Usos y costumbres

Crecimiento espiritual y desapego material

December 2008
Para poder crecer espiritualmente necesitamos ser concientes de quiénes somos realmente. No somos nuestros nombres, o nuestros cuerpos, nuestros géneros, nuestras profesiones o cualquiera de los roles que desempeñamos (madre, hija, maestra o esposa). Entonces ¿quiénes somos?

Para responder esta pregunta, me gusta citar la frase que dice: “Somos seres espirituales con experiencias terrenales”. Somos más de lo que podemos ver, nombrar, e inclusive imaginar. Cualquier idea que tengamos de nosotros, por más bella que sea, no se aproxima siquiera a nuestra verdadera belleza.

 

Desafortunadamente, tendemos a confundir nuestro Ser con nuestras posesiones. Y cuando hablo de posesiones incluyo cosas, roles, ideas, estudios y sentimientos. Esta confusión o enredo empieza desde una temprana edad. Sólo basta ver a un niño a quien se le quita un juguete. El niño llora no por el valor del juguete que se le ha quitado, sino más bien  porque el juguete es “mío”, lo hace una extensión de él.

 

Y así vamos por la vida confundiendo nuestro Ser con todo lo que sea  “yo” y “mío”. Sólo que a medida que crecemos, nuestros juguetes cambian (los carritos se hacen carros, las casitas se hacen casas, los muñecos se hacen de carne y hueso). Las cosas con las que nos identificamos tienen que ver con nuestra cultura, nuestro género, nuestra nacionalidad, nuestra crianza.

 

La gente que trabaja en mercadeo es tan conciente de esta confusión de identidad que utiliza la publicidad para hacernos creer que necesitamos “algo” para “ser más o mejor”, para vernos mejor o para que otros nos vean superiores. Así que emprendemos nuestra eterna búsqueda del Ser en todas partes y en todas las cosas, y raramente buscamos hacia adentro.

 

Esta confusión de identidad es la base de la economía de consumo de la que somos parte. Dado que confundimos nuestro Ser con nuestras posesiones, creemos que si tenemos más somos más,   y medimos el éxito de una persona por sus posesiones. De esta manera, no sólo participamos, sino que perpetuamos nuestra economía enfermiza. Inconscientes de que explotando nuestros recursos estamos acabando con la vida del planeta del que formamos parte. Es como un cáncer, cuyo único objetivo es crecer sin darse cuenta que al crecer destruye el cuerpo al que pertenece. Así echamos al olvido la sabiduría de los indígenas, quienes tenían muy claro que la Tierra no nos pertenece, sino que nosotros pertenecemos a ella.

 

Necesitamos despertar nuestra conciencia y darnos cuenta de quiénes somos realmente. Necesitamos encontrar la respuesta dentro nuestro, en silencio; darnos cuenta de que estamos conectados unos con otros y con lo que nos rodea. Darnos cuenta que tú eres yo y que yo soy tú. Que cuando le hago daño a “ti”, me estoy haciendo daño a “mi”. Es con este sentido de conexión con el que podemos hacer un cambio radical, un cambio que tanto necesitamos.

 

En esta temporada de celebraciones, necesitamos recordar que el aprecio que sentimos por nuestros seres queridos no tiene nada que ver con el tamaño de regalo que queramos darles. Lo más importante no se compra con dinero. ¿Qué tal disfrutar una puesta de sol juntos de la mano? ¿O tomar una taza de té hecha en casa y enriquecernos mutuamente con nuestra charla?

 

Estamos tan confundidos que hemos dejado lo más importante de lado. Hagamos de este tiempo un verdadero espacio para reflexionar cuáles son nuestras prioridades y si en verdad estamos viviendo de acuerdo a ellas, o si es que estamos enrolados en una carrera que no nos lleva a ninguna parte, y además no nos permite disfrutar este maravilloso proceso al que llamamos vida.

 

Deseo de corazón que demos un paso hacia atrás y observemos en qué invertimos nuestro tiempo y nuestra energía habitualmente, porque en eso nos convertiremos. Si queremos tener amigos verdaderos, seamos los amigos que queremos tener. Si queremos que el amor invada nuestra vida, llenemos nuestra vida de amor. Los cambios más importantes se generan de adentro hacia afuera. 

 

La vida se vive con amor, de otra manera no estás viviendo sino sobreviviendo. El amor requiere valor, los cobardes no aman y mucho menos viven. Que el amor invada la vida de cada uno de los lectores de La Voz y les permita apreciar la vida en esos pequeños detalles que pasan desapercibidos. ¡Felices fiestas!



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