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Cuento

Ella no lo puede decir
 

Un cuento por entregas, parte 3 de 5

Por Maria Eugenia Cabrera
February 2018

Este cuento está narrado desde el punto de vista de una niña de 8 años, Salina, que vive en un pueblito escondido de Sudamérica. ¿Cómo vive una niña la violencia familiar?
 
Ella comienza a preparar su uniforme, luego prepara la cena, sólo sabe cocinar arroz y frijoles. Aún es temprano y la cena ya está lista. Mientras tanto va a su dormitorio para terminar su tarea, y ordenar su dormitorio. Para entonces son las 6:00 pm, hora de cenar, llama a su hermano. Él también ha terminado su tarea. Después que él termina de cenar, Salina pide que le ayude a limpiar la cocina y él le responde: “Es trabajo de niñas”. Con el ceño fruncido, Geo limpia la mesa y barre el piso de cemento. Salina lava los platos y le pide a Geo que también ordene su dormitorio.

Una hora después, Salina no puede creerlo: es hora de que su madre regrese a casa. Después de las 5:00 pm, autobuses azules pasan a cada hora a dos cuadras de su casa. Estos autobuses son un medio de transporte para la gente que trabaja en la ciudad. Los profesionales o dueños de negocios tienen su propio transporte. El padre de Salina tiene una camioneta usada y tiene un pequeño negocio de estuquería. De vez en cuando lleva a Salina y a Geo a la escuela. Además, es responsable de dejar y recoger a los hermanos menores de Salina de la casa de la Madrina. Siempre se queja de que Davina es demasiado miedosa para aprender a conducir un auto. Cae la noche y Salina espera que las cosas sean mejores que esta tarde. Su rostro se ilumina cuando ve entrar a Davina al comedor. Se da cuenta de que en el lado izquierdo de la cabeza su madre lleva un vendaje, debajo del sombrero azul. Entonces Geo, sorprendido, la mira y le dice: “Buenas tardes mamá, ¿qué le pasó en la cabeza?” Davina dice “Hola hijo”, con una mirada desconcertante le cuenta lo que ha sucedido. Geo reacciona furioso: “¡Mamá, cuando crezca voy a pegarle a esta señora!”

Davina dice: “Ya pasó, este problema lo resolveré con tu padre. Ustedes dos: tómense una ducha, pónganse sus pijamas, cepíllense los dientes y vayan a dormir. Tendrán que madrugar para ir a la escuela mañana, que descansen niños”.

Salina está contenta, pero sigue preocupada de que su padre tenga una amante y sabe que si vuelve ebrio a casa golpeará a su madre. Apaga las luces y finge dormirse, nadie se da cuenta de que está vigilante hasta que su padre entre al garaje en su camioneta. De repente, oye a Oso ladrar fuera, anunciando que su padre está por llegar. Al cabo de unos minutos, el padre de Salina entra al garage. Salina escucha y se da cuenta de que está sobrio. Una vez más, un alivio para Salina porque no golpeará a Davina esta noche. Quiere seguir escuchando, pero su dormitorio es el más alejado de la cocina, apenas oye sus voces. Se levanta, se pone un suéter y camina hacia el dormitorio de Geo quien está despierto y quiere ir a la cocina también. Descalzos, se dirigen a la cocina y ven a su madre y su padre muy enfurecidos gritándose el uno al otro. Con rostros tristes ven a sus padres y se aguantan las ganas llorar ya que llorar significa debilidad para sus padres. Entonces Davina pregunta: “¿No se supone que ustedes están durmiendo?”

Ambos en un profundo silencio regresan a sus camas, más tarde sus padres dejan de discutir. Antes de dormir, Salina se arrodilla junto a su silla y reza: “Dios mío, quiero que me escuches. Mi padre golpea a mi madre. Sólo quiero que se divorcien. Gracias Dios”

Martes, otro día escolar para Salina, se despierta temprano. El desayuno está listo, sus padres están sentados en silencio en la mesa. Salina sólo quiere ir a la escuela. Como siempre, Geo sale de casa antes que ella, tal vez para unirse a su grupo. Davina cree que madruga para practicar fútbol cada mañana. Algo útil que hacen los Nueve machines es ayudar a los maestros a borrar las pizarras y comprarles el café.

Salina camina para encontrarse con Resina, hoy la está esperando delante de su casa. Su rostro se pinta de alegría ya que tiene con quien hablar y no pensar en los problemas en casa.
―¡Hola Resina!
―Hola Salina, dibujé un guacamayo.
―¡Dios mío, mira estas plumas coloridas! ¿puedo tenerlo?
―Por supuesto, Salina.
―¡Gracias, Resina!
―¿Puedo caminar contigo después de la escuela?
―Sí, pero primero voy a jugar al juego del Águila.
―¿Con chicas o chicos?
―Con niños y niñas.
―¿Qué dirían los Nueve machines?
―¡De ninguna manera! ¿Existen esos?
―No lo sé.
―Oí que a ellos no les caes bien.
―Sí, pero no se atreverían a golpearme. Una de sus reglas es no golpear a las muchachas.
―¿Puedo unirme a tu juego del Águila?
―Sí, Salina.

