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Entrevista

"­Cometí muchos errores"

El testimonio de un deportado

Por Mariel Fiori
August 2009

La mañana del 21 de mayo de 2008 no fue un día cualquiera para Rolando de Newburgh. Ese día, aparentemente bajo pretextos engañosos, agentes de inmigración se presentaron en su casa, hablaron con María, su esposa, y cuando Rolando llegó a la puerta, se lo llevaron. Así de rápido comenzó la odisea de este mexicano de 43 años sin documentos legales, que estuvo 9 meses encarcelado en 9 centros de detención en la frontera sur del país. De cómo y por qué llegó a esta situación tan temida va esta entrevista.

Rolando (seudónimo usado para preservar su identidad) llegó de Guerrero a la ciudad de Chicago en 1987, ocho meses después se le unió su esposa y su hijo mayor. Más adelante nacieron otros tres hijos. En 2004 la familia se trasladó a Newburgh, donde compraron una casa y trabajan por cuenta propia en la compra y venta de joyas. Pero lo que en apariencia se ve tranquilo, esconde un mar de turbulencias que empezaron cuando Rolando pisó los Estados Unidos.


MF: ¿Cuáles fueron sus problemas al llegar?
Rolando: Pasaron cosas que uno no se imagina, poco a poco uno se va metiendo en problemas por no tener información sobre la ley. Bueno, aquí hay toda la información pero uno no la busca, no la quiere aceptar porque no le interesa. Como mexicano que soy y no generalizo, venimos a este país a dos cosas, una es a prosperar, y la otra es a destruirse a uno mismo. Aquí hay muchas oportunidades, pero cuando uno llega se va relacionando con gente que está aquí ya de años, y esas personas están en el alcoholismo. Lo primero que hacen es invitarte a un trago de “bienvenida”. No les echo la culpa a ellos porque nadie es culpable de nada más que uno mismo. Cometí muchos errores.


MF: ¿En Chicago?
R: Sí. Fui cayendo en tickets de carros, problemas de estar bebido cuando estaba manejando. También me metí en problemas con personas que me junté que me decían "Vamos a hacer esto a las tiendas”, y yo sin ser culpable, me agarraban a mí también y ya por tener mi trabajo y mi familia decía, por no seguir yendo a cortes y cortes, “Bueno ya fui a cinco o seis cortes y no ha pasado nada”. Los defensores públicos te dicen que te declares culpable y listo, pero nunca te explican que hacer eso te puede dañar en el futuro.

MF: ¿Y qué pasó después?
R: Mi esposa siempre ha luchado por tener una familia más unida. Pero cuando uno anda en el alcoholismo uno siempre está contradiciéndose con la persona que le está tratando de decir algo bueno, uno no quiere aceptar que están tratando de ayudarte. Ella luchó muchísimo. Entonces me metí en más problemas, hasta de infidelidad. Mi esposa me había aguantado mucho, hasta que tomó la decisión y me dijo: “Ya no puedo”,  se separó de mí y se vino para Nueva York porque tenía familiares aquí. Vino con los niños y como me sentía culpable, lo acepté. Me quedé muy mal. Seguí trabajando y con los vicios. La soledad es mala. Me preguntaba '¿Qué estás haciendo? ¿Cuál es el propósito tuyo?’ Empecé a entenderme a mi mismo y a tratar de luchar por lo poco que había, porque con todos los vicios que tenía gasté mucho dinero. Me quedé sin nada más que deudas. Mis hijos me preguntaban: “¿Papi cuando vienes?”. Me di cuenta que quería volver con mi familia y del daño que había hecho. Vine a Nueva York y decidí cambiar, me compuse, dejé los vicios, dejé todo, y me dediqué a trabajar. Y gracias a Dios salimos otra vez adelante. Todo iba bien hasta que caí en la cerveza otra vez y fui a parar a la corte por un accidente con mi coche.  

MF: Otra vez conflictos con la ley…
R: Me presenté a la corte y me dieron cuarentas horas de servicio comunitario. Pero algo importante es que yo ignoraba lo que era un “misdemeanor”, un delito menor. Mi representante no me dijo que era eso y yo no pregunté y me fui. Hice las horas de servicio, pagué lo que tenía que pagar y cerraron el caso. Cuando estaba en ese programa conocí a una amistad. Un día vino mi esposa y me dijo, mira la tía del muchacho ese dice que tengas cuidado porque a su sobrino se lo llevaron. Pensé que yo estaba bien porque el muchacho trabajaba en un lugar donde tenía un registro. Yo no trabajo para nadie, pero nunca me imaginé que mi legajo estaba con la policía. A la semana siguiente llegan a mi casa y me llevan.

