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Entrevista

Una nueva oportunidad para Carlos Rosado

Ex convicto recibe título universitario

Por Mariel Fiori
July 2010

“No puedo dormir estos días” fue casi lo primero que Carlos Rosado me dijo una semana después de haber conseguido su título de licenciado en estudios ambientales por Bard College. Pero esta no fue la única razón por la falta de sueño. Este puertorriqueño de 35 años y padre de tres hijos acababa de salir en libertad después de haber estado preso por doce años en la cárcel de mediana seguridad de Woodbourne. Y lógicamente, el entusiasmo y la felicidad por reencontrarse con sus familiares y amigos lejanos, por poder comer el pescado al escabeche de su abuela, la lasaña de su mamá, y no la comida prefabricada de la cárcel, o escribir correos electrónicos desde las cinco de la mañana, todos vienen sumando a su estado de insomnio.

Tal vez algunos lectores recuerden que escucharon ya hablar de Carlos en el número de noviembre de 2009 de La Voz (y sobre la posibilidad de estudiar en la cárcel en la revista de agosto de 2007). Carlos ha sido el organizador de la huerta comunitaria en la prisión, a la que llamaron BGI, que con la ayuda de otros 30 presos voluntarios intenta sembrar conciencia sobre la autosuficiencia y la compasión, donando la mitad de lo producido a un comedor comunitario del condado de Sullivan y alimentando a la población carcelaria de 800 hombres de Woodbourne Correctional Facility con los únicos alimentos frescos que comen.

Mariel Fiori: ¿Cómo era su vida en la cárcel antes de decidirse a estudiar?

Carlos Rosado: Cuando entré a la cárcel era un chamaco muy rebelde, peleaba mucho y había muchas gangas en la cárcel, peleas y racismo, entre la raza negra y blanca, entre la raza hispana, los mexicanos con los boricuas, los cubanos con los boricuas, los ecuatorianos con los mexicanos, un revolú. Yo acabé en una cárcel malísima, el correccional de Attica, al este de Buffalo. El ambiente de esa cárcel es negativo, todo el mundo está siempre de mal humor, peleando siempre. Yo estuve en una pelea muy mala y decidí que quería cambiar mi vida porque o iba a morir en la cárcel o iba a matar a alguien allí, no quería hacer eso porque no me criaron de esa manera, a ser violento.

MF: ¿Qué fue lo que hizo entonces?

CR: Me puse a estudiar mi GED y escribí a la consejera preguntando cómo me podía transferir más cerca de Nueva York para estar más cerca de mi familia, ya que Attica está como a once horas de la ciudad de Nueva York, y mi familia me visitaba muy poco porque les era muy caro tener que quedarse en un hotel. Cuando saqué mi GED me transfirieron a Eastern. En Eastern todavía no existía BPI y me puse a estudiar teología, porque había un certificado de 33 créditos que daba el Boricua College. Ya estaba seis meses en el programa cuando llegó Max Kennen [Director de BPI, ver recuadro] a hacer un programa de poesía. Nos preguntaron si queríamos estudiar en Bard College, le dijimos que sí, hablamos, y como tres meses después volvió y en 2001 hicimos un curso de Clemente, que eran seis créditos, con clases de poesía de Walt Whitman, historia del arte y ciencias políticas.

MF: ¿Qué diferencias veía entre los presos que estudian y los presos que no?

CR: Los muchachos que no estudian porque no quieren viven una vida maliciosa, no están pendientes de su educación, ni de su libertad. Los muchachos que trataron de entrar a la universidad y no pudieron entrar (porque es un proceso riguroso en el que 300 presos se inscriben y sólo seleccionan 15 por año), algunos se ponen rebeldes con nosotros porque dicen, “qué es lo que tienen ustedes de inteligencia que no tengo yo” y esperan para la próxima ronda, estudian más.

MF: ¿Por qué se especializó en estudios ambientales?

