Cuento

DAGOBERTO

el niño más feo del mundo

November 2006

dagoberto era el niño más feo de todo el mundo. su carita la cubría un pocotón de cicatrices, de granos viejos, pero curados. sus piernas eran el plato favorito de los mosquitos. se mantenían llenas de ronchas por todos lados. sus orejas eran de burro—bueno, más bien de elefante. sus dientes eran blancos, impecables pero torcidos con cojones.

dagoberto vivía en una cabaña al frente del mar que él mismo construyó con mucho sudor y muchas siestas en la hamaca. eso sí, no tuvo que pagar por el material (martillo, clavos, madera). su padrino se los mandó con los sirvientes. esa fue una de las pocas veces que el padrino lo ayudó. como sus padres murieron, daguito quedó bajo la custodia de su padrino, un hombre guapo, rico y perfecto. era así porque cada vez que se miraba al espejo se decía, soy el príncipe de los dioses. se miraba al espejo en cada oportunidad, admirando las cualidades tan espectaculares que diosito le dio.

“que nariz tan hermosa. perfecta. me encanta mi nariz. me encanta mi cara. soy perfecto. gracias”. oh dios mio, pero cuando le vió el rostro a daguito por primera vez:

“¡aaaaaahh!” gritó él. “¿qué es esta horrorosidad? “¡sáquenlo de aqui!”.

el padrino vivía en un castillo enorme. las nubes siempre se paseaban por el tope de las cuatro torres que tenía. los ladrillos eran de plata y el tremendo portón, de vidrio de diamante. espejos estratégicos en las ventanas reflejaban el sol adentro de la casa a cualquier hora del dia. un espejo antiguo, muy especial, que tenía más de dos mil años guardaba la energía del sol durante el día. en la noche el espejo la dejaba salir para que su luz anduviera por todos los cuartos, hasta los más secretos. las paredes brillaban al igual que el rostro del padrino brillaba en ellas. sus sirvientes pulían las paredes y los espejos todos los dias.

como daguito era tan feo—pobrecito—y aunque todavia era un bebé, el padrino ordenó que se lo llevaran a vivir al frente del mar. él solito. el padrino era el dueño de cientos de kilómetros de esa playa.

todas las noches un sirviente le daba de comer y le dejaba suficiente comida para que le durara hasta la siguiente noche. así creció y así se acostumbró dagobertico, a estar solo y ser feliz. aunque daguito no sabía hablar, porque nadie le había enseñado, de alguna manera aprendió a decir una frase: soy el príncipe de los dioses. él se sentaba en la orilla del mar repitiendo la frase hasta que se cansaba. las olas siempre le respondían que sí.

un día dagoberto se quedó dormido en la arena. las aves volaban alrededor de él, cuidándolo.

en la distancia una jovencita caminaba descalza, cerca, pero no tan cerca de la orilla. su rostro, su piel, su postura, relajaban y le daban hasta más brillo a la misma agua, a la arena, a la brisa. su simple presencia, su esencia, era magia pura. maribel era ciega.

maribel dio un paso y se tropezó con dagoberto.

dagoberto, del susto, pegó tremendo salto y gritó, “¡soy el príncipe de los dioses!”. maribel se sentó en la arena a llorar por el shock del susto, pero después le salieron las carcajadas porque sentía la gran energía de daguito. Le salían lágrimas mientras su corazón palpitaba, lagrimas de tristeza y de felicidad.

dagoberto pasó sus manos por los ojos de maribel, pero ella no reaccionó. El instante que daguito le secó las lágrimas con sus dedos, un relámpago explotó detrás de su frente y su pecho. ella sintió quién era de verdad este jovencito. La imagen de un hombre resplandeciente, rodeado de una esfera de luz entró en su mente.

maribel sonrió, y puso la palma de su mano en el pecho de daguito. una luz blanca y brillante salía de sus manos, aunque solo ella podía ver esto. Daguito nunca había visto a una mujer en su vida. ella era preciosa. sus ojos eran claros como la miel, igual que su cabello largo y lacio. su piel era amarilla como un mango. y su rostro era perfecto. aunque ella no lo sabía, era el especimen más deseado. era el diamante desconocido. ella era la esencia de la claridad, de la pureza.

maribel vivía en un eterno silencio. en una eterna primavera, la del otoño, la del invierno. por eso era feliz. jugaba con la arena, la dibujaba con palitos, la adoraba. adoraba también al mar, sentadita con los brazos extendidos hacia el agua. así era con el sol todas las mañanas y con la luna cuando había luna llena.

dagoberto la tomó de la mano y se tiró al mar a nadar junto con ella, los dos se reían. el príncipe del mar y de los dioses había encontrado a la princesa del universo. nadaron, volaron, soñaron juntos, con completa libertad. ■




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