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Debate

¿El derecho a trabajar de los niños?

Por Tracey Holland
June 2012
 El mundo de la investigación ha intentado evaluar y remediar el trabajo infantil en el mundo, particularmente cuando la salud física y el desarrollo mental del niño están en peligro. En los países en desarrollo, donde se encuentra la mayor parte del trabajo infantil, se puede encontrar a niños, de hasta tres años de edad trabajando para contribuir con el ingreso familiar. Los expertos distinguen entre dos tipos de trabajo infantil: uno que pone tantas presiones físicas y mentales en el niño que afectan su desarrollo físico y emocional, y otro es el trabajo a medio tiempo o que demanden menor esfuerzo físico, pero ¿hasta qué punto este tipo de trabajo también provoca consecuencias desfavorables?

El debate es que, según algunos, para los niños trabajar a medio tiempo o en trabajos con menor exigencia física es educativo hasta cierto punto. Porque en muchos países la calidad educativa es pobre no sorprende que un investigador concluya que durante las horas de trabajo se adquieren habilidades que serán útiles en la búsqueda de un empleo bien remunerado. ¿Qué aprende un niño de su trabajo? Se preguntan muchos investigadores.

El filósofo, psicólogo y reformador de la educación, John Dewey en “Cómo pensamos(How we think) ofrece algunos puntos de vista interesantes: “El trabajo significa una actividad dirigida que el pensamiento plantea ante una persona como algo a ser realizado: lo que significa ingenio e inventiva para la selección de los medios correctos y la planeación, por último. Significa que las ideas y expectativas se ponen a prueba en busca de resultados reales”.

Dewey también marca una diferencia entre el trabajo “educativo” y el que no tiene ninguna contribución educativa o es incluso peligroso. Dewey dice que “el mal trabajo infantil” pone en riesgo no sólo la salud mental sino también la integridad física del niño. Considera que el “trabajo contratado” es un tipo de trabajo designado únicamente para adultos, en su intento de cumplir con sus responsabilidades financieras. Dewey diría que cualquier tipo de trabajo que tiene como motivo una obligación financiera no es educativo, porque intrínsecamente limita la libertad y por lo tanto el pensamiento reflexivo.

El valor educativo del trabajo

Pero muchas investigaciones sugieren que los niños en realidad aprenden mucho de trabajar en las calles. Geoffrey Saxe, por ejemplo, en los vendedores de caramelos no escolarizados de Brasil, halló que por medio de problemas prácticos los niños trabajadores desarrollaron más habilidad matemática que los niños escolarizados. “Para vender caramelos tienen que realizar cuatro tareas. Durante la fase de compra, los vendedores tienen que comprar al por mayor una o más cajas de caramelos variados. En la fase de pre-venta, los vendedores tienen que ponerle precio de venta a los caramelos, una tarea en la que tienen que tomar el precio al por mayor de la caja y encontrar el precio de cada unidad para luego calcular el precio de venta al por menor. En la fase de venta, los niños deben intercambiar los caramelos por dinero con los consumidores. En la fase de pre-compra, los vendedores deben preparar el presupuesto para la compra de una nueva caja de caramelos, una tarea que incluye estimar qué tipo de caramelos son los que presentan mayor demanda y coordinar esas consideraciones con los diferentes precios en diferentes tiendas de venta al por mayor”, explica Saxe.

Estos vendedores de caramelos adquieren habilidades matemáticas a través de su experiencia vendiendo en las calles. Pero ¿se puede considerar educativo a este tipo de trabajo desde la perspectiva de Dewey? Para empezar hay una diferencia entre lo que Saxe presenta: un aprendizaje ‘accidental’ alcanzado gracias al trabajo en las calles, y las ‘actividades laborales’ que Dewey observó dentro de un ambiente educativo estructurado. Pero la noción de Saxe de que exista un enlace directo entre convertirse en una persona educada e involucrarse directamente en la práctica de una actividad laboral, concuerda con la teoría de Dewey.

Para Dewey la conexión entre trabajo y educación es que el trabajo es una actividad natural y por lo tanto tiene valor inherente. Dewey creía que las habilidades técnicas y el conocimiento se desarrollaron como respuesta inevitable a los problemas fundamentales que han surgido a lo largo de la historia de la humanidad. Por ejemplo, la anatomía y la fisiología surgieron de la necesidad práctica de mantener una buena salud, y la geometría nació de la necesidad de medir la tierra. Y como estos problemas fueron solucionados por medio del método científico, Dewey considera que este método debe ser inculcado en los niños. Las ocupaciones básicas deben constituir la base del plan de estudios. Al participar en esas ‘ocupaciones’ el niño podrá aprender acerca de los temas relacionados y cómo el conocimiento básico ha evolucionado a lo largo del tiempo.

