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Cuento

Los cassettes de Lucrecio González

El hombre de la grabadora (novela por entregas)

Por Ricardo Enrique Murillo
June 2014

11. La película X

Ayer me contó el Múcaro que él y Juan Jarrison fueron al Cine Palacio a ver una película de Isabel Sarli. Jarrison le dijo que Isabel Sarli es argentina de nacimiento y que si todas las argentinas son como Isabel Sarli él de buena gana se iría a la Argentina aunque se muriera de hambre en las pampas. El Múcaro le aceptó la invitación y se fueron muy campantes en el tren de Skokie. El viaje a la Sheridan dura cerca de dos horas. En el camino Jarrison le contó al Múcaro que él había sido soldado en México y le presumió que los soldados de México no se andan con cuentos. El Múcaro también le confió que, así como es él de serio, se vino de Durango por las enemistades que le salen a aquel que no se deja pisotear por cualquiera. Del tema de la valentía pasaron a quejarse. El Múcaro odia que los cocineros le griten “Múcaro, platos”, como si platos fuera su apellido, como si le pagaran una fortuna, y a Jarrison los meseros no le dan propina porque hace días le rayó la madre al mero jefe. El tren se detuvo en la estación desde donde se divisaba el póster de Isabel Sarli que la mostraba media vestida de blanco y montada en un caballo negro, cuenta el Múcaro. Abajo, Jarrison le cedió el pase al Múcaro. El Múcaro le tiró un beso al póster. La distracción no le valió. Otra vez, Jarrison le dejó la puerta libre para que pagara. El Múcaro le dijo que no, que pasara él primero. Nadie quiso pasar. Después de tantos gestos de cortesía, los dos admitieron que no traían dinero y se regresaron al norte. Los dos dólares que les quedaban los gastaron en el pasaje. Así se les fue su día de descanso. Qué bueno que no fui con ellos a ver a Isabel Sarli.

12. Los ahorros

Esto de juntar el dinero en un botellón aunque me quede sin nada me viene de Vicente Villa. Dicen los cocineros que Villa no traga por no comprar. Que ni siquiera sale a que le dé el aire de la calle. Nomás del trabajo al apartamento y del apartamento al trabajo. Trabaja y duerme. Es todo lo que hace. Está reflaco y descolorido, como una calabaza seca a medio barbecho. Dice que es de tanto pensar en la muchacha que dejó en Tamazula. Tiene diez años que no va a su tierra porque cuesta mucho el boleto. Los meseros le dicen que el día que vuelva la va a encontrar con nietos. Entonces empieza a cantar “El muchacho Alegre” para cambiar de tema. Los cocineros se ríen. Villa dice que es sobrino de los Hermanos Záizar, esos que cantan “Cruz de Olvido”. ¿Quién le dice que no? A Paco, el lavaplatos, que es de allá, le preguntan si es cierto. Mueve la cabeza y también le da risa.

13. División de gastos

Esto de vivir muchos en un solo apartamento tiene sus ventajas. Uno gasta poco en la renta y en México el dólar siempre rinde. Ojalá que yo tenga la suerte de don Pancho, ese hombre de bigote de Chelelo que en seis meses ahorró 3.000 dólares y se fue a su pueblo a poner un taller de afilar cuchillos. O como Porfirio Sánchez, el de Jerez, que puso una tortillería en Guanajuato. Dicen los que lo conocen que no paga empleados. Las hermanas solteronas le trabajan el negocio. Dice Vicente Villa que el sacrificio está en comer poco y en comprar apenas lo necesario. Aquí las compras se hacen los domingos. Unas veces cocina uno y otras, otro, como le vaya tocando. Comemos muchos huevos de diferentes modos porque son fáciles de cocinarse. A lo que iba: a Jarrison lo corrimos del apartamento porque no le gustaba cocinar. Esa mañana que le cortamos sus cuentos nos dijo que íbamos a comer huevos al gusto. Le dijimos que nunca los habíamos comido así y le preguntamos que cómo eran esos. Dijo que como a cada quien le diera su p--che gana. Lo corrimos. Se salió diciendo que él no le pedía chiche a nadie. Ahora ahí lo tienen de peregrino, pidiendo posada. Lo último que supimos fue que vive en un hotel de prostitutas.

14. Mi paisano Carlos

Aproveché mi día de descanso para venir a Chicago y se me fue el último tren que iba al norte. No te preocupes, me dijo mi paisano Carlos, ahí te quedas a dormir en nuestro apartamento. Tenemos una cama extra. Es de militar, pero aguanta el peso. No hay cuidado, le dije, peor es dormir en el suelo. La compramos para las visitas. En la mañana desayunamos y tomas el tren que gustes, me dijo y me dio una lista. El primero sale a las cinco. Mientras cenábamos me di cuenta que el tren pasaba al otro lado de la pared y cuando me acosté sentía que sus llantas chillaban junto a mi cabeza. Las ventanas se sacudían con el aire. No pude dormir. No sé cómo Carlos y su hermano podían roncar en un apartamento tan ruidoso. Si hubiera habido camiones que iban al norte, me hubiera levantado a media noche y me hubiera regresado. No. En la madrugada me levanté y fui a la cocina a beberme un café negro. ¿Te levantaste temprano? Me preguntó Carlos. Le dije que sí. ¿Cómo dormiste? Muy bien, gracias. Aquí tienes tu casa cuando quieras. Le volví a agradecer y salí. Ahorita voy pasando por la estación de la Lawrence. Comienza a amanecer. La gente va a trabajar. El ruido que se oye es el de las llantas del tren. Debo transbordar en la estación Howard. Espero no quedarme dormido.

15. La cara del Múcaro

Yo nunca había visto al Múcaro enojado. Ayer le salía lumbre por los ojos. Sus orejas estaban enrojecidas de coraje. Traía el bigote apretado. Dijo que antes de salir a trabajar se metió a bañar y a la hora de untarse el champú notó que no le hizo espuma. Se vació el resto de la botella y nada. Se arrimó la mano a la nariz y dizque olía a aceite de guisar. Seguro dijo alguna maldición que se oyó en el pasillo, porque dizque Jarrison lanzó la carcajada en su cuarto, dicen los que lo oyeron. Eso le enojó mucho al Múcaro. No le reclamó nada cuando salió cobijado con la toalla. El Múcaro es de los que se tragan sus corajes, pero una mirada suya pueden ser mil mentadas de madre. Ahora que estamos en el restaurante, Jarrison entra a la cocina cargando una bandeja llena de platos. Le hace plática al Múcaro, como para congraciarse. El Múcaro ni siquiera lo mira, y es como si Jarrison sintiera su mirada golpeadora en su espalda, porque vuelve rápido al comedor con la cola metida entre las patas. Entonces sale una sonrisa burlona de los bigotes del Múcaro.

 

CONTINURARÁ…




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