Usos y costumbres

Todos los Santos, Día de Muertos

Una tradición antigua y moderna

Por Wilma Feliciano
November 2007
El Día de los Difuntos se originó en el México prehispánico para honrar a los muertos y celebrar la vida. Los aztecas y otras civilizaciones mesoamericanas creían en un ciclo cósmico continuo de vida, muerte y renacimiento. Montaban un festival durante el mes de agosto para recordar a los muertos y usaban calaveras para simbolizar la dualidad de la vida y la muerte. La muerte era otra forma de vivir, no debía ser temida sino abrazada. La estatua enorme de Coatlicue, Nuestra Señora de la Falda de Serpientes y diosa de la tierra, representa este concepto: de su vientre emerge una calavera. Al no poder erradicar esta tradición, los conquistadores “cristianizaron” la fiesta moviéndola al primero y segundo de noviembre para que coincidiera con las fiestas católicas de Todos los Santos y el Día de los Difuntos.

Actualmente en México mucha gente celebra esta fiesta con gran regocijo. Montan altares (ofrendas) con flores, fotografías, comida, bebida y algo personal o particular al difunto: el juguete favorito de un niño, las tijeras de un barbero, la canasta de una costurera. También hacen calaveras de azúcar y pan de muerto para adornar las ofrendas montadas en hogares, restaurantes, sitios públicos y la tumba familiar. Cierran los bancos, tiendas y escuelas para poder reunirse con el espíritu del ser querido fallecido. Familias enteras se pasan la noche del primero de noviembre en el cementerio. Les obsequian comida, licor, música y alegría a los espíritus que regresan para compartir los goces de la vida otra vez, aunque sea por poco tiempo. Es una tradición alegre para dar la bienvenida a los difuntos queridos y celebrar la continuidad de la vida. Esto podría explicar su difusión por toda Latinoamérica y la comunidad mexico-estadounidense en los Estados Unidos. Las palabras de Octavio Paz ilustran el apego de sus compatriotas a la muerte:

“Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente”.


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