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Vida saludable

La enfermiza historia de la comida

Y el surgimiento de un movimiento que demanda comida verdadera en sus platos

Por Antonio Flores-Lobos
March 2015


Así como dice el refrán que “no todo lo que brilla, es oro”, algunos expertos en alimentación han comenzado a informarnos que no todo lo que sabe, huele y se ve como comida, es en realidad, comida. Argumentando que gran parte de los alimentos han sido alterados para verse más atractivos, durar más tiempo, y sobre todo, crear más ganancias, los escépticos ya no confían en el rojo de la carne, ni en lo verde de las lechugas, mucho menos en lo morado de los chiles, o en las amarillas sandias sin semillas.

La verdad es que en los Estados Unidos de América el dinero y la avaricia se han infiltrado en la producción industrial de alimentos, lo cual afecta a todos y a cada uno de nosotros, porque una o tres veces al día ¡tenemos que comer!

Claro está que a toda historia se la puede ver desde varios lados, y la de la comida modificada genéticamente (OMG) no es la exepción. Hay quienes apuestan por los transgénicos, y hablan maravillas de la tecnología, aduciendo que de esa manera se puede producir comida más barata para acabar con el hambre en el mundo de una buena vez.

Recientemente me topé con un video en internet que me dejó con la boca abierta.  No se trataba de dramáticas imágenes saturadas de adrenalina, sino que era la presentación de una mujer en una tarima, con fondo oscuro. Era una charla de Robyn O’Brien, una mujer trabajadora que entró en pánico una mañana, mientras daba a sus hijos de comer unos huevos revueltos y panqueques con yogur.

Lo que sucedió esa mañana, y que sucede en muchos hogares, aunque desapercibido, es que la madre, sin saberlo, estaba envenenando a sus hijos. Es decir, los cuerpecitos de sus cuatro hijos tenían reacciones alérgicas a los alimentos que ingerían.

La madre, quién comentaba que en su niñez jamás había visto a un niño enfermarse con comida, comenzó a investigar, y llegó a la conclusión de que los alimentos que en gran parte se venden en los Estados Unidos han sido alterados genéticamente,  y no necesariamente para mejorar la salud de los consumidores, sino para agrandar las arcas de las corporaciones que los producen, sembrando en el trayecto enfermedades, contaminación ambiental y muerte.

Conforme fue investigando, la señora O’Brien se sorprendió al encontrar un rápido aumento en alergias, autismo, asma y síndrome de déficit de atención en niños. Sus palabras alarmaban sobre el incremento en un 265 porciento de hospitalizaciones por reacciones alérgicas a la comida entre 1997 y 2002.

¿Por qué tantas alergias?    

Según estima el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) uno de cada seis estadounidenses, es decir 48 millones de nosotros nos enfermamos (o nos envenenamos) debido a la comida que consumimos. El CDC, la maxima autoridad en cuanto a prevenir y controlar enfermedades en el país, estima también que de ese número, 128 mil terminan en el hospital, y tres mil mueren anualmente. 

Una alergia a la comida sucede cuando el cuerpo reacciona ante algunas comidas como algo extraño y lanza una respuesta defensiva, inflamándose para expulsar al invasor, en este caso, los transgénicos, que el cuerpo no reconoce como alimento.

Desde el punto de vista económico tiene sentido. Un agricultor, cuyos sembradios de tomate son desvastados anualmente por plagas, compra una semilla de tomate genéticamente modificada, a la cual se le ha inyectado en sus genes un pesticida que repele insectos. Así, el agricultor obtiene sus cosechas sin gastar en insecticidas, los creadores de la semilla cobran por la patente, y el consumidor compra el tomate por menos. Aparentemente, todos ganan. El problema, según los críticos, es que no se han hecho suficientes estudios para determiner los efectos que estas modificaciones tienen en el cuerpo humano.

El tomate es sólo uno de tantos alimentos cuyos genes han sido alterados. En el caso de la alergia que afectó a los hijos de O’Brien, estos se encuentran en la leche del yogur, las harinas de los panqueques y los huevos de las gallinas.

Robyn notó que en la década de 1990 se comenzó a inyectar a las vacas con la hormona de crecimiento bovino (rBGH) sin dar a conocer los efectos que estos químicos tendrían en los humanos. Y mientras la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) y el Servicio de Inspecciónes y Seguridad en los Alimentos, cuya tarea es vigilar la calidad de los alimentos y medicinas que consumimos, hacían la vista gorda, la CNN y el Wall Street Journal informaban sobre el incremento en la producción de leche, pero también sobre el aumento de alergias a la leche, una de las más comunes en los Estados Unidos.

