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La impaciencia de doña Jose

Por Ricardo Enrique Murillo
September 2012
 Amanecía en el callejón que baja al arroyo cuando doña Jose encontró a don Crispín. Lo distinguió en la penumbra con la camisa a rayas y las botas descarapeladas, de militar anónimo. Notó que llevaba el pantalón azul que le remendó ayer. El sombrero de las tormentas cubría la banqueta entera. Chuequeaba. Iba hacia la plaza. Ella regresaba del molino con el balde de masa y el envoltorio de galletas para acompañar el café.
 “Es él”, se dijo “nomás el paso le quedó de charro ”.

Lo hubiera reconocido a mayor distancia aunque le fallaba la vista. Nacieron y se criaron en el mismo rancho. Fueron hasta el tercero de primaria juntos. Era su marido de medio siglo.

“¿A dónde vas tan temprano?” Le preguntó.

“Por ahí”, le respondió él.

A doña Jose no le gustó la respuesta. Le disgustó el tono tosco y cortante. Las dos palabras bastaron para que supiera que sus intenciones no eran ir a misa primera, pero no intentó disuadirlo de su propósito, cualquiera que este fuera, porque era “un hombre tan terco como su difunto padre”. Lo dejó que se fuera y cuando se habían retirado unos pasos volteó y le gritó:

“Oooye, no te tardes a almorzar”.

Don Crispín ni siquiera se molestó en mirarla. Doña Jose viró en la siguiente esquina y se fue a su casa, ubicada en la orilla del pueblo. En el camino revivió la imagen reciente y recordó que el chuequeo de su marido era exagerado. ¿Tendría un mal sueño? ¿Se acostaría del lado equivocado? ¿Iría a que lo sobaran? No lo creyó. El dolor de don Crispín era resultado de un golpe viejo, de esos que no mejoran, pero tampoco empeoran. Las víctimas de esos achaques terminan muriéndose de otra cosa, pensó.

Impaciente, dejó la masa en la cocina, fue al cuarto, esculcó la gaveta y no encontró la Smith & Wesson. Sólo vio la franela verde doblada sobre el paquete de retratos. Tampoco estaban en su lugar los tiros.

“¿A dónde iría este hombre?” Se preguntó en voz alta. De inmediato le sobrevino la imagen de don Crispín tal como lo vio en la bajada. Le llamó “viejo rencoroso” y el mayor de sus temores fue que fuera a matar a Pánfilo, el herrero, nada más porque ella fue novia de él hasta poco antes de que se casara con don Crispín. Ahora Pánfilo ya no podía montar de tan gordo y ella jamás de los jamases volvió a dedicarle un pensamiento, pero aquel noviazgo breve era algo que don Crispín no les había perdonado.

Doña Jose se mantuvo en su silencio para no exaltar gente. Prefirió ocuparse en encender la lumbre con el papel de las galletas. El humo de la leña verde le trajo el olvido. Al rato sintonizó a las Jilguerillas en el radio de transistores.

 

“Te vas por un momento,
te vas diciendo que vuelves,
que vuelves pronto
a quererme más,
te vas y yo presiento
que aquí se acaba todo,
que ya a mi vida no volverás”.

Una mezcla de nubes negras pobló el cielo que había prometido un día soleado. A don Crispín, que caminaba por una desembocadura de casas viejas, el cambio meteorológico no le importó. Más bien le favorecía, pensó. Subió por la calzada mientras los gallos lanzaban su último canto. Pisó las primeras piedras de la plaza con el pálido reflejo solar, miró el jardín tocándose el ala del sombrero con una mano y se fue directo hacia la calle Niños Héroes con la otra mano fija en la cadera. Si los policías no sospecharon nada, fue porque aún roncaban.

En la subida se encontró otras molineras. A ninguna saludó. Respondía entre dientes al saludo de los jinetes que parecían llegar de lejos, arreando remudas cargadas.

El sol invisible pintó las nubes de rojo. Sobre la mesa de doña Jose permanecía la canasta de tortillas intactas, igual que la cacerola de frijoles refritos y el molcajete de salsa roja. Al programa musical le siguieron las noticias: nada nuevo. Doña Jose fue a barrer la sala y una vez más anduvo buscando la pistola en la gaveta para asegurarse de que sus conclusiones eran exactas. El arma no estaba ahí. Pensó que podía estar debajo de la cama. Tampoco. Ni debajo de la almohada. Luego llegó la nuera con los nietos y lo primero que hizo fue preguntarle por el suegro.

“Andará por la calle”, le dijo ella “ya ves cómo es él”.

Las dos desayunaron huevos revueltos con los frijoles recalentados. Hablaron de lo bien que les había caído el buen temporal a las milpas a punto de espigar. Estuvieron de acuerdo en que este sería un buen año. Los nietos no quisieron desayunar. Prefirieron jugar con los gatos. Doña Jose les envidió la inocencia.

A medida que el sol buscaba su camino entre la nublazón, y que don Crispín no aparecía por su casa (él, que acostumbraba ir a la cocina en cuanto se levantaba), doña Jose se preocupaba más, pero trataba de ocultarlo. Mientras tanto la nuera le contaba cuanto sucedía en el barrio y doña Jose, mujer atenta y complaciente, le reafirmaba todo con un “sí”, “mira”, “muy cierto” y “ah, caray”.

Su mente estaba en otra parte. Esperaba escuchar el balazo en cualquier instante y lamentaba que la compra de la pistola, que, según don Crispín, iba a servir para proteger el hogar, fuera a usarse para matar a un cristiano. Hacía todo lo posible por escucharlo en un pueblo cada vez más saturado de motores. Rezaba. Se imaginó a don Crispín reclamándole a Pánfilo lo que dio en llamar la traición. Sabía que Pánfilo lo iba a negar más de tres veces. Tal vez, al ver el cañón que le apuntaba a la frente, iba a fingir demencia. O quizás el miedo a la muerte lo iba a obligar a pedir perdón hincado aunque (doña Jose lo había dicho mil veces) no había nada qué perdonar, porque la ofensa nunca se llevó acabo. En un hálito de desesperanza, casi vio a don Crispín, incrédulo, dispararle toda la carga al hombre sin que nadie pudiera detenerlo. Juraba que el hecho se convertiría en la noticia que de un momento a otro le iba a traer alguno de los muchos muchachos que suelen andar por las calles.

“¿Qué pasa, suegra? ¿Se siente mal?” le preguntó la nuera.

“No, no. Estoy bien”, dijo ella “sólo un poco cansada”.

De repente se escuchó un doble de hombre: tres campanadas distanciadas que fueron para ella como tres golpes. Aun así, se mantuvo firme en su silencio. De rato escuchó que un muchacho le decía a una señora en la calle que acababa de morir Pánfilo, el herrero.

“Ya lo sabía”, dijo doña Jose en voz alta.

“¿Qué sabía, suegra?”

“Lo sucedido”, dijo ella.

“¿Cómo lo supo?”

“Por una corazonada”.

En ese momento apareció por el corral don Crispín montado en un caballo esquelético del tamaño de una girafa.

“Mira, vieja” le dijo a su mujer, muy sonriente “acabo de cambiar mi pistola por este cuaco”.

En otras circunstancias doña Jose pudo haberse deshecho en reclamos, y don Crispín en defender el trato a capa y espada, pero ahora el primer impulso de la mujer fue suspirar con la mano puesta en el pecho. Se alegró de haberse equivocado, de que ya no habría pistola en casa, ni la sombra del “pobre Pánfilo”, quien había muerto de un infarto.




Revista La Voz
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