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Crónicas de Nueva York

La visita al pueblo La visita al pueblo

Por Mohamed Toufali
September 2005

Como cada verano, y desde hace mucho tiempo, empiezo a planear mi visita a mi pueblo que dejé allá en la orilla sur del Mediterráneo. Cuando el sol empieza a calentar más los cuerpos la mente se me pierde buscando imágenes vividas de un tiempo amado. Y entre las escenas que pasean por la memoria, los sentimientos se enriquecen con los recuerdos de amigos y familiares que a pesar de la distancia no han sido olvidados. ¡¡Es el ser de muchos emigrantes románticos que se mantienen, por cualquier motivo, atados a sus pueblos!!

Me despido de mi familia neoyorquina y a bordo de un avión Boeing 777 me encuentro volando hacia la capital española. Una bebida y un libro histórico me entretienen durante la mayor parte de ese viaje hacia esta ciudad.

¡Al pueblo lo encuentro ésta vez más cambiado...! ¡El cambio parece ser lo que más prevalece! No sé si lo hubiera notado tanto si no hubiera emigrado… El caso es que la vida es así. El pueblo a veces no da para tanto y la necesidad de emigrar para encontrar otra vida más próspera y diferente se presenta como la única solución. Y luego pasan los días y las cosas van cambiando.

El paseo marítimo es la avenida más frecuentada por los habitantes de mi pueblo donde, por la noche, van a refrescarse con la brisa del Mediterráneo. Niños que corretean por la acera a esas tardías horas de la noche; una mayoría de señoras con pañuelos cubriendo sus cabezas, comiendo pipas y sentadas en bancos con miradas a la playa; jóvenes paseando con sus compañeras que de vez en vez sueltan risas sensuales que hacen volver la cabeza de algún señor de avanzada edad y con poca tolerancia; otros jóvenes más se pasean en coche por la avenida con sus radios a un volumen tan alto que hacen temblar los corazones de los paseantes. Es el paisaje de cada noche en el paseo marítimo. Y yo, intentando evitar chocar con algún pequeño que corretea sin mirar adelante, me veo obligado a dejar esa avenida para ir a la cafetería de Alal y tomarme algo frío que me pueda tambien refrescar.

Por la mañana temprano salgo para ir a visitar la única biblioteca pública de esta ciudad de más de setenta mil habitantes. En la sala de adultos había sólo unos cuantos estudiantes jóvenes que hacían sus deberes. La sección de recursos locales era raquítica con libros que no parecían haber sido tocados nunca. Cuando intentaba consultar un libro histórico alguien me tocó la espalda y me saludó:

—“Hola Moh, ¿te acuerdas de mí?” Era un antiguo compañero que no veía desde hacía más de treinta años. Por supuesto había cambiado un poco y no pude reconocerlo de inmediato. Salimos de la sala de lecturas para no molestar a esos pocos lectores. En el pasillo nos pusimos a hablar de cosas que suelen ocurrir en éste pueblo un poco casi aislado. El trabajo es siempre un tema fundamental en las discusiones con mis paisanos. Mimun me habló de lo ¡difícil que era lograr un puesto en la administración pública!

—“Ya sabes tú que conseguir un empleo aquí es de lo mas difícil que pueda existir. ¡Y la dificultad no emana de la poca potencia que uno tenga sino por la discriminación que aquí aún continua! Pero qué te voy a contar... tú ya lo sabes.”

Sí lo sabía y lo sigo sabiendo pero no es un tema para hoy. El caso es que Mimun con mucha suerte ha conseguido un trabajo en esta biblioteca que al menos sigue funcionando. Mimun dice que trabajar en la biblioteca le da la oportunidad de ver a gente que se interesa por la lectura.

—“Veo mucho a Abdelkader, que muy a menudo, suele pasarse por aquí”. Susurraba en voz baja—“La verdad es que en general, la gente de este pueblo no visita tanto la biblioteca...y es que la cultura por aquí, no tiene tanto valor.... Se presume mucho de ser ‘la ciudad de las cuatro culturas’ pero en realidad se debería llamar ‘la ciudad de las cuatro inculturas”.

Sin poder conseguir la información que necesitaba me despido de Mimun hasta otra ocasión.

—“Quién sabe, lo mismo me paso por aquí otra vez el próximo verano…” le dije, no muy seguro.

Dejo la Plaza de España y me dirijo al Rastro pasando por la Avenida Juan Carlos Primero. Las calles y las plazas de mi pueblo están llenas de esculturas, nombres e historia que nada tienen que ver con la población autóctona. Supongo que es normal —en una ciudad como Melilla— ver más placas de nombres de militares colgadas en sus calles y avenidas. Francisco Franco empezó su levantamiento en Melilla y los pocos republicanos demócratas e internacionalistas que allí vivían encontraron su tumba en los campamentos militares de Melilla.

No sé por qué el barrio del Polígono se llamaba tambien “Rastro”. Algún día lo investigaré. Mientras tanto me paro en el antiguo restaurante de mi primo Oscar y me encuentro con que lo habían transformado en un almacén. Noto también que había sólo unos pocos restaurantes musulmanes que aún ofrecen sus servicios. Sin embargo la actividad y la gente activa y móvil del Rastro parece continuar siendo la misma.

Bajo por la calle García Cabrelles y pasando el nuevo mercado municipal central llego a la cafetería musulmana donde algunos jóvenes degustaban vasos de té verde con hierba buena de menta en la pequeña terraza de aquel establecimiento regido por un joven que hacía de camarero y cocinero. De pronto un señor de mediana edad se acerca a mí y me dice alzando su voz:

— “Pero Toufali, ¿qué pasa contigo tío, no saludas?” Era Churak. Amigo y compañero de mi infancia y adolescencia con quien compartí paseos en el Parque Hernández y baños en el Faro del Puerto de Melilla... Sí, era el mismo Churak guasón y alegre como siempre. No había cambiado mucho y me alegré de verle. Y sin ninguna otra palabra me invita a sentarme con él y a tomar un vaso de té, que los peninsulares llaman, “moruno”. Hablamos de amigos, de nuestras vidas y de cosas del pasado. Nos reíamos a carcajadas cuando recordábamos incidentes graciosos.

De vuelta a Madrid me encontré con mi Primo Mustafa, los amigos Mohamed y Ali.

Como siempre, fue para mí un gran placer y alegría verlos a todos. Con los años uno se ablanda y se vuelve nostálgico... Más aún cuando el tiempo pasado ¡fue un tiempo maravilloso! Pero uno intenta no quedarse atrapado en ese pasado. Con miras al futuro sólo se vuelve la vista atrás para ver el camino ya andado.

Después de unos días en Madrid me encuentro de vuelta en Nueva York donde el trabajo y la otra familia me esperaban ¡Allá, atrás, dejaba al pueblo, a la familia, los amigos y los tiempos pasados! ¡Fue otra visita más al pueblo!    


 

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