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Opinión

Notas Sobre la Globalización

Por Carlos A. Orellana
May 2006
La palabra “globalización” ha pasado a formar parte del vocabulario diario en todo el mundo y pareciera que todos entendemos su significado. Se publican libros, hay debates académicos sobre el tema en muchos países, se dan encuentros internacionales en contra de la globalización como el Foro Social Mundial (este año en Venezuela), aparecen políticos a favor y en contra, en fin, es un tema constante en cada rincón del mundo.

La globalización, como la conocemos hoy en día se introduce en la historia reciente en noviembre de 1989 cuando se vino abajo el muro de Berlín, que dividía a Alemania en oriente (socialista) y occidente (democrática). A esto le siguió el derrumbe del bloque socialista y la Perestroika en la Unión Soviética. Así quedó atrás la famosa Guerra Fría, que había comenzado después de la Segunda Guerra Mundial en los años cuarenta; y el mundo occidental salió triunfante de esa guerra ideológica entre el capitalismo y el comunismo. Así quedó atrás también aquella idea del primer, segundo y tercer mundos y se pasó a uno solo, aunque ahora es con un Norte rico y un Sur pobre. Continuamos viviendo en un mundo dividido pero dentro de un solo mundo ideológico.

En 1991 EEUU lidera la primera guerra contra Irak y se impone como la fuerza militar con más alcance y poder del mundo. Aquí aparece otro concepto que precede al de globalización, el de “Nuevo Orden Mundial”. Este Nuevo Orden Mundial significa la imposición de una ideología (la burguesa liberal) y un sistema económico (capitalismo de mercado libre) en todo el mundo: el capitalismo de la democracia liberal. Sus dos caras son: una fuerza militar invencible en todo el mundo y un sistema económico de mercado sin limites. El mundo se convierte en un solo territorio, sin fronteras para el capital. Ahora todos pertenecemos a una sola aldea, a un solo mundo globalizado, a un solo mercado. Aquella economía que crearon los países socialistas como alternativa a la capitalista desapareció (o fracasó) y se pasó a una economía global capitalista.

Así aparece Francis Fukuyama con su idea hegeliana del fin de la historia. Así como el filósofo idealista alemán Hegel predicaba que el estado prusiano había llegado a su cúspide como el estado histórico ideal, ahora la democracia liberal del mundo occidental, que se imponía ante el comunismo y el totalitarismo, también llegaba a su cúspide y, por lo tanto, a su fin, a su orden ideal. Fukuyama reconocía, sin embargo, que los conflictos continuarían en el mundo pero ya no al nivel ideológico intenso como el de la Guerra Fría. Se terminó la guerra ideológica y luego apareció otra guerra, la de las civilizaciones. Aparece otro ideólogo de la democracia liberal y del mundo judeo-cristiano occidental, Samuel Hungtinton, profesor de Harvard University, anunciando el “choque de las civilizaciones”. Ahora la guerra es contra los que están mas allá del continente europeo y del mundo occidental, de otra cultura y religión: los países musulmanes del medio y lejano oriente y del Asia.

Resistencia en Cuba

En nuestro continente americano el impacto de la caída del muro de Berlín y de los países socialistas fue el anuncio, por parte de las derechas y las burguesías, del fin de la revolución cubana y de su líder, Fidel Castro, a quien se le daba el apelativo de “Dinosaurio de Museo”. A Castro se lo convierte en una figura revolucionaria fracasada del pasado y se tocan las trompetas del fin de las economías de Estado y el fin del socialismo en nuestro continente. Cuba, además de soportar un bloqueo económico de décadas y varios años del “periodo especial”, enfrentaba una de sus crisis más intensas en su historia. En Miami se hablaba de candidatos presidenciales y proyectos económicos capitalistas para sacar a una “Cuba libre” de la pobreza heredada del socialismo. Sin embargo, Fidel Castro y el pueblo cubano no se dieron por vencidos y resistieron. Hoy, aunque muchos no lo acepten y otros continúan condenando al sistema cubano, es el pueblo y el líder que más respeto reciben en el continente.

