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Historias de la cárcel contadas desde afuera

Por Emily Jane Parker
May 2016
En mi segundo año de universidad fui por primera vez a Nueva Orleans, para ser asistente en una escuela autónoma con un grupo de estudiantes de Bard. Había tres estudiantes de tercer grado que habían visto más violencia y drogas de lo que yo había visto en toda mi vida. Sus hermanos estaban en pandillas, sus hermanas habían sido acosadas sexualmente, sus padres estaban en prisión y sus madres fueron abusadas. Estos niños saben cómo funciona un arma, se saben con lujo de detalles de dónde vienen los bebes, y conocen los efectos de varias drogas. Estaba asombrada. Tenían entre ocho y nueve años, y me estaban hablando sobre el mundo de una forma que nadie debería saber.
Fue cuando empecé a pensar sobre lo que quería hacer para mi tesis de graduación que pensé en aquellos niños de Nueva Orleans. ¿Solo iban a recibir la atención que merecen cuando los encarcelen? Quise explorar esta conexión entre raza y pobreza y el abuso de drogas que había destellado mientras trabajaba con estos niños, y cómo se relaciona tanto con la reincidencia como con ser parte del sistema correccional. Quise escuchar a aquellos que habían sido parte de todos los aspectos del proceso, desde crecer en un ambiente como el de los niños de Nueva Orleans, a estar en prisión y luego salir.
 
Las personas con las hablé tenían más que decir sobre su experiencia al salir de la cárcel, ya que no estaban detrás de esas rejas. Me ayudaron a descubrir cosas sobre  la relación entre la vida dentro y fuera de la cárcel—y entre los barrios donde crecieron y los barrios a donde regresaron después de ser liberados. Las historias que me contaron no solo se trataban de la prisión, sino también de su crianza. La forma que estas historias se relacionaban acabó siendo el foco de mi proyecto. Todavía estaban luchando con la mentalidad que tenían mientras estaban dentro del sistema, una mentalidad que traen desde la niñez, y que su encarcelamiento solo empeoró. Seguían luchando con esta mentalidad todos los días—una mentalidad que depende de las drogas y el crimen.
 
Los problemas del sistema penitenciario son mucho más profundos que las paredes que encierran a la gente. Aun cuando salen libren, siguen encarcelados. Siguen encerrados. Ocurre que los límites de las calles de sus barrios y los pasillos de sus cárceles se diluyen. Esos ambientes tienden a parecerse, y la gente que los rodea tiende a parecerse también. Las situaciones afuera y adentro no son tan diferentes, a menos que la gente intente cambiarlas a la fuerza.
 
La gente que entrevisté opina contundentemente que la prisión no es rehabilitación. Ninguno de mis entrevistados tuvo acceso a un programa para adictos, o un programa preparativo para volver a la sociedad. Muchos me dijeron que cuando salieron de la cárcel, volvieron a usar drogas. La prisión es como el mundo de donde venían, y como el mundo al cual volvieron. Hay una diferencia grande, pero también hay continuidad. Drogas y violencia los siguen donde sea que van, incluso a la cárcel, y cuando salen tienen que alejarse conscientemente de ese mundo. La prisión no los preparó para volver al barrio. Reentraron a una vida que era la razón por la que habían sido arrestados.
 

La historia de Tanya

Una mujer que entrevisté, Tanya (cambié los nombres para proteger su privacidad), fue a la cárcel por posesión de drogas. Pasó por cuatro diferentes prisiones a lo largo de su condena. Estuvo con gente que nunca volverá a casa. No podía creer que la gente vivía así en la cárcel hasta que llegó allí. En la cárcel no hay segregación. No hay suficiente espacio para separar a la gente. Hay demasiada gente encarcelada.
 
Cerca de navidad, los presos tuvieron una celebración para que se sientan mejor, pero Tanya no pudo soportarlo. Le recordaba de lo que se estaba perdiendo en casa. Pero tenía que asistir. La cárcel tuvo visitantes de afuera que vinieron a dar regalitos, como un lápiz o jabón. Las mujeres bailaban en una fila y se supone que se tenían que divertir. Me dijo que “hubo una navidad donde veía a todas las presas y empecé a llorar porque pensaba ’mira a todos los niños sin madre que están en la calle, las madres están aquí adentro, y la estamos pasando difícil. Ni siquiera me podía imaginar cómo mis niños pasaban la navidad”.
 
