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Maria Lazo cuida la huerta del rondout en Kingston. Foto de Lynn Woods
Maria Lazo cuida la huerta del rondout en Kingston. Foto de Lynn Woods

En Kingston, la huerta de todos

El proyecto de agricultura urbana de María Lazo produce para el barrio

Por Lynn Woods
November 2013
Este verano, un terreno triangular en Murray Street que bordea el proyecto de vivienda pública Roundout Gardens se transformó en el jardín más silvestre de la cuidad de Kingston. Grupos de altos girasoles y caléndulas que abrazaban la tierra, plantas de tomate, calabacines, calabazas, sandías tamaño pelotas de básquetbol, rábanos, arbustos de arándanos, cañas de zarzamora desgarbadas y un par de perales crecen entre la alta hierba. Un cordón de color delinea parcelas de tamaños irregulares. Una vieja silla blanca está cubierta de enredaderas, un aparador viejo y sus cajones están llenos de ramas de pino y otros materiales de abono, y carteles coloridos pintados a mano que dicen, “Perfume: abejas,” “Meta: 200 por ciento verde, Huerta Thomas Chambers” y “Jardines de Deuteronomio” marcan puntos de referencia.  

El cartel que dice “Jardines de Deuteronomio” identifica el jardín en sí y se refiere al pasaje de la Biblia que instruye a los fieles a regalar la cosecha sobrante “al forastero, al huérfano y a la viuda”. “Soy católica romana y creo que es mi deber, especialmente ya que puedo cultivar cosas con nada,” dice María Lazo, administradora de la huerta. No hay verjas; los niños que vuelven de la escuela pueden recoger las zarzamoras que cuelgan sobre la acera.

Lazo, residente de Roundout Gardens, hace esto abnegadamente y no se preocupa por trivialidades. Si una planta se muere porque a un niño se le olvidó regarla, ella replanta otra. Cosechará una berenjena o un tomate que quedó olvidado y lo regalará. Toda la cosecha, excepto las parcelas privadas separadas con el cordón, es gratis y disponible para cualquiera.

Ella conoce a los niños desnutridos que viven en el proyecto, culpa de los novios narcotraficantes de las madres que usan los cupones de alimentos para sí mismos. Ella conoce a las personas mayores a las que les han robado su medicina ladrones a los que les ofrecieron un plato de sopa para después vaciar sus botiquines de medicina. Ella conoce  gente en el complejo que nunca había visto las verduras crecer de la tierra.

“En la huerta, los niños hacen ejercicio y comen lo que cultivan”, dice, notando que anima a la gente a cultivar lo que come, como el “jardín italiano”, que tiene ajo, albahaca, y tomate. A veces hay combinaciones raras, como rosas plantadas junto a tomates. Un niño de seis años plantó semillas de sandía en las parcelas de todos, sumando al caos. “Él es bueno en la huerta, posiblemente mejor que en la escuela,” dice ella.

Dio a los niños unas papas para plantear, de las que “se las olvidaron hasta el momento de desenterrarlas. Estaban contentísimos de llevárselas a casa”.  Excavar en la huerta resultó en una aventura arqueológica para un adolecente que descubrió los restos oxidados de un vehículo. Donde ahora se encuentra la huerta, antes había casas y calles, destruidas por la  renovación urbana. Después que el joven lo desenterrara por completo, Lazo llamó al Museo de Ferrocarriles que identificó el hallazgo como un carruaje tirado por caballos.

“No se ve muy bonito,” concede Lazo. “Protegemos la achicoria, la bergamota, la menta silvestre y la manzanilla. Si una ardilla se roba una pera, no le voy a disparar. Tenemos jilgueros hermosos que se comen las semillas de los girasoles”.

El verdadero inicio

Esa actitud tolerante no descuenta las ambiciones enormes que Lazo tiene para la huerta. En siete años ella espera que la huerta sea una fuente prolífica de comida fresca para la comunidad. Pero acaba de comenzar, no hay dinero, y ella se encarga de la mayoría del trabajo. Lo toma pasa a paso, uno de los cuales es cosechar las semillas para el próximo año.

Lazo ha cultivado el terreno alrededor de su edificio y el que está frente al patio de cemento con los tendederos de ropa, plantando hostas y otras plantas con flores tolerantes a la sombra. A pesar de sus discapacidades – no puede manejar – casi todo los días cruza la ruta 9W y camina hasta Garraghan Drive para cuidar los rosales, hostas, lirios, equinaceas púrpura, caléndulas, y perales que ha planteado en un terreno de la estación de policía de Kingston y de la corte en la primavera de 2012. Ese proyecto comenzó cuando una amiga, Cathy Connelly, recibió permiso del alcalde y el jefe de la policía para poner un jardín conmemorativo en terreno cubierto de maleza. El jardín tuvo tanto éxito que el alcalde pidió a Connelly y Lazo que comenzaran una huerta comunitaria en Murray Street.

Dona Crawford, encargada del programa de Jardineros Maestros en Cornell Cooperative Extension del condado de Ulster, había sugerido la necesidad de una huerta cerca de Rondout Gardens, ya que él área fue identificado como “desierto alimentario” en un estudio reciente. Por medio del proyecto A Healthy Kingston for Kids, Cooperative Extension consiguió $1000 en fondos, que Lazo usó para comprar palas, una manguera, perales y otras plantas.