MF: ¿Qué pasó ese día?
R: Como a la seis y media la policía toca la puerta. Le preguntan a mi esposa si yo estoy. Me dicen te venimos a ver porque un carro tuyo estuvo en un accidente y necesitamos verificar sí es verdad. Le digo permítame lavarme, me cambio y voy. Tienes que apurarte. Cuando salgo me dicen, la verdad es que somos del Departamento de Inmigración. Me hicieron muchas preguntas hasta que pedí tener un representante y entonces me llevaron a mí y a otros hispanos en una camioneta. Cuando estamos en Manhattan pregunto si puedo llamar a mi esposa, dicen, sí, tienes el derecho de una llamada. Pregunté dónde iba, pero me respondieron que eso es información del gobierno y no me pueden decir a dónde me van a llevar ni nada. Resulta que estuve ahí hasta más de las 2 de la mañana. Como a las cuatro o cinco de la tarde me mandaron para Pennsylvania. Cada proceso toma horas. Llegas a un lugar y te detienen dos, tres, cuatros horas para procesarte, toman la información, te ponen un uniforme y te meten a donde vas a estar por dos horas u ocho días, nada sabes. Todo son horas de desesperación. La tensión que hay no es sólo tuya, sino del grupo que está ahí. La tensión ya no te deja dormir, y estás pensado en la familia. Te llevan con cadenas. 

MF: ¿Pero tenía un abogado ya?
R: Para la primera corte ya tenía. Y la abogada me empezó a decir los problemas, de alcoholismo, de declararme culpable, mi historia de problemas, pero que tenía posibilidades. Uno confía. La primera corte sí se presentó, la segunda corte no, la tercera corte le dijo a mi esposa que era difícil, que yo tenía siete DWIs de alcoholismo y todo eso era mentira, sólo tenía dos, que la mejor opción era la deportación, pero ya le empezaba a sacar dinero a mi esposa. Creo que ella ya había cobrado lo que creía que era correcto cuando empezó a decirnos lo contrario. Nos ilusionó a todos. 

MF: ¿Consiguió otro abogado entonces?
R: Consulté con varios, pero me decían que era muy difícil. Encontramos una señora de Poughkeepsie, que tenía una tienda de helados y pasteles. Estaba en contacto con mi esposa y siempre decía que me podía ayudar, que era abogada licenciada, que había estado en la Casa Blanca, puras historias. Entonces dijo la abogada mía que iban a deportarme, y en ese momento resulta que esa señora me iba a ayudar, que era capaz de ir a representarme. Yo no la conocía muy bien pero hablaba español. Le pagamos mucho dinero. Confiábamos que nos estaba ayudado. Me dijo: dile al juez que soy un familiar tuyo que te va a representar. La siguiente audiencia le dije al juez que ya no iba a necesitar el servicio de Carol porque no podíamos hablar en español. Le conté mi historia al juez, y él me dijo “toda la versión que me estás diciendo es diferente a la versión que tu abogada ha dado. Pero si me demuestras que todo lo que dices es verdad, podríamos tratar de convencer al oficial federal”. Yo quería luchar por algo para mí y mis hijos. 

MF: ¿Esto fue en noviembre?
R: Sí. Vino diciembre y la señora hispana me “representó”, pero ella no presentaba nada y siempre llegaba tarde. Entonces para la tercera corte me llegó una carta: “Señor, si usted tiene una posibilidad de ganar este caso, necesita un representante legal sobre temas de inmigración”. ¡Entonces la que tengo que es! Llegué a la última corte y con tranquilidad pedí un intérprete y le dije al juez: “Veo que aquí no hay nada, es muy triste saber que estando frente a un juez hay una persona que no me está representando, que no es abogado y lo único que nos está haciendo es una trampa, ilusionando a mi familia, a mis hijos, a mi esposa y a mí. Perder el tiempo, perder todo para nada. Discúlpeme, solicito la deportación voluntaria”. El juez dijo: “Ok, le voy a dar la deportación con esta condición: no tiene ningún derecho de recurrir a su caso, todo está perdido”. Yo ya tenía una depresión grandísima. 

MF: ¿La demandaron a la señora?
R: No. Sé que alguien tiene que pararla, pero yo no puedo meterme en problemas legales. En realidad porque es muy duro para mí. Ahora comprendo el valor de la familia y tengo un problema muy grande. No tengo tranquilidad, porque en cada momento pienso que algo malo va a pasar. El temor más grande mío es que me separen de mi esposa y mis hijos otra vez.


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