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Recuerdos de...

El Salvador

La guerra y una experiencia inolvidable

Por
October 2012
Era agosto de 1987 cuando llegué por primera vez al aeropuerto de La Paz, El Salvador. Había vivido en México y viajado a otros países latinoamericanos antes de pisar tierra en El Salvador, y pensé que no iba a ser muy diferente a los demás; sin embargo, estaba equivocada. El país estaba en plena guerra civil, la cual había comenzado siete años antes.

Había oído y leído un poco sobre lo que pasaba, pero los medios de comunicación en esa época eran distintos a los de hoy. En los Estados Unidos no vimos la realidad y la situación verdadera de los salvadoreños. Para los que no sepan mucho en cuanto a este conflicto bélico que se abatió sobre el Salvador durante la década de 1980, sugiero informarse para tener una mejor comprensión de su gente, especialmente la que hoy en día vive en los EE.UU.

¿Cuál fue el motivo de mi viaje a El Salvador? Debido a que mi esposo era sindicalista en los EE.UU., sus jefes decidieron enviarle a trabajar allá para apoyar a los sindicatos nacionales en su lucha laboral para mejorar los derechos humanos. Durante mi visita aquel verano, conocí al director de una escuela, quien me ofreció un puesto de maestra, el cual acepté sin la menor vacilación. Tuve que volver a Washington, D.C. donde vivía y renunciar a mi empleo. A las dos semanas, ya estaba en San Salvador de nuevo, donde viví por casi tres años. Por supuestos, mis familiares estaban preocupados por mí y no querían que fuera a vivir y trabajar en El Salvador.

Por fortuna, me adapté con facilidad porque antes que nada sabía hablar el idioma. Aparte de esto, ya tenía muchos amigos y familiares hispanoamericanos; me sentía a gusto en ese ambiente.

Los dos primeros años no notábamos los efectos de la guerra de una manera muy directa. De vez en cuando se colocaba una bomba al lado de una planta eléctrica y al estallar, se cortaba la luz. Teníamos que prender una vela y pasar horas en la oscuridad. A través de los años, el gobierno convocaba y decretaba el toque de queda, dependiendo de la situación y del asunto en cuestión. Si no estoy equivocada, por lo general comenzaba a las 5:00 de la tarde, pero a veces duraba un día entero. Me acuerdo de estar sola muchas veces ya que mi marido viajaba a menudo por su trabajo, pasando días y hasta semanas fuera de San Salvador y por esto, aprendí a ser fuente y valiente. En esa época no existían los teléfonos celulares ni teníamos computadoras en casa y no podía comunicarme con facilidad.

Otro acontecimiento que ha quedado en mi mente ocurrió cuando mis suegros estaban allá de visita. Un día fuimos al parque de diversiones donde tomamos el Teleférico San Jacinto. Mientras que andábamos en él, se paró de repente y allí permanecimos por una hora aproximadamente. Yo estaba nerviosa, a diferencia de mi marido y suegro, quienes cantaban y bromeaban. Pero, ¿por qué dejó de funcionar el teleférico? A causa de una bomba, según nos informaron los empleados después de bajarnos. A pesar de estos incidentes, entre otros, yo estaba sumamente feliz viviendo y trabajando en San Salvador.

Desafortunadamente todo cambió para mí el 11 de noviembre de 1989 cuando comenzó la segunda ofensiva (la primera fue en 1981) en El Salvador, “La ofensiva hasta el tope”, la cual duró casi 2 semanas. Era un sábado, de noche, cuando cenábamos con un sindicalista. Lo recuerdo como si fuera ayer. Mi marido recibió una llamada, urgiéndonos a volver a casa. Íbamos a ir a un club donde nuestros amigos nos esperaban. Sabíamos que un amigo mío, Chris, estaba allí, llamamos al club para decirle que se quedara en el club y que no volviera a casa puesto que él vivía al lado de la casa presidencial. Ya había comenzado la ofensiva entre la guerrilla y los soldados del ejército. Nosotros también vivíamos cerca de la casa presidencial (en la misma calle) y tomamos la decisión de dejar el restaurante y regresar a casa cuanto antes. Sin embargo, Chris y su amigo no volvieron a casa inmediatamente; horas después, cuando Chris salió del carro fuera de su garaje, estaba en medio del fuego cruzado. Los fragmentos de una granada de mano le golpearon en la cabeza y Chris murió casi instantáneamente. Lamentablemente se encontró en el lugar y momento equivocado. Yo, por mi parte, regresé a casa aquella noche contenta porque había llamado a mi amigo y pensé que iba a estar fuera de peligro.