La resistencia inicial por parte de la autoridad de vivienda de Kingston amenazó con cerrar el proyecto. Lazo dijo que la agencia ha sido demasiado entusiasta en sus esfuerzos por mantener los terrenos, cortando cualquier arbusto de más de cuatro pies de alto, incluyendo unos hermosos árboles de manzano silvestre y arbustos de frambuesas que ella había planteado alrededor de su edificio. Pero una carta de recomendación de la senadora estatal Cecilia Tkaczyk y la presión ejercida por CCE y la educador ambiental de la ciudad Julie Noble consiguieron finalmente aprobación. Para abril, Lazo y algunos jóvenes estaban preparando la tierra para un jardín de 100 x120 pies, llamado Huerta Comunitaria de Thomas Chambers.

Consiguiendo el apoyo de la comunidad

Mientras tanto, Lazo distribuyó cientos de volantes en Rondout Gardens y Springfield Gardens, invitando a participar. Hasta ahora, 36 personas han ayudado, incluyendo “muchas abuelas con sus nietos pequeños y gente con discapacidades físicas y mentales”. Cada participante firma un contrato que les obliga a mantener el jardín orgánico, no llegar borracho, y eximir a la ciudad de responsabilidad por accidentes. La ciudad donó varios contenedores plásticos para agua, con capacidad para 250 galones. El vecino Tony Defasio llena los contenedores en una toma de agua cercana.

Sin dinero, aparte de la subvención para semillas por $1000, Lazo ha tenido que ingeniárselas. Ella contribuyó algunas de las plantas (su hermano y hermana, que viven en la ciudad de Nueva York y Pennsylvania, pagaron los rosales), recibió donaciones, reprodujo plantas por estacas o usando las semillas de plantas que ya había cultivado en Garraghan Drive. Herzog’s ofreció un descuento en estiércol de vaca. Se usan muebles viejos, como el armazón y cajones de un armario y el esqueleto de un paraguas, que está colgado con cuerdas para plantas de frijol. “Hacemos todo lo posible para reciclar y no gastar dinero,” dijo Lazo. “Y todo es siempre orgánico”.

Lazo tiene experiencia con la agricultura, por haber pasado gran parte de su niñez en Cuba, donde sus familiares tenían un huerto. Pero no fue una niñez idílica: Lazo fue interrogada por el ejército cuando tenía seis años porque sus padres eran criminales, activos en el mercado negro. Su padre abusó sexual y físicamente de ella, lo que le causó sus discapacidades, incluyendo mareos y pérdidas de la conciencia causados por heridas al oído interno. También tenía “obesidad mórbida”, como ella la describe, antes de tener una operación gástrica. A la edad de 33, finalmente dejo su hogar en Queens para asistir a SUNY New Paltz, obteniendo su BFA en escultura a los 40. Trabajó como maestra de arte independiente pero debido a sus discapacidades, terminó recibiendo prestaciones sociales, mudándose a Rondout Gardens. Trabaja en sus pinturas, enormes y llenas de colores, de mujeres como diosas, en su apartamento y ha exhibido su obra en galerías locales.

Un esfuerzo cotidiano

Porque es extremadamente sensible al calor y al sol, los días calurosos de verano Lazo trabaja en la huerta temprano por la mañana y a la puesta del sol. “Estoy ahí todo los días,” cuenta Lazo, “Es una labor placentera y también me da comida extra”.

Lazo pide que la gente contribuya hojas rastrilladas de sus patios y planea simplemente dejar las bolsas de papel sobre la hierva como mantillo de abono para matar la maleza y mejorar la tierra. “No quiero dinero, sino músculos”, dice. También ha sido aceptada al programa de maestros jardineros ofrecido por el CCE, que entrene a jardineros voluntarios, para expandir sus habilidades de jardinería.

Lazo también quiere plantar un camino de perales en la ciudad para conmemorar al fundador Thomas Chambers, que fue enterrado bajo un peral que sobrevivió hasta el siglo 19. Ella reemplazó el peral muerto en el Heritage Area Vistors Center, en Lower Broadway, con una planta nueva y espera plantar más perales en Garraghan Drive y el jardín de Murray Street. Plantar perales “es algo bueno e histórico y hasta se podría hacer un tour de jardines,” se entusiasma.

Pero por ahora ya tiene las manos llenas. La Huerta Comunitaria Thomas Chambers “es un lugar abierto y seguro,” dice Lazo. “Nunca excluyo a nadie. Alguna gente se queja de la hierba alta, pero estamos muy orgullosos de los jardines de Rondout. Estamos orgullosos de vivir en un país que provee para todos”.

CONTACTO:

Todavía hay parcelas disponibles gratuitas. También se buscan más voluntarios hispanos.

Llamar a María Lazo al (845) 338-2408 para hacer una cita.

*Traducción de Emely Paulino y Kevin Soto. Publicado originalmente en The Kingston Times el 26 de septiembre de 2013. 



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