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Recuerdos de...

Recuerdos de Venezuela

Elizabeth, yo y los dos taxistas de Margarita

June 2006
Viajamos de Canaima a Porlamar en un avión pequeño. Hotel ya teníamos, una posada sugerida por el guía de Valentina Quintero, y taxi teníamos también ya que el dueño nos dio un número de teléfono que era “de confianza”.

El taxista, lo llamaría Gerardo, nos dijo que estaba ocupado, pero que su amigo Hernán ―joven, algo calvo― pasaría por el aeropuerto en unos minutos, en un taxi de tal número. Comprobamos lo del número (habíamos oído mucho, pero mucho sobre los taxis de Venezuela) y pasamos bajo la protección del joven Hernán.

Hernán conocía bien la posada y también un lugar para cambiar nuestros billetes, esos cheques de viajero que tan poco valor tenían fuera de la capital. En ruta nos preguntó qué pensábamos del presidente.

Pregunta inevitable. Momento en que los barcos se muestran las banderas. Murmuré algo neutral: apoyo a la “democratización” de las masas, preocupación con las tendencias “no tan democráticas”. Noté que en Caracas se necesitaba pasaporte, y aun varias llamadas a las autoridades para cambiar los cheques.

Control de cambio, nos respondió, no entiendo cómo el gobierno puede meterse en nuestros asuntos privados. Esto era el argumento bolivariano (comercio libre) contra el control chavista de los bolívares. Más tarde recordábamos que Hernán se vestía a la Versace, que parecía haber conocida a todas las chicas que trabajaban en el mall. Sería, en términos bolivarianos, algo sospechoso (¿mafioso de Miami?), herramienta del imperio.

Gerardo, unos días después, nos llevó al fuerte de Juan Griego para ver el anochecer donde los patriotas tiraban piedras a las tropas realistas de Morillo, donde fueron ejecutados los patriotas que sobrevivieron y donde la laguna se enrojeció por la sangre. Esta vez nosotros introducimos la pregunta política.

Nos contestó al estilo socrático, preguntando si sabíamos algo sobre la tasa de interés, y cómo no, cuando todos los bancos publicaban anuncios de préstamos a una tasa de 19,9 %, algo peor que la de los verdaderos mafiosos. En este país, continuaba, uno que quiere préstamo necesita no sólo el certificado de nacimiento propio, sino el del padre, abuelo y bisabuelo.

Resultó que el gobierno de Chávez, con el propósito de fomentar el crecimiento de negocios pequeños, había empezado a ofrecer micro-préstamos a 12,5 %, con tal de que el dueño prometiera quedarse en Venezuela. Cuando le preguntamos si había pedido este préstamo nos dijo que no, que por suerte algún amigo le había prestado el dinero para comprar su carro, pero no hacía falta decir nada más. . . . Gerardo era chavista.

Y la verdad es que teníamos muy poca experiencia con este bando, ya que todos mis amigos de la universidad y los archivos hablaban del gobierno con vergüenza aunque confesando haber votado la primera vez por Chávez. Un día nos tropezamos con una manifestación, es decir, miles de personas llevando camisetas rojas y caminando hacia el centro. Tres hombres ya bien borrachos nos gritaron insultos, pero quedó claro que representaban una minoría algo vergonzosa para los demás.

En Ciudad Bolívar, fortaleza de la primera revolución bolivariana y de la de Chávez, conocimos a un señor mayor cuya gorra proclamaba “MISIÓN RÓBINSON” y él nos explico que miles de personas, mayores en gran parte, habían empezado a aprender a leer gracias al programa. Era mormón y nos mostró una tarjeta de identificación expresando la aprobación del Church of Jesus Christ of the Latter-Day Saints.

Las otras anécdotas eran más deprimentes, ingenieros despedidos por razones políticas al estilo Bush, actos de vandalismo contra los periódicos de la oposición atribuidos por los periódicos a los círculos bolivarianos y denunciados por el gobierno como actos de provocación de la propia oposición.

Y entonces nos encontramos en Juan Griego con el taxista chavista de confianza cuyo mejor amigo y socio (y padrino de sus hijos) era de la oposición. Había como siempre un público para el anochecer y unos niños del pueblo ofreciendo contar la historia del fuerte por algún dinero. Y Gerardo, que había guardado un silencio más o menos filosófico frente a la maravilla natural que era esta puesta de sol, nos preguntó cuándo íbamos tener hijos.

Es algo eso de las masas politizadas; ser pana es cosa distinta.
 
* Ronald Briggs es profesor de español en Bard College, NY.
 

 

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