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Cuento

Los cassettes de Lucrecio Gonzalez

Novela por entregas

Por Ricardo Enrique Murillo
May 2014

 6. Comiendo huevos estrellados

Ahorita estoy en el lugar donde vivo, comiendo huevos estrellados con frijoles charros. Anoche vinieron las muchachas que trae el negro del Cadillac. Sonaron la puerta y me pregunté, ¿pues quién diablos es tan a deshora? ¿Estará alguien enfermo? ¿Chocaría alguien? Espero que no sea la migra. Entreabrí la puerta y en la rajadura vi una cara rubia muy sonriente y coqueta. ¿No vas a querer, mono? Me preguntó en un español gabacho. Y yo hubiera querido, pero… ¿de dónde dinero? ¿Vas a querer o no? La noté impaciente. ¿Qué cosa? Me hice el desentendido. Chocha, tonto, me dijo y casi le machuqué las narices con la puerta. Ayer le mandé el cheque a mi madre para que me compre un par de puercos. Dicen que desde que subió la gasolina toditito está re caro. A ver si los centavos que le mandé le ajustan para la compra. Si no, tendré que mandarles otro cheque la próxima quincena. Ahora sí que, como dice el dicho, voy a amarrarme un huevo, porque con chocha no voy a poner granja.

7. De paseo por el Sears Tower

Estoy frente al edificio Sears Tower, admirándole los postes que tiene escondidos entre las nubes. ¿Quien sabe cómo se los pondrían? Esta es la misma torre que yo había visto en tarjetas postales y que jamás me imaginaba que iba a visitar algún día, porque a mucho de lo que uno ve en fotos no le da importancia y lo mismo le da que existan o no. La gente habla de grandezas y uno la juzga a loca. Pero ahora estoy aquí, parado en la banqueta, y, de tantas ventanas que tiene el edificio, unas con luces prendidas y otras apagadas, me parece como que estoy viendo una colmena. ¿Quién sabe cuánto costará vivir en uno de esos cuartos? Voy a pedirle a alguna persona que me tome una foto con esta camarita al minuto nomás para acordarme de que un día estuve aquí. Chis, dicen los gringos, y ¡click! Yo digo chin. A ver si no se descompone.

8. Corte de pelo

Tengo días queriendo cortarme el pelo. El otro día dijo Candy que todo hombre, por feo que sea, se mira presentable con un buen corte de pelo y mejor si es soldado. A mí me crece pronto. Uso sombrero porque se me dificulta peinármelo cuando se me levanta sobre las orejas. La estilista prefiere cortármelo con tijera para que no se le amelle su máquina. Yo le digo que está bien. Que me lo corte como a los burros aunque me lo jale. Lo que me duele es pagarle los 10 dólares. 10 dólares por mes es mucho. He hecho mis cuentas y si me lo cortara cada tres meses pagaría sólo 40 dólares al año y me ahorría 80, más la propina. Ese dinero me serviría para que mi madre comprara la pastura de sus chivos y el maíz de mis puercos, pero acabo de peinarme y noté que si no me lo corto esta semana voy a parecerme a un espantapájaros y no quiero que los busboys y los meseros comiencen a llamarme Aniceto Verduzco. 

9. Estrenando bicicleta

Después de lo mucho que he caminado, unas veces por gusto y otras por necesidad, me acabo de comprar una bicicleta Murray azul, nuevecita, de 18 cambios, de carreras, porque el sueldo no me alcanza para carro. Me puede servir para hacer viajes cortos, y pierna. Aquí, si trabajas en restaurante, haces panza porque todo el tiempo tienes la comida en las manos. La dependienta de la tienda quiso venderme un casco. Le dije que, para el sol, con el sombrero tengo. Cuando me ofreció una mochila, le enseñé mi morral con la grabadora. Le dio risa. Me quería vender herramientas cuando yo tengo desarmador y pinzas en el cartón donde guardo mi ropa. Ah, cómo son de oportunistas los comerciantes. Lo ven a uno que no habla inglés y se encajan. Lo que me importa es que la bicicleta ruede y me lleve a donde quiero ir. Seguro se convenció de que no me iba a entrar ni el hacha. Entonces le pagué. Me costó 150 dólares. Es la compra más grande que he hecho en el tiempo que llevo en el norte. No me sorprendería que a Totonaca le diera por pedírmela prestada. Le voy a decir que no, que compre una. Con lo trocho que es me la puede descomponer. Entonces voy a andar contando que un día tuve bicicleta Murray. No señor, que le cueste. 150 dólares son casi dos semanas de trabajo.

10. La jugada

Yo ni de la jugada soy, pero como traía cinco dólares en monedas y un cheque enterito, anoche me puse a jugar póker con Totonaca y con el Topolliyo en el apartamento de Vicente Villa, el de Tamazula. Comenzaron de a corita que para que me animara. ¿Y cómo iba yo a pensar que aquellos cinco dólares sueltos, que esperaba perder para irme a dormir, se me iban a multiplicar como el pan a Jesucristo? Villa también le entró al naipe y subió la entrada a dólar y luego a cinco. Después supe que quería asustarme para que corriera. Al rato nos cooperamos para la pizza y los refrescos y cuando entraron las bellas de noche preguntando si íbamos a querer nadie dijo yo. El negro del Cadillac se las llevó como las trajo, sin decir buenas noches, muchachos. La jugada duró hasta la madrugada. El Topolliyo me firmó el cheque, Totonaca tanteó que había perdido 150 dólares y Villa se quedó como estaba. Ahora veo a Topolliyo yendo de la cocina al comedor con la charola en la mano y no me atrevo a mirarle la cara. Se le enojó mucho a Totonaca por haber dejado la entrada tan barata para que un tarado como este servidor les ganara. ¿Y yo qué culpa tengo si las jugadas me llegaban hechecitas? Totonaca trata de calmarlo diciéndole que así es el juego. Una veces pierdes y otras ganas. Al rato te emparejas, hombre. Yo de tonto vuelvo a jugarles. Con el dinero que me trajo la suerte se ajustan tres puercos grandes y sobra.


CONTINUARÁ...





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