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“El águila y el cardenal” 

Por Livia Gabriela V.C Aliaga Ríos
October 2020
Vivo en Saugerties, NY. Es una Villa al norte de la Gran Manzana a dos horas y media de la capital del mundo. Es quieta, apacible, es una pausa en el tiempo, y es aquí donde estoy viviendo la pandemia del 2020. Si antes nada se movía en este pueblo, ahora es un fotograma en stand by de una cinta de celuloide.
En tiempos de pandemia las personas caminamos tratando de no enloquecer. Camino dos horas al día, privilegio de vivir en una Villa lejos del tráfico, el bullicio, pero también lejos de los olores, del arte, la música y del pleno existir.
Y les decía que aparentemente nada se mueve porque donde hay silencio hay paz, pero también hay tormento, el silencio a veces, esconde agazapada a la muerte y puede sorprender a la vida con un simple chillido.
Y esta historia comienza con un chillido.

¡La ruta es hermosa! Los árboles en floración son un abanico de colores que me abruma. Hay árboles de verde limón, de flores blancas, naranjas, rosadas y aún no he visto azules o violetas y eso me saca una sonrisa de triunfo maliciosa, porque recuerdo los jacarandás de Lima. Quedan muy pocos, pero a espaldas de mi casa florecen dos de estos hermosos árboles de increíble y sempiterna belleza. No dudo que cuando estemos en plena primavera, Saugerties se encargue de borrarme esa sonrisa lugareña para mostrarme más de su inconmensurable hermosura. 

Pero regresemos al chillido.
Otra de mis pasiones es observar aves, así que cuando camino muchas veces estoy mirando el cielo y la copa de los árboles. En ese trance, un chillido rompe mi absoluta y efímera paz, un chillido profundo, poderoso, que nunca antes había escuchado. 

Levanté la mirada, era un águila y volaba sobre mí en círculos. Por varios minutos me quedé inmóvil, mirando asombrada lo majestuosa que se ve planeando en su hábitat natural, que emoción tan extraordinaria. Estaba viendo en cielo abierto al depredador más grande del aire. ¿Se atreverá a atacarme? Y luego, ¡Mi cámara! ¿Dónde está?
Solo traigo mi celular, intento grabar, pero la distancia es demasiado larga. Esa visión única la grabo en mi memoria. 

Poseída con la belleza del fastuoso animal no me había percatado de la escena dramática. Al frente del águila, estaba un pajarillo volando también en círculos. Me quedé estupefacta. Sin aliento. Las dos aves volaban en un rito de muerte y supervivencia una frente a la otra, un águila y un pequeño pajarillo que por su color supuse era un cardenal de rojo intenso como la túnica de los Cardenales. Con 23 centímetros era un buen bocadillo para un águila hambrienta. 

Yo estaba en el equipo del cardenal, quise agarrar una piedra en una breve sobrevaloración de mi fuerza, no era David lanzándosela a Goliat, de cualquier manera, apenas alcanzaría los 10 metros de distancia.
Me asaltó una terrible certeza, iba a ser testigo de uno de los espectáculos más increíbles de la naturaleza: la lucha por la vida. Así que decidí observar sin parpadear esta batalla desigual y salvaje entre un águila y un cardenal.
¿Haría honor el cardenal a su simbolismo? Él representa la vida, la libertad, la energía vital y al frente tenía a la misma muerte reclamándolo a chillidos.

Durante 10 largos minutos volaron frente a frente. Mi respiración quedó suspendida y los gritos se atascaron en mi garganta. Ambos estaban pulsándose. El pajarito no le daba la espalda y el águila no le daba tregua, lanzaba chillidos cada vez más aterradores. ¿Y el pajarito? ahí, dando cara. ¿El águila? Amenazante. ¿Yo? Con más miedo que el pajarito. 

El pájaro no se descuidada, con una concentración exponencial por defender su vida tenía control de cada milímetro de su vuelo y del vuelo de su enemigo. Lo miraba face to face, mientras seguía dando vueltas prolongando a una eternidad esos minutos de vida. Trataba de limitar el espacio que parecía una inmensidad. 
Tan pequeño, tan indefenso y tan arriesgado mi valiente cardenal.

