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Editorial

La separación familiar

Por Mariel Fiori
August 2018
Estuve en dos de las más de 700 marchas Familias Unidas, No Divididas (Families Belong Together, en inglés) que se organizaron el 30 de junio en todo el país para protestar las nuevas políticas del gobierno de Trump de considerar a toda persona que se presenta en la frontera solicitando asilo como inmigrante ilegal aplicándole la “tolerancia cero”, que hasta el momento ha aterrorizado y traumatizado de por vida a por lo menos 2500 niños.
 
Fui una de las oradoras de la concentración y marcha de Woodstock, y colaboré como traductora y co-organizadora de la de Kingston. Fue un sábado muy caluroso, pero a las casi mil personas que se acercaron a la municipalidad de Kingston no les importó. Ir a incomodarse por unas horas una tarde de sábado no era nada comparado con el horror que viven los niños inmigrantes, y sus padres. Allí estaban todos, inmigrantes, aliados (en su mayoría), políticos y candidatos, como el ejecutivo del condado de Ulster, Mike Hein; el alcalde de la ciudad de Kingston, Steve Noble; el candidato a representante del distrito 19 en el congreso, Antonio Delgado; y el candidato a sheriff del condado de Ulster, el boricua Juan Figueroa, entre otros.

Aproveché para entrevistar a muchos de ellos para el programa que co-conduzco en Radio Kingston, La Voz (dicho sea de paso, salimos al aire de 10 de la mañana al mediodía de lunes a viernes, en 1490 AM y en la app Radio Kingston) y aquí les transcribo el testimonio de Gerardo, un inmigrante que conocí ese día. “Vine a apoyar a todos los niños y a los padres que están pasando por una tragedia, que están encarcelados como animales y la verdad es que no está bien y es algo que ha de ser muy dificultoso para todas las familias involucradas. Es un crimen porque, y más en este país, que a los animales los trata mejor que a los niños que están ahí. Es una tragedia y es muy triste ver a todas las familias que están en algo así. Yo los comprendo, los entiendo porque yo igual vine de ilegal hace 29 años atrás y para ser sincero también estuve en la cárcel cuando tenía seis años, en 1989. Me acuerdo todavía todo lo que yo pasé, como si fuera ayer. Gracias a Dios estuve detenido con mi tía y mi hermano un año mayor, que tenía 7 años. La verdad es que es algo muy feo porque tienes hambre, hace frío, huele a orines. Desafortunadamente, y a la vez afortunadamente, puedo decir que yo sé algo de lo que están viviendo allá en este momento los niños, y debe ser algo muy horrible. Por lo menos tenía a mi hermano y a mi tía, y ahora aquí no están”.

La verdad sea dicha: la separación familiar que nos tiene con el corazón en la boca todo el verano viene ocurriendo desde hace tiempo en la frontera y dentro del país; los números de personas afectadas son muchísimos más altos de los que vemos en las noticias. Con el nuevo gobierno de Donald Trump, la policía de inmigración, ICE, ya no tiene una lista de prioridades de personas a detener y deportar. Desde enero de 2017 todos los inmigrantes sin estatus legal son considerados deportables. Por eso, vemos como una mañana cualquiera ICE llega a una casa de familia y se lleva al padre, a la madre, o ambos, o llega a una corte de tráfico, o una oficina de probación, y se lleva a personas que ya han pagado por sus ofensas, pero por ser inmigrantes pareciera que vuelven a ser juzgados por ICE. ¿Acaso la enmienda 5 de la constitución de los Estados Unidos no protege contra el ser juzgados dos veces por la misma ofensa?

Mientras tanto, aquí en el Valle del Hudson, más y más niños estadounidenses ―de padres inmigrantes, trabajadores, con años y décadas forjándose un futuro en este país y aportando a las economías locales a cada paso― se quedan huérfanos, de la noche a la mañana, sin saber cuándo ni cómo volverán a ver a sus progenitores. Los titulares lo llaman separación familiar, ¿no sería mejor llamarlo terrorismo institucional?

Mariel Fiori
Directora


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