Privatizando Latinoamérica

En Latinoamérica a ese nuevo orden mundial se le dio el nombre de Neoliberalismo (nuevo liberalismo) y con él llegaron las privatizaciones (o ventas) de los servicios y empresas del estado a compañías extranjeras o a los ricos criollos. Se privatizan las comunicaciones, la electricidad, el agua, la salud y otros servicios que habían sido administrados por el Estado. Esa fue la receta del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional: Privaticen (vendan todo lo que se pueda) o no hay crédito. Los presidentes de turno ―y creyentes en este evangelio de la economía de mercado libre y de las privatizaciones― vendieron y robaron lo que pudieron.

Con el Neoliberalismo aparece también en casi toda Latinoamérica una nueva cultura de presidentes y políticos corruptos que sacaron provecho de sus puestos, y otros que huyeron de sus países con millones de dólares en sus cuentas en el exterior. Arnoldo Alemán de Nicaragua fue enjuiciado y sentenciado a cárcel domiciliaria por malversación de fondos públicos, o ladrón no común. Una señora de Nicaragua me comentaba que le hicieron una auditoria a Alemán cuando era candidato presidencial y tenía menos de doscientos mil dólares en capital propio, y al terminar su presidencia tenía varios millones en sus cuentas y otros millones que todavía el gobierno nicaragüense está buscando; o por lo menos eso se dice. Alberto Fujimori salió del Perú como de película dejando una crisis de estado, desempleo y pobreza en su país. Sin embargo, era un modelo de presidente, tan ingenioso que se dio un auto-golpe para poder continuar gobernando. Carlos Salinas de Gortari, el profeta de la modernidad en Méjico, se fue al exilio por algún tiempo y su hermano a la cárcel. Los casos son muchos más, pero si a la década de los ochenta se le llamó “la década perdida”, a la de los noventa se le debería llamar “la década de la corrupción”.

Méjico entra al NAFTA pero los mejicanos se van igual

En enero de 1994 se inició oficialmente el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, conocido en inglés como NAFTA. Carlos Salinas de Gortari anunciaba la entrada de Méjico a la modernización y al “Primer Mundo”. Pero este tratado beneficiaba a los capitalistas y a las grandes transnacionales dispuestas a conquistar nuevos mercados. Salinas también anunciaba que los mejicanos ya no tendrían que irse al Norte buscando oportunidades. Pero a los pobres, indígenas, campesinos y obreros no se los tuvo en cuenta y continuaron yéndose al Norte a buscar los dólares porque estos no llegaban a Méjico.

Tres cuartos de los 12 millones de indocumentados en este país son de origen mejicano. El actual presidente mejicano, Vicente Fox, se ha convertido en abogado de sus “paisanos” aquí en el Norte. Pero no es abogado por amor a sus con-nacionales, o por amor al prójimo, sino porque sabe que sin esos miles de millones de dólares que llegan en remesas a Méjico, la economía mejicana empeoraría. Así se terminaron aquellas promesas heredadas de la Revolución Mejicana de pan, tierra y libertad que hacían todos los candidatos presidenciales.

Los países centroamericanos van por el mismo rumbo de un tratado de libre comercio con EE.UU. A este tratado se le llama, Tratado de Libre Comercio de Centro América y Republica Dominicana, en inglés DR-CAFTA. Las mismas promesas de Méjico se hacen en estos países y sus ciudadanos pobres y de clase media, al igual que los mejicanos, continúan saliendo de sus países con rumbo al Norte en busca de esos dólares que mejorarán las vidas de sus seres queridos, y a continuar manteniendo las economías nacionales. “Ahora las gallinas se organizan para que se las coma el zorro”, dice Franz Hinkelammert.

