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La Bestia

Parte 1 de 2

Por Judith Martínez
October 2018
El niño tenía como seis, o tal vez siete. No importa tanto la edad exacta, la cosa es que le dijo a la maestra que había llegado tarde por la borrachera de su papá, y que las vacas se iban a mamitear si no les sacaban la leche, y sin leche no se podía hacer quesos para vender, y él había tenido que ir a ordeñarlas en su lugar. La maestra ni le creyó, aunque todos los compañeros sabían que era cierto.  Todos sabían que cuando la Bestia tomaba, sus crías ordeñaban.  Eran buenos hijos y crecieron sabiendo que sin lo de la leche no comían. No cuestionaban nada; hacían lo que la Bestia decía, o lo que la Bestia no hacía. 
 
Así le apodaban: la Bestia. Nadie sabía en realidad por qué. Solo le decían Bestia. Se asumía que por el tamaño, medía más de uno setenta y tenía una espaldona, más grande que sus piernas. Tenía fuerza inhumana; decían todos que cargaba a las vacas en los hombros como si fueran ovejitas cada vez que se escapaban a la carretera. Sus vacas le obedecían al instante; todas tenían sus nombres, y el pavor que le tenían se notaba en los ojos saltones. Aunque eran más grandes que él, se comportaban como sus fieles mascotas. Otros creían que el apodo era por los pelos en la espalda.  Nunca traía camisa. No era cosa de calor, era cosa de hábito. Nunca se las ponía porque le picaban en el cuello. Ahí en el potrero junto a esa carretera llena de baches se le veía ordeñando en las mañanas. Se sentaba en su banquito enterrado en el lodo, con las piernas entrecruzadas. A lo lejos se le reconocía por su pelaje. Se alcanzaba a ver la espalda cubierta de pelos hasta la orilla del pantalón: un animal ordeñando a otro. Nunca quiso muchas, no era un ganadero. Sólo unas cuantas, pero a todas las conocía, y ellas a él. Las llamaba a los comederos de dos en dos y así las ordeñaba, mientras comían y tomaban agua. Tenía diez vacas. Desayunaba leche bronca, fresca. A veces se llevaba bolsitas de cereal desde su casa para ponerles leche y comérselas en el campo mientras ordeñaba, pero lo que más le gustaba eran las mantecadas Bimbo, esas que vienen en dos, acompañadas siempre con su coca-cola fría, que “para que no le dieran las punzadas en la cabeza”, decía. Así era a diario. Su esposa le gritaba que se le iba a subir el azúcar, pero la Bestia ni volteaba.  Decían que si la Bestia gritaba se oía en todas las rancherías de los alrededores, por eso la gente prefería no contradecirlo ni hacerlo enojar. Nomás la vieja era imprudente y lo alebrestaba.

Ahí se le veía en las mañanas, aunque todos sabían que la Bestia no siempre estaba ahí. A veces estaba la vieja o las crías. La Bestia era parte del campo y disfrutaba lo simple de la naturaleza. Pero ya no le alcanzaba el gasto igual. La gente del pueblo decía que le gustaba el vino y se sabía de sus borracheras porque era entonces cuando no se le veía en las mañanas en el potrero. Ahí estaba su prole, echándole duro, para que las vacas no se les mamitearan. Se necesitaba la leche para el queso. 

Las maestras de la escuelita del rancho siempre eran foráneas, no sabían de la Bestia, en realidad ni sabían nada. El castigo para los que llegaban tarde era seguro; la responsabilidad de la ordeñada de un niño les parecía la excusa más ridícula. Pero la Bestia, cuando tomaba, se ahogaba. A veces tomaba hasta que venía su esposa por él, a gritos se lo llevaba y si estaba de buenas se regresaba a casa, si no, de un solo manotazo aventaba a la vieja flaca de regreso. Cuando se enteraba de que sus vacas no se habían mamiteado, aprovechaba para extender la fiesta más días, a veces hasta tres o cuatro. No se preocupaba. Sabía que los hijos y la vieja irían a ordeñar sus diez vacas, y tal vez también las del vecino para ganar algo extra. Además, así valoraban más lo que él les daba y aprendían a trabajar. Ya tenía cinco hijos, pero sólo tres hombres; las otras dos mujeres, eran solo bocas que mantener, buenas para nada. Lo de ordeñar se volvió costumbre para sus crías. Antes de ir a la escuela, al salir y antes de dormir las revisaban.

Eran tres hermanos, así que tomaban turnos. Aunque el de en medio a veces las dejaba, quesque para enseñarle una lección a la Bestia. Pero así le iba. Los latigazos y gritos de la Bestia se escuchaban en todos lados. “Dale gracias a Dios que te salieron buenas las crías”, le decía la vieja cuando trataba de defender al hijo. La Bestia ni contestaba: la cruda siempre le afectaba la sordera.

A veces vendían la leche, otras hacían queso y de eso medio vivían. La vieja cosía y vendía chucherías en una tiendita que los hijos acabaron por quebrar. Debía más de lo que vendía, pero de ahí se las averiguaban para comer. Todos en ese pueblo hacían lo mismo, ordeñaban y vendían su leche y todos medio se mantenían. Así era por allá, por los Altos de Jalisco. Nadie se acuerda bien del nombre del pueblo donde vivía la Bestia.  Como por ahí de los noventas ya no les compraban la leche, era más barata la de mentada tapa roja, mejor la tiraban porque no había ni donde guardarla y sólo se quedaban con lo del cuajo. Pero la Bestia siguió haciendo quesos, hasta que ya tampoco les daba. Se enteró que se estaba juntando un grupo, que se iban en dos semanas y que era fiado. Se pagaba hasta encontrar trabajo en el norte y les dejaban hacer abonos. Además, les daban casa y comida llegando al otro lado.

La vieja se quedó en el pueblo, cosiendo, era lo que mejor hacía y así medio sobrevivían. La Bestia vendió sus diez vacas, y con eso le pagó al pollero, aunque no era tan caro entonces, ni tan peligroso. Muchos se pasaban a cada rato y se aprendían el camino de ida y vuelta. Por eso la Bestia mejor se fue.  Allá al norte llegó con un hermano. Empezó como cargador de carnes y así siguió siempre. Cargaba reses todo el día. Lo hacía casi en automático. Cuando se acordaba mandaba dinero a la vieja y a sus crías. Aunque ellos se las ingeniaban. Siguieron haciendo lo que sabían; ordeñaban las vacas de un vecino.  Hasta aprendieron que llevarse el uniforme en la mochila les ahorraría tiempo y castigos con las maestras y además les gustó llegar limpios y sin tanto olor a estiércol. Las vacas no eran propias. Eran las de Don Justino; pero era buen patrón y los dejaba llevar cereal para desayunar con leche fresca, y dormirse las siestas entre las vacas.

[CONTINUARÁ…]


*Judith Martínez Ph.D. tiene un doctorado en literatura comparativa y estudios culturales, investigadora de temas de violencia, procesos de la migración forzada, modernización obligada, neoliberalismo, novelas narco, etc. Actualmente es profesora de la Universidad Estatal de Missouri en el Departamento de Lenguas Modernas y Clásicas, en Springfield, Missouri.
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