CR: Tengo una familia que era culinaria, mi abuelo era cocinero y la cultura de mi familia existía alrededor de la comida. Cuando estaba en la prisión me puse a estudiar la culinaria y vi que la comida en la prisión estaba cambiando. Quería saber por qué nos daban de comer de esa manera. Antes en la década de los años 1980 y 1990, comíamos comida fresca, sembrada en la finca que cada cárcel tenía, pero después decidieron que no iban a poner más a los presos a trabajar en la finca porque dijeron que los presos cuando salieran iban a ir a la ciudad, a un ambiente donde no se trabaja así. Así que cambiaron el sistema de comida y entraron en contratos con compañías industriales que traen la comida. No comemos ni fruta, ni verdura, ni carne, sólo comemos arroz, pasta y porotos de soja. Como estaba estudiando la crisis de la comida nacional, vi que había un problema con la comida de la prisión y nadie estaba tratando ese tema y quise investigar qué pasa. Estoy preocupado por el ambiente porque si seguimos así no vamos a tener para comer, algunos están preocupados por la energía y el planeta, pero nos vamos a envenenar porque la comida no está bien. La comida es para darnos salud.

MF: ¿Qué consejos le daría a otros hispanos para que no se metan en problemas?

CR: A los padres que son pobres y están luchando para ganarse la vida, les aconsejo que se tomen la vida con paciencia y mucho amor, y que busquen ayuda de la comunidad porque se puede hacer una vida bien. Tenemos que ser humildes, amorosos y cuidar de nosotros. Hay que poner mucha energía para hacer una vida de delincuencia. Es más fácil hacer una vida bien. La dedicación y la paciencia lo pueden lograr.

“Si preguntas a la gente que está presa por qué está ahí, el ochenta por ciento te va a contestar que “tenía que hacer delincuencia en la calle porque tenía que darle de comer a mi familia”. A esas personas les digo: si no tienes dinero y no tienes trabajo, tú tienes tierra. Yo te puedo dar un par de semillas y tú puedes sembrar y no tienes que buscar la delincuencia. Si quieres sembrar tomates, lechugas y otras viandas, te puedo enseñar. Ese fue mi interés con el jardín que empezamos en la cárcel. Quiero usar la huerta como el espacio para sembrar conciencia en la gente pobre, en la gente que vive una vida de mal humor, y enseñarles que si queremos de verdad mantener a nuestra familia, podemos sembrar comida como mucha gente hace, y no es difícil. La huerta no te deja mantenerte en todos los aspectos de tu vida, pero te pone en una posición para pensar”, reflexiona Carlos Rosado, que ahora trabaja en una planta de reciclado de Nueva York.

MF: ¿Qué le dice a las personas que se enojan porque en la cárcel se puede estudiar gratis y afuera es tan caro?

CR: Te voy a contar lo que me pasó el martes 18 de mayo. Un día después de salir de la cárcel tuve que ir a reportarme al parole. El oficial me dice “veo aquí que pasaste mucho años en la prisión y tienes una licenciatura de Bard College y un par de años atrás mi hija trató de entrar a Bard y no la admitieron”. Yo le dije que ya yo estaba preso, a mi me dieron una oportunidad y yo merezco una oportunidad también. Le dije que no estuviera enojado conmigo porque me dieron una educación sin yo pagarla. Le expliqué que si no nos dan la oportunidad de tener una educación, no pueden esperar que la persona salga de la prisión y no vuelva a hacer una malicia. Además, uno no tiene que ir preso para poder tener una educación gratis, porque hay muchos programas para gente pobre que no está presa. Pero hay que buscar las oportunidades de ayuda, no van a venir a tocarte la puerta. No me preocupo por lo que dice la gente. Yo cambié mi vida y ahora lo que tengo que hacer es servicio para ayudar, para devolver a la comunidad lo que recibí. 

Educación en la cárcel

Por más de veinte años, los programas de educación en la cárcel redujeron los índices de reincidencia del 60 por ciento a menos del 15 por ciento. Estos programas difundían la educación entre las comunidades más aisladas y desfavorecidas y eran la forma más rentable de usar el gasto público. A pesar de esto, por cuestiones políticas en 1995 se eliminó la financiación para universidades en las cárceles, y alrededor de 350 programas cerraron en todo el país, terminando con la presencia de los programas más económicos y transformadores de la justicia criminal de los Estados Unidos.

Mientras tanto la población carcelaria creció tan exorbitantemente que hoy en día lo que se gasta para mantener las prisiones del estado de Nueva York es más de lo que se gasta en educación superior.

BPI está restaurando la educación universitaria en las cárceles de Nueva York. El programa Iniciativa de Bard en la Prisión (BPI, según sus siglas en inglés), de Bard College da preparación y educación universitaria gratuita a 200 hombres y mujeres en cinco cárceles de Nueva York, ofreciendo títulos de asociado y licenciado en humanidades. http://www.bard.edu/bpi/





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