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Cuento

Los cassettes de Lucrecio González, el hombre de la grabadora

Novela por entregas

Por Ricardo Enrique Murillo
December 2014

 40. El Taco Loco de la California

Mi paisano Jesús trabaja en los Tacos Locos. Los Tacos Locos es una cadena de cinco restaurantes chiquitos que abrieron dos capitalinos y adonde van los mexicanos los fines de semana a comer menudo después de haberse puesto una borrachera. El mejor menudo que usted haya comido lo encuentra allí, palabra. No es anuncio. Lo sirven en un plato burdo, de barro, como los de México. Le ponen repollo picado, un chorro de limón, orégano y su chile quebrado. No lo tiene uno en la mesa y ya se le hace agua la boca. Lo he comido algunas veces, pero no porque sea borracho. Recién llegado visité el Taco Loco de la California con unos amigos y así supe que Jesús trabajaba allí, frente a una cantina de duranguenses. Ese hombre que nos está sirviendo el menudo es de allá, de con nosotros, me dijo uno, adivínale quién es. No supe. Entonces le dijeron que habían llevado a este paisano a que probara el menudo de los Tacos Locos. Me miró como buscándome parecido con la gente del pueblo. Se fijaba en mi sombrero. Como que le llamaba la atención mi moral a rayas, donde cargo mi grabadora. No, por más esfuerzo que hago de acordarme de su cara no logro dar con bola, dijo. ¿Quién sabe de qué familia será? Entonces le dije que soy Lucrecio González y dijo que no me conocía, pero que él y mi papá son reteamigos. Desde entonces le he llamado dos o tres veces para darle saludos de mi papá. Me ha dicho que pase a comer al Taco Loco cuando quiera. Le digo que un día de estos. No voy porque luego se niega a cobrarme y no quiero que por culpa mi culpa lo corran. Mejor voy al Taco Loco del centro y como menudo a llenar.

41. La muchacha de las piernas de oro

Dicen que la coctelera nueva se ganó el concurso de piernas en el Boston Ball Room. Con razón se me hacía cara de artista. La había visto en el canal 26. Seguro por eso la contrató Zulma ahora que vienen las fiestas de diciembre. Es morena clara y de ojos grandotes. Tiene el pelo café. Los vestidos le quedan entallados, o sea: bien. Dicen que es de Perú. Ya todos en el restaurante le echaron el ojo, pero nadie se atreve a tocarla, ni se atreverá. El mismo día que empezó, entró también a trabajar de mesero su papá. Rápido se presentó Totonaca ante el señor que usa trajes y lentes. Ofreció cocinarle lo que guste y mande. El señor no se cansaba de agradecerle el ofrecimiento y, al parecer, le agarró la palabra, porque los lavaplatos lo hemos visto comer huachinango a la veracruzana sin que se dé cuenta Zulma. Totonaca le dice provecho, señor. Luego que el señor termina y vuelve al comedor, los meseros le dicen a Totonaca que cómo es barbero. A Totonaca le da risa y les dice que no se metan en los asuntos de su suegro y que la muchacha de las piernas de oro ya está apartada.

42. 12 de diciembre

Se puede decir que después de las chuletas del verano Oscar Medina y yo nos hicimos amigos. Vamos a tal fiesta, Lucrecio. Vamos. Vamos a jugar beis con el equipo del Dennis. Vamos. Es cosa que se agradece cuando uno no tiene carro y lo invitan a lugares. Esta madrugada fue a mi casa para que viniéramos a la Iglesia de San Francisco de Asís, en la 14, a cantarle Las Mañanitas a la Virgen. Desde hace meses los miembros de la Adoración Nocturna le habían pedido que viniera a tocarle con su guitarra y, lo que sea de cada quien, se lució. Se sabe todos los cantos de las misas y las mujeres lo seguían como si fuera su coro de planta. El Señor Cura nos dijo que la Virgen es la madre de todos los mexicanos y que ella nos cuida y nos protege de todos los males donde quiera que nos encontremos. Luego seguro vio que había gente de otros países, porque tosió y dijo que la Virgen también es la Reyna de las Américas. Yo me sentí muy bien de haber venido. Después de la misa una mujer agarró el micrófono y nos dijo que bajáramos al sótano a bebernos un cafecito. Tenían café y chocolate que bebimos con donas. Ya para despedirnos, la misma señora nos dio una estampita de la Virgen que tengo pensado pegar en mi cabecera. Ahorita estoy en el carro grabando lo que vi y esperando que Oscar se despida de la gente que no se cansa de felicitarlo.

43. El Capi

El Capi manda restos cada vez que le llega una carta buena. Los dientes se le asoman entre el bigote humeado. Se la pasa a puro je, je, je y je, je, je. No para de fumar. Los restos pueden ser 100 dólares, 500, 1000 o más, dependiendo del montón de billetes que tenga a su lado. Y el 2 que espera para hacer la seguida puede llegarle o no. Los contrincantes lo piensan mucho antes de arriesgar su dinero. Soy testigo de que cuesta mucho trabajo ganarlo. Miran sus cartas esperando que al Capi no le haya llegado el 2, pero ¿qué tal si sí? Ellos, con suerte, arman una tercia que los compromete a pagar por ver, pero a la tercia la mata la seguida. Eso que ni qué. La apuesta es demasiado alta. Si el Capi armó la jugada todo mundo se irá a dormir enojado. En lo que llevo viviendo en esta casa he visto muchas caras largas y sólo unas cuantas felices. Al fin ellos dicen que no, dan por perdido lo apostado y tiran sus cartas en la mesa esperando recuperarse con el dinero que les queda. El Capi les enseña la carta del blofe risa y risa. Ellos se estiran los cabellos por haberse dejado engañar. El Capi besa la carta y dice que él le tiene mucha fe a sus patitos.

44. Quincenas cortas

No sé qué ando haciendo acá, tan lejos de mi familia. Tanto luchar y luchar a ve
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r si mejoro mi vida un poquito y nada. A dólar me sale la hora si tomamos en cuenta que recibo un cheque de 120 por quincena y que lo que trabajo son 60 horas semanales. Luego si falto uno de los seis días me quitan el pago de otro día trabajado. El otro día un cocinero nuevo mandó avisar con don Rigo que estaba encalenturado y ni cómo ir al médico. Seis días no se pudo levantar de tan débil. Cuando fue a cobrar su quincena Zulma le dijo que no había cheque y que ya tenían otro cocinero en su lugar, que desocupara la cama. No pudo sacar su ropa de trabajo del sótano porque tenía un candado nuevo. A la casa sí pudo entrar por sus cosas porque alguien le abrió la puerta. ¿Ya te vas a buscar trabajo a otra parte? Le preguntó don Rigo. Le dijo que no, que se iba para México porque por más que trabajaba no lograba juntar el dinero que quería y, bueno, pues por eso me tienen a mí aquí, trabaje y trabaje aunque ande acatarrado.

[CONTINUARÁ…]


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