A la mañana siguiente, temprano, una amiga me llamó para contarme que Chris había muerto.

No pude dejar de llorar. No pudimos estar tranquilos porque de allí en adelante todo se intensificó. No hubo mucho tiempo para lamentar la muerte de mi amigo. Tuvimos que ir a otra vecindad para pasar la noche y me acuerdo vívidamente de las noches siguientes, viviendo con temor, escuchando las avionetas bombardeando pueblos cercanos, los disparos constantes de las ametralladoras afuera, los pisadas de gente caminando en el techo de la casa, etcétera. Cuando por fin fue posible volver a casa, pensando que todo se había acabado, estábamos equivocados. No pudimos dormir bien por varios días con el miedo de que alguien nos fuera a matar.

Por primera vez, me di cuenta verdaderamente de cuánto la gente salvadoreña sufría por las atrocidades de la guerra y las injusticias que existían. Pero es importante aclarar que ellos estaban en una situación peor que la nuestra. Si yo me sentía en peligro, cómo vivía la gente que estaba en medio de todo por tantos años.

Aunque yo trabajaba para una escuela exclusiva, por el trabajo de mi marido podíamos ver el otro lado de la moneda, la realidad que existía para la mayor parte de los ciudadanos. Pasábamos mucho tiempo con amigos y sus compañeros de trabajo, quienes vivían en muy males condiciones. Pese a todo, los campesinos, que no tenían prácticamente nada, y los sindicalistas, que no vivían en condiciones óptimas tampoco, era gente muy trabajadora, acogedora y amable. A pesar de la incertidumbre y del peligro, siempre me parecían joviales. Y sin duda alguna, me trataban con mucho respeto y dignidad.

Mi último día en El Salvador lo pasé con amigos salvadoreños y una amiga nicaragüense; mi marido se había ido una semana antes. Era un día muy triste para mí porque de verdad no quería marcharme, pero ya habíamos tomado la decisión de volver a Washington. Después de regresar a los EE.UU. en junio de 1990, comencé mis estudios en un programa de maestría, pero no pude olvidarme de El Salvador ni de su gente. Pasé meses reviviendo los momentos extraordinarios de mi estancia en ese país. Por consiguiente, tomé la decisión de elaborar un estudio de investigación para una de mis clases universitarias sobre la mujer salvadoreña para el cual entrevisté a seis mujeres de El Salvador que vivían en el Área metropolitana de Washington D.C. para analizar las consecuencias de la guerra civil y sus vidas en los EE.UU.

Hasta hoy día me duele en el fondo de mi corazón todo lo que observé y experimenté; paso horas reflexionando sobre las atrocidades de la guerra. En tan pocas palabras no es posible contar en gran detalle todas mis experiencias viviendo y trabajando en el extranjero; pero he intentado resumir lo que sucedió durante los años que pasé en El Salvador y presentar El Salvador desde la perspectiva de una extranjera que residió allá.

Aún quedan en mi memoria con una marca indeleble todas esas imágenes (la destrucción, la gente angustiada), que evocan un sinnúmero de recuerdos sobre esos años tristes y a la vez, maravillosos. A pesar de que la guerra se terminó en 1992 con la firma del acuerdo de paz, es vital no olvidar lo que ocurrió en El Salvador para crear conciencia sobre las situaciones en que viven otros seres humanos con el posible fin de mejorarlas. Al mismo tiempo, hay que celebrar lo positivo de El Salvador, su geografía espectacular, su comida (como las pupusas) y en particular, su gente que ha soportado tanto sufrimiento, pero que no se rinde ante los obstáculos; sigue siendo alegre y optimista. Sin duda alguna, para una mujer joven, fue una experiencia inolvidable, que cambió mi vida para siempre.

 

 




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