera lengua”.
Zlata Paslon tiene 20 años, cursa estudios Globales e internacionales y Economía, y nació en Ucrania, al igual que su familia. Su relación con el español comenzó a través de la amistad. “Empecé a aprender español porque mi mejor amigo es mexicano y su familia no habla mucho inglés. Pasé casi un mes viviendo en su casa, rodeada de español todos los días, así que tuve que adaptarme”. Durante ese tiempo, empezó a entender el idioma de forma natural. “Comencé a entender mucho y aprendí a decir frases básicas”. Desde entonces, aprende por su cuenta. “Lo que más me gusta es lo colorida y vibrante que es la cultura hispana. Además, varía mucho de un país a otro, lo que la hace aún más interesante”. Para ella, al igual que María, el idioma es un punto de conexión entre culturas diversas. “Aunque las culturas son diferentes, todas están conectadas a través del español”. Aprender el idioma también transformó su manera de ver el mundo. “Me hizo darme cuenta de lo importante que es la comunicación y de cómo aprender otra lengua te permite entender a las personas y sus tradiciones más profundamente”. De cara al futuro, lo tiene claro: “Hablar varios idiomas es un gran privilegio. Puede ayudarte a crear oportunidades, construir relaciones con personas de distintos contextos y abrir puertas tanto a nivel personal como profesional”.
Nessim Khayyat, cura estudios de grado en Política. En su caso, aprender español también parte de una experiencia cercana y concreta. Aunque su contacto inicial con el idioma fue breve, estuvo marcado por la inmersión: vivir rodeado de español en un entorno cotidiano donde la comunicación no siempre podía depender del inglés. Esa experiencia le permitió descubrir algo fundamental: que los idiomas no se aprenden únicamente en clase, sino en conversaciones
cotidianas. Ahora tiene una curiosidad más profunda por el idioma y las culturas que lo comparten. Para Nessim, el español sigue siendo un proceso en construcción.
Chelsea Ana Garcia creció en Nueva York. Su madre se crió en Puerto Rico y su padre en la misma ciudad, pero el español no formó parte de su infancia como ella hubiera querido. “Mi familia no me enseñó español porque vivimos en Estados Unidos, y como resultado me costaba comunicarme con mis abuelos y otros familiares”. Esa distancia fue lo que la impulsó a aprender. “Quería hablar con ellos, escuchar sus historias, así que empecé a enseñarme español por mi cuenta en mi primer año de instituto”. Con el tiempo, el idioma adquirió un significado más profundo. “Me encanta que en español no te conviertes en tus emociones. No eres tus sentimientos, sino que los tienes. Son algo pasajero, y eso me parece muy bonito”. Esa idea también transformó su forma de entenderse a sí misma. “Me recuerda que las emociones no me definen, solo pasan a través de mí”. Una de sus experiencias más significativas ocurrió en México. “Mi teléfono se quedó sin batería, perdí el cargador y no sabía dónde estaba mi casa. Fue como una aventura”. En ese momento, el idioma se convirtió en su salvación. “El idioma me permitió depender de otras personas. Aprendí historias y tradiciones… entendí vidas que nunca había vivido”. Para Chelsea, el español seguirá siendo esencial. “El español siempre será importante. Está muy presente en nuestra vida diaria. Además, planeo estudiar en Barcelona el próximo semestre, así que tengo que llegar a cierto nivel”.
Al final, todas estas historias parecen distintas, pero dicen lo mismo en voz baja. Para María, el español es un puente. Para Elías, un regreso. Para Zlata, una puerta inesperada. Para Nessim, un camino que sigue abriéndose. Para Chelsea, una forma de recuperar lo que nunca debió perderse. El idioma cambia según quién lo habla, pero siempre hace lo mismo: te acerca. Quizá por eso el español no se domina del todo. Se vive a medias, se prueba, se arriesga. A veces se rompe, a veces se reconstruye. Y en ese proceso, algo cambia también en quien lo habla. Porque llega un momento en el que uno deja de traducir. Y empieza, simplemente, a entender.
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María Gutiérrez es de Sevilla, España. Desde pequeña tenía clara su vocación. “Jugaba a ser ‘English teacher’”, recuerda. Con el paso de los años se graduó en Traducción e Interpretación, completando un máster en Comercio Exterior y otro en Formación del Profesorado, casi nada. Lo que realmente la marcó fue descubrir que su pasión estaba dentro del aula, con el trato con los alumnos. “Me encanta acompañar a los estudiantes en el proceso de aprender algo que al principio parece difícil y que poco a poco empieza a tener sentido”, explica. Para ella, enseñar español no es solo enseñar gramática. “Me gusta lo vivo que es el español, lo expresivo y lo cercano que es cuando lo hablas. Muchas veces no es solo lo que dices, sino cómo lo dices: el tono, los gestos…”. Su experiencia enseñando en Austria fue decisiva. “Fue muy bonito ver cómo los estudiantes se interesaban por el idioma y la cultura. Cuando enseñas tu lengua materna en otro país, reflexionas mucho más sobre quién eres y de dónde vienes”. En Bard, ese proceso persiste. “Cuando estás fuera valoras mucho más tu propia identidad cultural”. María tiene claro que el español seguirá siendo central en su vida profesional. “Me gustaría seguir trabajando en contextos internacionales, donde el idioma no solo sirve para comunicarse, sino también para conectar culturas y personas. Al final, lo que más me gusta de enseñar es sentir que el idioma es un puente”.