Volvamos a la globalización ―otra vez. Con el nuevo evangelio de la economía de mercado libre y de las privatizaciones, entiéndase globalización, las Pizza Hut, los Burguer King, los McDonnald’s, y otras comidas rápidas y ricas en grasa, colesterol, y carbohidratos pasan a formar parte de las ciudades latinoamericanas, aumenta el desempleo y se profundiza la pobreza en toda Latinoamérica. “Ahora ya no tenemos que ir a EE.UU. para disfrutar lo que tienen los norteamericanos”, me decía una señora muy contenta en El Salvador ―se refería a esos negocios.

En muchos hospitales públicos de Latinoamérica se recortaron los presupuestos y ya no hay suficientes sábanas, camas, aspirinas y otros instrumentos básicos para atender al público. Los enfermos, en su mayoría pobres, tienen que llevar sus propias sábanas, se dan paros laborales de médicos y enfermeras en muchos países. La salud publica entra en crisis. La educación publica básica y superior pierden fondos sin precedentes. Miles de maestros se van a huelgas en otros países. Los precios de la electricidad, del servicio telefónico, del agua, y otros servicios básicos se incrementan sin precedentes.

Una anécdota personal relacionada con la comida rápida. Tomándome un café en un Shopping Center en San Salvador se acerca un señor coreano y me pregunta en ingles que si se podía sentar a tomar su café en la misma mesa adonde yo estaba sentado. Le respondí que sí. Comenzamos a conversar de varios temas y me comento algo que creo nunca voy a olvidar. En su país, Corea del Sur, cuando él era niño solamente los ricos comían carne y eran gordos, los demás eran delgados y comían muchos vegetales, frutas y pescado, pero cuando Corea fue dividida en Norte (comunista) y Sur (capitalista), y comenzaron a llegar las hamburguesas y las delicias norteamericanas, cambio la sociedad en su país y ahora los ricos son vegetarianos y delgados y los pobres y clases medias son gordos y carnívoros. Ser gordo es símbolo de pobreza y delgado de riqueza. Me quede con la interrogante si eso pasase algún día en nuestro continente.

Recientemente en México se hizo un estudio entre niños y jóvenes y descubrieron que la obesidad ha pasado a ser un problema de la salud de los mejicanos, pero no de los mejicanos ricos sino de la clase media y media baja- quizás también de los pobres. La obesidad que ha sido tradicionalmente un problema de la sociedad norteamericana y de otros países industrializados, ahora esta pasando a ser problema de los países pobres. Con la comida rápida también aumenta el marketing de las bebidas refrescantes y excitantes que vuelven a los jóvenes seres atractivos e interesantes; bebidas que le dan chispa a la vida de quienes las toman. En El Salvador se comenzó a promover la idea entre mucha gente progresista (o izquierdistas) de no tomar las bebidas importadas sino los refrescos naturales como la horchata, el tamarindo y otras delicias propias. Es algo así como un boicoteo pacifico, algo simbólico que talvez no afecta las ganancias de las compañías transnacionales, pero que le da algo de satisfacción a quien lo hace.

Este es un panorama, un poco irónico, de lo que podríamos entender por globalización. Pero hay que sentirse orgullosos de ello porque es signo de que vamos en buen camino: en el camino del desarrollo y la modernidad- por lo menos así lo anunciaron muchos políticos en el continente. Ya somos parte de la globalización, no globalizamos sino que nos globalizan pero somos parte. Los millones de inmigrantes en EE.UU., en su mayoría de Latinoamérica, muchos sin documentos legales, somos producto de esa globalización que no nos pregunto si estábamos de acuerdo o no, de esos tratados que no nos invitaron a tratar el tema, y por lo tanto, somos algo así como otra mercancía mas que se vende y se compra en el mercado capitalista mundial, que ahora conocemos como Globalización, y nos venimos para el Norte porque aquí no es tan jodida la vida como en el Sur.


* BA o Licenciatura en Teología de Concordia College, NY, estudios de postgrado en CC Políticas en la universidad católica de San Salvador; organizador comunitario, co-fundador del Centro Independiente de Trabajadores Agricolas -CITA- en NY. Residente de Yonkers, sindicalista, medio santero, medio ateo, y medio yerbero. Salvadoreño.





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