Una lluvia muy extraña

June 2007

Esa noche estaban demasiado seguros. No tenían nada de miedo. Llevaban al perro, Carlitos. También estaban un poco borrachos. El perro estaba ladrando, los hombres estaban riendo y no había ninguna persona visitándolos esa noche. Por eso, la oscuridad era completamente silenciosa, aparte de los hombres y el perro. Había muchas estrellas y la luna estaba llena.

De repente, uno de mis primos, Miguelito, miró al cielo y vio algo extraño. Parecía como si un montón de estrellas fugaces estuvieran volando desde el centro del plenilunio. Miguelito era callado y por eso los otros miraron al cielo también (incluido Carlitos el perro). Cuando vieron lo que estaba pasando se quedaron callados también.

Las “estrellas fugaces” se acercaban al planeta donde estaban los hombres muy pero muy rápido. Y crecían a cada segundo. Y finalmente los hombres pudieron ver que las “estrellas” que parecían papel picado antes, eran en verdad ¡unicornios!

Los unicornios caían más lentamente cuando estaban más cerca de la tierra. Finalmente había una manada de miles de unicornios blancos e incandescentes. Los hombres no podían hablar (ni Carlitos el perro podía ladrar). Uno de los unicornios se acercó al grupo de hombres y abrió su boca y de su boca cayó un cristal de cuarzo. Después de eso, otros unicornios se reunieron en frente de los hombres y vomitaron más cristales de cuarzo hasta que hubo una montaña de cristales a los pies de los hombres. 

Hubo silencio durante todo este ritual y unos momentos después. Los humanos no podían creer lo que veían. Nachito, el primo mas joven empezó a llorar. No lloraba por miedo, lloraba porque todo era tan hermoso y mágico y exactamente como en sus sueños. Un sonido de Carlitos el perro interrumpió los sollozos de Nachito.
Este sonido no era un ladrido ni un gruñido tampoco. Era una pregunta. Lo que Carlitos dijo eran palabras “¿Por qué?”. “¿Cómo?” Dijo Juanito, mi papa. “No estoy preguntándote a vos, imbécil. Estoy preguntándoles a las criaturas místicas del cielo”. Carlitos el perro miró al unicornio más grande y más brillante y preguntó otra vez: “¿Por qué?” El unicornio más grande y más brillante caminó hacia Carlitos con ojos muy puros y amables, sabios y brillantes. Juanito susurró a Pablito, otro de mis primos: “¿Puede hablar Carlitos el perro como humano?”. Pablito se encogió de hombros y el unicornio más blanco y poderoso se acercó más a Carlitos. Este unicornio místico era dos veces más alto que mi padre Juanito y bajó su cabeza para decir en voz baja su respuesta a Carlitos el perro: “No lo sé”.

 

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