Elías Grosfoguel, tiene 19 años y estudia Historia y Literatura. Creció en San Francisco, de padre puertorriqueño y madre francesa. Aunque siempre entendió el español porque lo escuchaba en casa, no comenzó a hablarlo hasta los dieciséis años. “Siempre me comunicaba con este lado de mi familia en inglés, pero cuando fui a Puerto Rico hice el esfuerzo de hablar la lengua, y me lo agradezco. Cada vez que estudio o hablo español, siento que se me llena un lado de mí con el que estaba desconectado toda mi vida”. El semestre pasado tomó una clase de literatura latinoamericana, motivado por autores como García Márquez y Borges y por su deseo de mejorar su español académico. “Aprender español es una experiencia mágica para mí. Mientras aumento mi nivel, siento una reconexión con mis raíces latinas”. Más allá del aula, el idioma también le ha abierto puertas inesperadas. “El verano pasado jugué béisbol en Europa y la mayoría del equipo era venezolano. Gracias al español, pude hacer amigos increíbles y recuerdos que voy a guardar siempre”. También pasó unas semanas en Barcelona, donde las conversaciones fluyeron gracias a lo aprendido en clase. Cuando piensa en el futuro, no duda: “Estoy seguro de que el español será importante en mi vida. Probablemente viviré en algún país hispanohablante y seguiré usando el idioma con amigos y relaciones que lo hablan como primera lengua”.
Zlata Paslon tiene 20 años, cursa estudios Globales e internacionales y Economía, y nació en Ucrania, al igual que su familia. Su relación con el español comenzó a través de la amistad. “Empecé a aprender español porque mi mejor amigo es mexicano y su familia no habla mucho inglés. Pasé casi un mes viviendo en su casa, rodeada de español todos los días, así que tuve que adaptarme”. Durante ese tiempo, empezó a entender el idioma de forma natural. “Comencé a entender mucho y aprendí a decir frases básicas”. Desde entonces, aprende por su cuenta. “Lo que más me gusta es lo colorida y vibrante que es la cultura hispana. Además, varía mucho de un país a otro, lo que la hace aún más interesante”. Para ella, al igual que María, el idioma es un punto de conexión entre culturas diversas. “Aunque las culturas son diferentes, todas están conectadas a través del español”. Aprender el idioma también transformó su manera de ver el mundo. “Me hizo darme cuenta de lo importante que es la comunicación y de cómo aprender otra lengua te permite entender a las personas y sus tradiciones más profundamente”. De cara al futuro, lo tiene claro: “Hablar varios idiomas es un gran privilegio. Puede ayudarte a crear oportunidades, construir relaciones con personas de distintos contextos y abrir puertas tanto a nivel personal como profesional”.
Nessim Khayyat, cura estudios de grado en Política. En su caso, aprender español también parte de una experiencia cercana y concreta. Aunque su contacto inicial con el idioma fue breve, estuvo marcado por la inmersión: vivir rodeado de español en un entorno cotidiano donde la comunicación no siempre podía depender del inglés. Esa experiencia le permitió descubrir algo fundamental: que los idiomas no se aprenden únicamente en clase, sino en conversaciones
cotidianas. Ahora tiene una curiosidad más profunda por el idioma y las culturas que lo comparten. Para Nessim, el español sigue siendo un proceso en construcción.
Chelsea Ana Garcia creció en Nueva York. Su madre se crió en Puerto Rico y su padre en la misma ciudad, pero el español no formó parte de su infancia como ella hubiera querido. “Mi familia no me enseñó español porque vivimos en Estados Unidos, y como resultado me costaba comunicarme con mis abuelos y otros familiares”. Esa distancia fue lo que la impulsó a aprender. “Quería hablar con ellos, escuchar sus historias, así que empecé a enseñarme español por mi cuenta en mi primer año de instituto”. Con el tiempo, el idioma adquirió un significado más profundo. “Me encanta que en español no te conviertes en tus emociones. No eres tus sentimientos, sino que los tienes. Son algo pasajero, y eso me parece muy bonito”. Esa idea también transformó su forma de entenderse a sí misma. “Me recuerda que las emociones no me definen, solo pasan a través de mí”. Una de sus experiencias más significativas ocurrió en México. “Mi teléfono se quedó sin batería, perdí el cargador y no sabía dónde estaba mi casa. Fue como una aventura”. En ese momento, el idioma se convirtió en su salvación. “El idioma me permitió depender de otras personas. Aprendí historias y tradiciones… entendí vidas que nunca había vivido”. Para Chelsea, el español seguirá siendo esencial. “El español siempre será importante. Está muy presente en nuestra vida diaria. Además, planeo estudiar en Barcelona el próximo semestre, así que tengo que llegar a cierto nivel”.
Al final, todas estas historias parecen distintas, pero dicen lo mismo en voz baja. Para María, el español es un puente. Para Elías, un regreso. Para Zlata, una puerta inesperada. Para Nessim, un camino que sigue abriéndose. Para Chelsea, una forma de recuperar lo que nunca debió perderse. El idioma cambia según quién lo habla, pero siempre hace lo mismo: te acerca. Quizá por eso el español no se domina del todo. Se vive a medias, se prueba, se arriesga. A veces se rompe, a veces se reconstruye. Y en ese proceso, algo cambia también en quien lo habla. Porque llega un momento en el que uno deja de traducir. Y empieza, simplemente, a entender.
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