Después de la escuela, Salina carga su mochila café y corre para encontrarse con su prima quien la espera delante de su salón de clase. Allí está Roberto, el amigo esbelto de Resina. Él la llama "zorra" porque Resina no es dócil como la mayoría de las chicas. Otros cinco niños comienzan a reunirse en un terreno cubierto de trébol de un color verde luminoso. Resina dicta las reglas del juego, toma su diadema blanca y  la pone en el cuello de Roberto. Él tiene puesto un sombrero negro con plumaje, que de seguro tomó de su madre. Por lo visto, Roberto es el Águila que cazará a los polluelos de Resina quien imita a la gallina. El juego empieza, Resina protege a sus pollitos detrás de ella agarrados a la cintura del otro.

Salina oscila de derecha a izquierda detrás de Resina, cuando Roberto intenta alcanzarla se ríe tanto hasta dolerle el abdomen. Los demás niños gritan y se ríen también, tratando de no soltarse de la cintura o el cinturón del otro; de lo contrario, Roberto los llevara. El niño más pequeño se suelta y se cae, el resto lo atropella. El niño llora a gritos ¡ay, ay!

Entonces el juego se termina y las primas caminan juntas a casa. Salina ve el cabello revuelto de Resina
―¡Ja, ja, tu cabello!
―¿Qué? ¡Mi pelo! Roberto se llevó mi diadema para su madre, me haré una trenza francesa.

Salina respira profundo mientras desea poder desobedecer a Davina y contarle a Resina lo que está pasando con sus padres, pero se acobarda. En su lugar, dice: “Aquí está mi diadema, puedes tenerla”.
“¡Gracias Salina!” Resina no se da cuenta de que Salina esconde un gran secreto. Cuando Resina llega a su casa, dice “Bye Salina”. Salina con una mirada triste le pregunta: “¿Puedes venir de vez cuando a jugar con mi muñeca, podemos hacerle vestiditos?”, “De acuerdo, traeré a mi muñeca y jugaremos juntas, chau”.

Salina llega a casa, Davina está de pie en la puerta de la cocina esperando a que sus hijos regresen de la escuela. Ahí están de vuelta el llorón de dos años y el bullicioso de cuatro años, los hermanos más pequeños de Salina que habían estado en casa de la madrina por las últimas cuatro semanas, lejos de casa en Trébol. Salina ve sus caritas sonrientes, al verla corren hacia la puerta de la cocina para colgarse de sus piernas. A Salina no le complace mucho.

Ella aún recuerda con nitidez ese momento escalofriante: Davina estaba sirviendo la cena cuando su esposo llegó ebrio, gritando “¿tienes comida para mí?” Davina de pie al horno con un plato una cuchara de madera en sus manos respondió: “¡estás en casa! ¿acaso esa no se presentó?” Entonces él muy veloz caminó hacia Davina, la agarró del cabello y le dijo “¡Repite lo que acabas de decir!” Davina sin vacilación lo repitió. Eso lo enfureció más, sosteniendo su cabello empezó a golpearla y patearla en su pecho y vientre. Ella no se defendía sólo cubría su rostro con sus brazos. De repente empezó a sangrar por debajo de sus piernas como si estuviera dando un alumbramiento hasta que se desmayó.

Salina y sus hermanos desesperados lloraban a chillidos. “¡Mamá, mamá!, papá ya no más por favor!” Davina estaba tirada en el piso. Salina acariciando su rostro trataba de revivirla: “Mamá despierta”. Geo y los hermanitos arrodillados hacían lo mismo. Su padre de pronto reaccionó y dijo “lo siento mucho”, y llevó a Davina a un centro de salud donde tuvo un aborto. Después de ese día su padre encargó a los dos pequeños en la casa de la Madrina.

Es fin de semana y Salina comienza a sentir tensión entre sus padres otra vez. Sin esperarlo, ve a Davina en silencio sollozando mientras alimenta a las gallinas, en cuanto ve a Salina rápidamente seca sus lágrimas con un pañuelo y le dice: “¿Podrías quedarte con tus hermanos esta tarde?”
“Sí mamá”.
 Davina preocupada ve la hora en el reloj y se apresura para salir. Salina mientras hace las camas de sus hermanos, se pregunta que a dónde irá su madre con tanta prisa.
 
[CONTINUARÁ…]

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