El humo de Carmen

June 2007
–Ella tiene tus ojos, me dijo. 

 Miré fijamente tres fotografías antiguas de una mujer anciana con una expresión severa, vestida de blanco y con una flor en el cabello; en la foto del centro llevaba un parasol. Desafortunadamente, la primera de las fotos se rompió y faltaba más de la mitad. En ésta parecía que ella estaba sonriendo. Las fotos estaban en una banda de imágenes horizontal, como si viniera de un fotomatón moderno. María del Carmen Vélez era la mujer de las fotos, mi bisabuela paterna. Sabíamos poco de ella, solamente que ella llegó a Puerto Rico de las Islas Canarias y que se casó con el agricultor Juan García en Dorado, Puerto Rico, donde nacieron mi abuelo y sus siete hermanos. Sabíamos también que los dos eran espiritistas, pero en qué manera nosotros nunca lo supimos. Antes de que mi primo Peter viniera a mi casa hace quince años con estas fotos, para mí Carmen Vélez era como humo transparente, que de vez en cuando se olía solamente de muy lejos. Casi nadie en la familia hablaba de ella, tal vez porque para ellos también Carmen era una personalidad muy vaga. Pero, después de la visita de Peter, el humo de Carmen comenzaba a sentirse más material, con intensidades cambiantes de gris, blanco y negro, que juntos presentaban la forma física de mi bisabuela de las fotos.

–Mira, ella tiene tus ojos, repitió mi hermana, indicando con el dedo la cara de Carmen.                Seguí mirando fijamente esa cara, reconociendo algo de mi madre en la forma de esos ojos oscuros, así como la forma de la frente. Vi también esas arrugas curvas sobre la ceja derecha que veo diariamente en el espejo cuando me lavo la cara y que siempre me recuerdan a mi madre, la nieta de Carmen. De repente, me sentí tirada hacía dentro de esos ojos familiares, en el humo familiar, que entendí era ahora mi mismo humo, transportado a través de un siglo cuando nació Carmen en las Islas Canarias.

Me imaginaba que en el humo de Carmen podía oler el aroma del almidón fresco del vestido blanco de Carmen, en contraste con el olor de su cabello sucio y desordenado. En la profundidad del humo podía oler sus temores de un tiempo más temprano cuando sus hijos perdieron a su padre y ella tuvo que vender la pequeña finca por falta de dinero. Me imaginaba que en el humo podía oler el sudor de la preocupación cuando mi abuelo, su último hijo, se fue de la casa a la edad de ocho años para ganar la vida por las calles de la capital. Además, sentí un profundo cansancio en el humo de una mujer que trabajaba mucho, ganaba poco y que hacía mucho tiempo había perdido toda esperanza de tener jamás una vida feliz. Y sin embargo, existían fotos que documentaban al menos un momento cuando Carmen se vistió de blanco.

– ¿Puedes ver que ella tiene tus ojos?, insistía mi hermana.




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