Tanya fue a la cárcel porque estaba andando con un traficante y no lo quiso implicar. Pasó en total 14 meses en aislamiento. Ni siquiera pudo comprender dónde estaba hasta su tercer año en la cárcel. Fue el tiempo más duro y difícil de su vida. Pero aprendió a cuidarse. La cárcel es un lugar donde la gente tiene que improvisar. La gente llena bolsas de hielitos, las cierran y tienen su congelador. Si llenas un vaso de agua y lo calientas en un hornillo, tienes un arma.
 
Ahora toma cursos en una universidad local, y está muy involucrada en la iglesia y su congregación. Fue difícil cuando recién salió, pero una vez que encontró un sistema de apoyo y comunidad en la iglesia, pudo restaurar su fe en sí misma.
 
Muchas veces las drogas vuelven a ser parte de las vidas de la gente cuando salen de la cárcel. La sincronización de la vida antes, mientras, y después de su tiempo en la cárcel parecía inevitable para la gente que entrevisté. Estaban atorados en una trampa, en el ciclo, y es mucho más fácil que vuelvan a terminar ahí cuando salen de la cárcel si no tienen alguna fuerza en su vida que los guíe. Esta fuerza depende de cada persona; puedo ser el apoyo de amigos y familia, puede ser una organización, puede ser un trabajo, o puede ser la religión. La fuerza es lo que inspira a la gente a romper con la vida que antes vivía, y empezar a tomar otro camino.
 

La religión 

En mis entrevistas, la religión tenía un gran papel. Contacté a un reverendo de una iglesia en Kingston cuya congregación está mayormente compuesta de ex-presos, y con una organización de transición. La religión está presente en sus historias. Dios los ayudó a superar sus peores momentos, que de hecho no pasaron en la cárcel, sino después. Cuando encontraron a Dios, decidieron cambiar su vida. Esos son los momentos donde realmente vuelven a entrar a la sociedad. Pero para muchos, es difícil saber si cambiaron su camino porque encontraron a Dios, o si buscaron a Dios porque fue su única esperanza. ¿Es diferente si buscas la religión porque realmente la quieres, o simplemente porque estabas pasando por algo malo? Le quise preguntar al reverendo si le importaba, pero nunca tuve la oportunidad. Me parecía que le importaba más ayudar a su congregación con sus vidas diarias que con sus vidas espirituales. Su bienestar es la mayor prioridad y la religión fue el instrumento que los ayudó a cumplir con sus metas.
 
Aunque cada persona que entrevisté se parecía en sus dificultades al salir de la cárcel, cada experiencia fue única. Cada quien confía en Dios, pero todos llegaron a su fe de forma distinta. Es importante ver la historia de cada individuo. Todos cometieron errores, pero todos tienen sus historias, y estas historias son más grandes que sus errores. Una mujer que entrevisté enfatiza que no podemos simplemente juzgar a la gente por su pasado, pero en vez por quién son ahorita. Aunque la cárcel lo pone difícil, hay gente que puede cambiar. Mis entrevistados no pueden olvidar, pero se han esforzado por seguir adelante con un nuevo propósito.
 
El sistema penitenciario frecuentemente se discute en términos de estadísticas e investigación sociológica. Las historias personales se convierten en porcentajes, y el encarcelamiento se convierte en una entidad sin cara. Hay más gente encarcelada hoy en día por delitos de drogas que había en 1980 por todos los delitos en total, pero ¿qué quiere decir para aquellos que no forman parte de esa categoría? El encarcelamiento se vuelve un problema que solo los que lo sufren pueden entender. Aproximé estas entrevistas de forma narrativa para dar a cada persona su propia voz y su propia historia.
 
Estas son las experiencias del encarcelamiento. Regresas a casa y tu novia está con otro. Te meten en aislamiento porque no te gusta el crimen de tu compañero de habitación. Te dejan ir solo para que sigas usando drogas. Llegas a la comisión de libertad bajo palabra y te juzgan una y otra vez. Fuiste a la cárcel porque lo único que sabías hacer era traficar drogas. Te llega una llamada con malas noticias, y no hay nada que puedes hacer al respeto porque estás encarcelado. Estas son las experiencias de millones de seres humanos.
 
*Traducción al español de Sebastián Antón Ojeda
* Extracto del proyecto final de graduación  de Bard College en Derechos Humanos y Artes Escritas, Still Locked Up: Prison Stories Told From Outside, de Emily Jane Parker. Para leer la versión completa, en inglés, vaya a: digitalcommons.bard.edu/senproj_s2015/311/
 

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