El destino de Lupita

October 2007

doña soledad se levantaba a las cuatro de la mañana y se iba con lupita a trabajar en el terreno de don fulgor, su vecino. don fulgor dejaba que soledad sembrara maíz, fríjol y papa, nada más. con tal de que ella cuidara bien su pedazo de cultivo y no tocara lo ajeno, el viejo no molestaba.
cerca de la casita de soledad, había un palo de aguacate enorme. era el árbol más grande de todo el pueblo. y lupita era la única que al pasar por ahí, se encontraba un aguacate grande en el piso. cuando esto ocurría, ella decía silenciosamente, “gracias árbol”, con un movimiento sutil de su cabeza.
lupita era una especie espectacular. sus ojos eran grandes y fijos, de un almendra dulce. su mirada era suave y constante, como una brisa cálida, tímida pero incesante. sus caderas y cintura eran de guitarra apasionante y sus senos ya tenían el peso de dos mangos maduros.

al notar las miradas de los hombres y cómo se babeaban por su nieta, doña soledad tuvo una idea. fue a visitar a una amiga de hace tiempos, la comadrona Hortensia. una botella en la mesa, dos copas y precios por negociar. las dos viejas tomaron y contaron chistes e intercambiaron chismes guardados.

lupita y su abuela sembraban en total silencio. nunca malgastaban las palabras, ni gestos de cariño. hacía muchos años que a soledad se le había apagado el amor. en sus ojos había una tristeza, como si le hubiera perdido la fe a la humanidad. lo poco que sentía, lo sentía por la tierra cuando sembraba. sin ser vista, solía sentarse con palmas extendidas y los ojos cerrados.
a lupita le encantaba esconderse en los sacos donde echaban el maíz. se quedaba inmóvil y cuando pasaba doña soledad, lupita se movía como si fuera un coyote atrapado. la primera vez que lo hizo, doña soledad sacó fuerzas de otros tiempos y salió corriendo ágilmente con falda recogida en cada mano.
la segunda vez que a lupita se le ocurrió repetir la broma, soledad se dio cuenta de que no era un coyote y la agarró a escobazos.
“esto es pa que no le faltes el respeto a tu abuela.”
nunca más volvió a hacer una broma así.
cuando lupita se dio cuenta de que su abuela la iba a llevar donde hortensia, gritó, lloró y pataleó. soledad le tiró un balde de agua encima, la amarró por la nuca y la ató en un palo largo de madera parte de la fundación de la casa.
“no quiero lastimarte, chiquita. esto lo hago por tu propio bien.”
nunca en su vida había sentido ese terror frío y ácido en su pecho. el amor que le tenía a su abuela se convirtió en un sentimiento, una sensación, como si sus pulmones se hubieran podrido.
al siguiente día soledad hizo una jarrada de pulque con trocitos de mango. abuela y nieta se emborracharon juntas.
al medio día, doña soledad se llevó a su nieta al negocio de la comadrona hortensia. 
era imposible ignorar la verruga que tenia en su cachete izquierdo. su cabello gris estaba enroscado en una trenza, como si una culebra cascabel durmiera encima de su cabeza. su voz era ronca y oxidada. usaba un bastón y cojeaba. una pierna era evidentemente más larga que la otra.
hortensia se acercó a lupita, la inspeccionó muy de cerca. tocó sus senos, le hizo dar la vuelta, le agarró las nalgas y las piernas. luego, en son de burla, se disculpó por tocarla de esa manera.
“como soy media ciega, hay que comprobar si la mercancía de veras está como me la prometieron”.
“a propósito.  ¿qué nombre quieres?” preguntó hortensia.
lupita permaneció callada.
“ponle estrellita”, intervino doña soledad.
“a mi me late que estrellita nos va traer harta lana.”

los ojos de lupita lloraban. estaba tan triste, tan defraudada. tenía miedo, aunque no sabía que su primer cliente iba a ser su último.
alco era trigueño, indio, pelo largo, negro, lacio. ojos negros y vastos como la noche. no hablaba español, pero lo entendía todo. alco le dio cuatro billetes a hortensia y ella supo que quería mucha privacidad.
al mirarla, hortensia sentía olas de calor, primero en la cabeza y luego en su pecho. y cuando alco se movía para caminar, ella sentía pequeñas descargas de energía que venían del cuerpo del hombre. lo que la estremeció fue que ella sentía en su propio cuerpo el indescriptible poder de este misterioso hombre.
“virgen santísima”, dijo hortensia y se persignó.
alco era un hombre musculoso y temible. sus ojos hipnotizaban como dos velas prendidas.  parecía que estuviera mirando más allá en todo lo que miraba.
cuando entró a la recamara, lupita estaba sentada en la cama, vestida de blanco. Ella temblaba y le salían lágrimas.
cuando él la miró a los ojos, ella sintió una profunda sacudida.  sintió como si con su simple mirada, él le absorbiera todo su miedo, toda ansiedad y simultáneamente la inundaba de paz.  lupita jamás había estado en la presencia de un hombre tan raro, tan primitivo y tan lejos de allí. ella veía ojos de venado en su mirada.
él se le acercó y puso su mano en la frente de ella. su mano era suave y caliente e increíblemente poderosa, refrescante.
alco puso sus labios enfrente de los de ellas. inhaló profundamente. el instinto de lupita fue besarlo. él en cambio, sopló todo el aire de sus pulmones, inflándole los de ella. su corazón palpitaba. lupita sentía una electricidad corriendo con el fluir de su sangre. lupita se quitó la ropa automáticamente y le ayudó a que él se quitara la suya. alco puso su mano izquierda en su pecho y la derecha en el pecho de lupita. ella sintió el calor de paz que él sentía. alco le olió el cabello, los senos, sus piernas, sus pies. olió todo su cuerpo. después hizo que ella lo oliera a él también de la misma manera.
alco mojó la garganta de ella con su lengua. hizo lo mismo entre el punto sagrado del centro, entre las dos cejas, y el resto de los siete centros del cuerpo, lamió sus manos y sus ojos cerrados. después la besó con pasión y un amor increíble, indudable. se entrelazaron, él como halcón y ella como culebra. hicieron el amor por dos días.
alco entendía que tenía que liberar a esta joven, entonces se la llevó para siempre. lo único que dejó atrás fue un cuerpo fantasmal que descansaba con una sonrisa de paz, como si estuviera soñando el mejor sueño de su vida.



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