Durante ese tiempo, O’Brien encontró que había aumentado el cáncer de mama entre las mujeres, y el de próstata entre los hombres. Estados Unidos, el país que más gasta en medicina en el mundo, se había convertido en el país con más cáncer per cápita del planeta. Según sus cifras, en este país, uno de cada dos hombres, y una de cada tres mujeres terminarán sufriendo de la incurable enfermedad del cáncer, la misma que es ya el asesino número uno entre los niños menores de 15 años.

No por nada, países industrializados han optado por no importar alimentos genéticamente modificados, o por prohibir la producción de éstos en sus territorios. 

En Estados Unidos, en donde cabilderos y ejecutivos de la industria privada son empleados por el gobierno para “vigilar” las mismas compañías de las que provienen, ni siquiera se requiere que los envoltorios identifiquen si los ingredientes de la comida han sido genéticamente modificados. Así por ejemplo, el Presidente Obama nombró como consejero en la FDA al vicepresidente y cabildero de la multinacional de la comida Monsanto, Michael Taylor, el mismo que fue encargado de promover a la ahora infame rBGH. La Monsanto es acusada en el mundo de modificar los genes de los alimentos y de controlar patentes, de llevar a la quiebra a miles de pequeños agricultores y de contaminar el medio ambiente.

¿Quién dijo que todo está perdido?

La realidad es que millones de personas han comenzado a ofrecer su corazón para cambiar lo que muchos pensaban que estaba ya perdido, a través comida orgánica, granjas locales, huertas comunitarias, y un deseo por demandar de sus gobernantes información sobre la comida que dan a sus familias. 

Y aunque el día anterior a las celebraciones del Día de San Valentín el Departamento de Agricultura aprobó la plantación y venta de manzanas genéticamente modificadas  (para que no se pongan marrones después de cortarlas), por el mundo ha aparecido un movimento que dice no a la comida chatarra, y no a los alimentos Frankenstein.

Hay quienes se quejan de lo caro que es comprar comidas orgánicas, pero lo que no saben es que todo compensa, puesto que expertos revelan que una dieta más orgánica equivale a menos visitas con el doctor. No por nada la cadena de más de 400 supermercados Whole Foods, especializada en alimentos orgánicos, reportó  un incremento del 10 porciento en sus ganancias de 4,7 billones de dólares el último semestre.

Por el país algunas ciudades y estados liberales han comenzado a legislar en contra de los OMG. La asamblea estatal de Nueva York votó en febrero a favor de una propuesta para ayudar a los pequeños agricultores a defenderse de las multinacionales de las semillas modificadas.

En el Valle del Hudson hay ya varias poblaciones que ofrecen parcelas en huertas comunitarias para cultivar sus propios vegetales, de mayo a septiembre con rentas de un lote por unos 20 dólares por temporada. Puede ir informándose aquí http://www.kingstonymcafarmproject.org/ o aquí http://www.glynwood.org/publications-multimedia/hudson-valley-farm-maps/ y http://www.hvga.org/

Recientemente, en la Universidad Bard, la organización Real Food Challenge, organizó un retiro al que asistieron más de 50 estudiantes de más de 20 instituciones para buscar estrategias a nivel regional sobre cómo hacer accesibles a sus escuelas y poblaciones comida verdadera, es decir, comida no alterada, la cual ellos definen, como: local (que no venga de lejos), justa (que los trabajadores sean tratados justamente), ecológica (que la tierra no sea dañada) y humana (que no haya maltrato a los animales).

En septiembre pasado, según comentaba Corinna Bordena, promotora de la sustentabilidad de la comida en Bard, el 20 por ciento de los alimentos consumidos en la cafeteria de la universidad, fueron cultivados por los mismos estudiantes en la huerta de 1,25 acres que ha dedicado la universidad para la agricultura. Esto es ya una moda que se expande por diferentes centros académicos.

O’Brien, hoy autora del libro The Unhealthy Truth and How our Food is Making us Sick, sigue con sus charlas, informando sobre lo enfermizo de algunas comidas, y alentando a no esperar a que el gobierno, ya infiltrado por las multinacionales, actúe en su favor, o que los legisladores pasen leyes para proteger la cadena alimenticia. Robyn recuerda que todo empieza por uno mismo, desde leeer los ingredientes de las comidas en el supermercado, hasta sembrar sus verduras y pasar la voz a los demás, cuyos paladares han comenzado a olvidar el sabor de un buen tomate orgánico, pero cuyos cuerpos reaccionan alérgicamente a las toxinas que las multinacionales, que en su afán de ganancias, quieren seguir poniéndoles en la mesa.

Para más sobre el tema, ver la presentación de Robyn O’Brien: https://www.youtube.com/watch?v=rixyrCNVVGA, y sobre la presencia de Monsanto en Sudamérica:  https://www.youtube.com/watch?v=OG0CBMDf3tc



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