¿Por qué el águila no ataca? Pienso que no tenía dominio de la situación. Me sentí dramáticamente afortunada, pocas personas en el mundo pueden ver un espectáculo como este, de sangre, muerte y vida. El águila es la perfección en el mundo de las aves, es un depredador que no perdona y pronto lo sabría el cardenal.
Siempre pensé que los actos más valientes son la respuesta feroz del miedo. Y no hay que despreciar lo que puede hacer un pequeño pajarito puesto en estas circunstancias. En un movimiento realmente audaz el cardenal reduce la distancia, y le pone pecho al enemigo, tan cerca, que, al fin, se me escapó un grito: ¡Dios mío! ¡Pájaro demente qué haces! Pero el ave había logrado algo que yo no había imaginado: dejar sin espacio de maniobra al águila. 
Emplazada la reina del aire no sabía exactamente a dónde y cómo volar, fastidiada con la cercanía quería moverse, pero el cardenal se le ponía en frente cada vez que el águila pretendía hacer un vuelco para abrir el vuelo. El pajarito se había convertido en el zancudo que quieres asesinar, pero no puedes, que se escapa y se queda dando vueltas en tu oreja sacándote del quicio. 

Confundida como estaba, el cardenal no le da tiempo para acomodarse y rápidamente realiza un segundo movimiento, magistral y temerario. Cuando la tuvo suficientemente cerca, se montó encima del águila y se quedó ahí, volando sobre su espalda. Se movían juntos y parecía un Pas de Deux perfecto como si hubieran estado ensayando horas de horas. ¡Qué belleza! una danza magnifica al filo de la muerte. 

Danzaron largos minutos. El águila se desesperaba intentando descolocar al pajarito que volaba sobre su lomo en perfecto compas, ritmo y tiempo. El cardenal no salía de ese punto ciego donde el águila ya no podía hacer nada. El pajarito lo había desarmado. 

Si hay algo por lo que admirar a esta magnífica ave es por su vuelo, capaz de hacer giros de 180°, suspenderse en el aire y caer en picada. ¿Cuánto duraría esta danza? Uno de ellos se cansaría. Yo esperaba ver al águila volteando con sus garras por delante atrapando al indefenso. ¿Se dejaría vencer el águila por un insignificante cardenal? 
En un momento determinado el águila agotada agarró vuelo de frente. ¡Bien, es el momento de huir! Pero no fue así. El cardenal, se posó en el árbol más alto. Estaba suspendida de nervios. ¿Por qué se expone tanto? Se quedó quieto, ninguna rama lo cubría, absolutamente expuesto, pero también en control de todo lo que pasaba a su alrededor. No había nada que pudiera interferir una buena decisión. ¿Cómo transformaría esta pequeña tregua en victoria?

Efectivamente a los pocos minutos el águila que nunca se fue tan lejos regresó, ubicó al cardenal y comenzó a sobrevolar encima del pajarito que estaba estático como una piedra. Otra vez mi corazón se detuvo. Dio una vuelta. Dos vueltas. Tres vueltas. El cardenal no se movía y yo esperando que el águila se tire en picada como en las películas de kamikazes. Cuarta vuelta, el pajarito se mantiene quieto. Quinta vuelta, ¡Listo! ¡Ahora sí! El águila abre el círculo… y… se va. 

Cuando el pajarito ya no lo pudo distinguir, voló al fin en sentido contrario. ¡¡Hemos ganado Cardenal!! ¡¡Esta batalla la hemos ganado!! Por lo menos fui un público que le estuvo dando ánimos y al final aplaudí y celebré su faena. ¡Qué temple de pajarito!

La naturaleza nos da lecciones, el cardenal tuvo un plan que ejecutó con maestría. 
No hay nada más fuerte que el instinto de supervivencia y puestos en situaciones de riesgo nos convertimos en héroes.

Cuando veas un cardenal recuerda que el tamaño se mide por el temple y la inteligencia.
Una historia para estos tiempos de coronavirus.
 
*La autora es periodista peruana y reside en Saugerties, NY.back to top

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