Con respecto al trabajo en sí mismo, Dewey clarifica que algunos tipos de trabajo son educativos y otros no. La diferencia es que los trabajos educativos ofrecen una oportunidad para el pensamiento reflexivo, la imaginación, y la solución de problemas, en comparación con aquellos trabajos que son mecánicos, automáticos, o que siguen instrucciones palabra por palabra. Para Dewey, el trabajo se convierte en una actividad educativa en proporción al grado de libertad y participación coaccionada que ofrece.

Un trabajo educativo, desde la perspectiva de Dewey, es una actividad que se parece al juego, porque cuando jugamos el interés está en la actividad misma. Sin embargo, en el trabajo del mundo real lo que importa es el producto terminado. La rutina del trabajo no garantiza que “las expectativas e ideas sean puestas a prueba por los resultados”, en síntesis, “cuando el pensar está sujeto al cumplimiento del fin, la libertad es limitada”, escribe Dewey.

Aprendizaje como proceso

Incluso después de este análisis del pensamiento de Dewey, sigue siendo difícil decidir cómo categorizaría Dewey el valor educativo del trabajo en la calle. Especialmente cuando se trata de la descripción de Saxe de los vendedores de caramelos. ¿Los niños sienten que su trabajo es una rutina o en realidad están participando activamente en el?

Dewey explica que el trabajo, en el sentido de una acción inteligente, es altamente educativo, porque construye un medio al mismo tiempo que lo prueba aplicándolo a las condiciones actuales. Estos medios no serán formados en ausencia de interés real por parte del trabajador. Para Dewey, lo importante es el proceso y la construcción de medios como resultado del proceso pero no el producto en sí.

¿Los medios Deweyanos, medios que una persona acumula a los largo de las experiencias de su vida, se pueden extender a áreas desconocidas? Mi experiencia personal con estos niños revela que si una situación relacionada con el trabajo cambia, y es necesaria una nueva habilidad matemática, muchos no podrían hacerlo. Los niños tendrían que empezar el segundo problema desde cero, yendo y viniendo entre conceptos concretos (contar o mover objetos) y abstractos. Entonces, los niños de la investigación de Saxe considerarían su trabajo rutinario y por lo tanto no educativo.

Una actividad es rutina o utilitaria si fracasa en presentar al trabajador con un nuevo contexto que requiera la solución de problemas, pensamiento crítico o imaginación. El trabajo rutinario carece del elemento experimental y por lo tanto falla en provocar un comportamiento indagador o de búsqueda. Sobre todo, limita a pensar en lo que es conocido como habitual. En mi opinión tienen que existir cuatro condiciones para que el trabajo sea verdaderamente educativo: 1) Novedad, 2) Estructura, 3) Continuidad, y 4) Libertad. Los niños de la calle de Saxe tienen dos de los elementos: estructura y continuidad. Lo que les hace falta en materia de educación es novedad y libertad, y sobre todo la guía de un adulto.

Sin embargo, Dewey nos pide estar abiertos a la posibilidad de que lo que un adulto cree útil pueda ser diferente a lo que un niño necesita. Debemos analizar las actividades de los niños, no como un adulto, sino por medio de los ojos de los niños. Y este es el punto más importante: es la actitud hacia el trabajo, y no el trabajo en sí, lo que determina si el trabajo lleva o no al aprendizaje. Pero es difícil saber a ciencia cierta qué actitud tiene un niño hacia su trabajo, o cuánto pensamiento creativo o imaginación usa para resolver problemas.

Dewey nos deja una puerta entreabierta para creer que algunos tipos de trabajo en la calle son significativos para el niño y por ende son educativos. También nota que el trabajo tiende a convertirse en un hábito y en un hábito mental en comparación con un rendimiento superficial o mecánico.

En conclusión, queda claro que tratar de negar el derecho de los niños a trabajar es confiscar tanto sus ingresos, pensamiento habitual, como los medios y significados que ellos han construido para sus vidas.

 

*Tracey Holland es Profesora en Vassar College, [email protected]

*Traducción de Katherine Del Salto



 

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