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Cuento

Los Cassettes de Lucrecio González, el hombres de la grabadora

Novela por entregas. Última parte

December 2015
88. Sin Barracudas
El dueño del Barracudas se me rajó. Dizque que de repente se le vino la necesidad de vendérselo a otro camarada. Que le vaya a otro con ese cuento. ¿Y mis 600 dólares? Ya me los gasté en otro carro, me dijo muy quitado de la pena en el sótano mientras se ponía el chaleco y el moño de la cantada. El sábado que nos paguen te los doy. No, ¿cómo que el sábado, si no fue un préstamo?, fue un adelanto, acuérdese que me dijo que el carro era mío, que nomás que se hiciera de otro me lo entregaba. Si de veras se lo vendió a otro, regréseme mi dinero antes de que otra cosa suceda. Que ya me lo gasté, ¿no te digo, hombre? Espérate al sábado, ¿qué te cuesta? No, cuál espérate. ¿A quién se lo vendió? Pues que a Carlitos. Carlitos es el imitador de cantantes que llegó a trabajar de mesero hace unos meses. Ahí estaba detrás de él, como los guardaespaldas, y se miraron de soslayo. Carlitos dijo que era cierto, que el Barracudas era de él y que ni pensara en pedirle que deshicieran el trato. Bueno, pues esperé hasta el sábado, pero él fue por su cheque en la mañana y yo en la tarde, cuando entré a trabajar y, otra vez, me salió con que se lo había gastado. Entonces lo arrinconé contra la pared y le dije que si no me pagaba mi dinero me iba a subir al comedor y le iba a gritar la clase de trinquetero que era para que todos los empleados del restaurante lo supieran. Entonces miró a Carlitos con ojos de chivo ahorcado, como preguntándole ¿crees que se anime? Carlitos le insinuó que sí. Entonces le aflojé el gurguñate y él me aflojó mi dinero.
 
89. El sepelio
Se murió José Luis, aquel músico de violín que tocó en el sepelio del Chinaco una mañana nublada de noviembre. ¿Quién iba a pensar que él también se iba a morir tan joven y tan lejos de su tierra? Pues se murió y a Oscar le tocó tocarle al cuerpo desde un montón de tierra, que era, por cierto, la sepultura del Chinaco. El aire descobijaba a las mujeres llorosas y las nubes parecían de nieve. Fue un sepelio muy triste, como todos los sepelios.
 
90. El acta
Varias veces le mandé pedir a mi mamá mi acta de nacimiento y no me la mandaba. Seguro pensaba que me iba a amarrar acá con una americana y que ya nunca me iba  a ver caminar por las calles del pueblo, porque así ha sucedido con otros que prometieron regresar al año y nada. Después de muchas cartas, se convenció de que iba a necesitar el papel en el aeropuerto y me la mandó registrada. Con el acta en la mano, fui a la agencia de viajes a comprar mi boleto. La señorita se sorprendió al ver que esta vez sí hablaba en serio. Rápido me hizo a mi nombre el boleto. Ahí lo tengo bien guardado en su sobre. Mi costal del Army está más relleno que un pavo. Ya le dije a Zulma que le trabajo hasta el sábado y estuvo de acuerdo en hacerme el último cheque temprano.
 
91. Pensando
Anoche estuve pensando en mi viaje. Mi nido está en otra parte. Estoy convencido de que ya nada tengo que hacer aquí. Hice lo que tenía que hacer. Conocí los lugares que quería conocer. No me imaginaba que me iba a quedar tanto tiempo, pero ya estuvo. Con las docenas de marranos que compré me hago vivir allá. Ya estuvo bueno de fríos. Intenté hacerme de carro y no pude. Me llevo la licencia sin usarla y es mejor así. Por algo ha de haber sido. Ya vendí la bicicleta. Compré una grabadora nueva donde pueda escuchar los cassettes que llevo. Me voy. Felipe Brizuela y La Chicharra dicen que ellos me llevan a aeropuerto y yo les dije que Dios les ha de pagar con hijos. La Chicharra dijo que me cayera con lo de la gasolina.
 
92. Adiós norte
Bueno, bueno, sí, sí, sí. Estoy en el baño del aeropuerto. De pronto me entraron unas ganas inaguantables de quedarme unos meses más a ver si me hago de otros centavitos que bien pudieran servirme para comprar un potrero. Me salí de la sala donde nos tenían esperando el avión. Fui al estacionamiento a fumarme un cigarro, yo que sólo fumo en los apuros. Ahora estoy en el baño, pensando que mi negocio puede fracasar y después para volver a cruzar la frontera va a estar de la fregada. A la mejor me quedo. Perder el boleto sería lo de menos. Más se perdió en la guerra. ¿Me voy o me quedo? ¿Qué hago? Si me quedo, ya se que me haré de algún dinero, pero luego puede alargarse más el tiempo y no quiero ni pensar en los inviernos. Mejor me voy. Allá el clima va a estar mejor. Allá no pago renta. Tengo asuntos que arreglar. Mis padres me necesitan y una muchacha me espera. Bueno, bueno, sí. Una muchacha me espera. Creo.
 
FIN

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