Diario de una maestra en el Bronx

October 2007
Hace un mes todo el mundo me conocía como Robin. Ahora me siento como un personaje de una novela de Jane Austen —no por una preocupación con el matrimonio que consumía la vida diaria de Mr. Bingley, Mr. Darcy y las Miss Bennets de “Pride and Prejudice” — sino por el hecho de que donde trabajo, todo el mundo me llama Miss Kilmer.

Y cuando quiero hablar con el maestro de ciencia, lo llamo Mr. R. Cuando saludo a Miss Rodríguez, cuya oficina queda directamente al otro lado del pasillo, le digo “Hi, Miss Rodríguez” aunque sé que su nombre es Antonia. Siendo maestra, tengo que transformar hasta mi nombre.

Me gradué de Bard College en mayo. Tenía mi propio horario. A veces iba a mi clase de música que empezaba a las 10:30, a veces me servía más quedarme en la cama. Ahora sé bien que me sirve estar en mi aula a las 7:30 todos los días y recibir a los niños a las 8. Suelo irme de la escuela a las 6. Aunque despido a los niños a las 3, mi día como maestra sigue afuera del aula; a veces penetra mis sueños.

Una noche desperté a una amiga porque un tipo entró al aula de mi subconsciente para enseñarles a mis estudiantes algo de música. Como siempre, cuando un invitado viene a visitar la clase, a los niños les hago saludarlo: “Good afternoon Mr. XYZ”. Al decir “Good afternoon Mr. ________” el aula de mi subconsciente y el maestro desaparecieron, y vi que estaba en el cuarto de mi amiga, que me estaba diciendo, “Robin, we’re sleeping”. Por lo menos, mi amiga me llamaba Robin en vez de Miss Kilmer. Si no, no podría haber salido del sueño. 

Tengo 23 años y estoy encargada de 23 niños, que son hijos de inmigrantes, o que nacieron en México, Puerto Rico, o la República Dominicana. Es una clase bilingüe del tercer grado. Vivimos juntos en el aula 305 por casi 8 horas del día. A mi me llaman teacher, profe, maestra o miss kilmer. Cualquier nombre, en cualquier momento puede estar acompañado por una mano que me toca la espalda. Poco a poco están aprendiendo que no les respondo cuando usan sus manos como pájaros carpinteros tratando de taladrar un hueco en mi espalda como si fuera el tronco de un árbol. 

Los niños y los pájaros

Usualmente los niños que tienen las manos como pájaros carpinteros están de pie. Ignoro a estos niños, pero les planteo a los demás esta pregunta: “Niños, ¿qué es lo que necesitan hacer si quieren mi atención?”. “Levantar la mano”, me dice un coro de voces jóvenes. De repente, los niños de pie buscan sus asientos y levantan las manos. Pero las manos que pertenecen a los niños errantes nunca dejan de ser alguna forma de ave. Cuando no es la del pájaro carpintero, la mano levantada gradualmente se convierte en colibrí. Los dedos empiezan a revolotear a una velocidad urgente, hasta que no se pueden ver. En este momento, la mano de dedos no visibles, como las alas de los colibríes, contagia al antebrazo que empieza a menearse como la cola de un perro. Este movimiento se extiende al brazo entero, hasta los hombros como una hélice de helicóptero, y temo que el niño entero se vaya a volar de su asiento, o peor, que el niño se pare, camine hacia donde estoy yo ayudando a otro estudiante, y la mano del niño errante vuelve a ser un pájaro carpintero. 

Cuando por fin un niño tiene mi atención a veces lo único que me tiene que decir es “Miss Kilmer, terminé”. Esto quiere decir que terminó con un problema de matemática y todavía tiene 19 más que hacer. Pero por alguna razón, le resulta tan importante decirme que hizo uno que su mano cumplió por lo menos cuatro transformaciones.

La diferencia entre los niños y los adultos es que en la mente de un niño hay un concepto de haber terminado con algo. Pero mi realidad no es tan linda. Estos niños tienen que aprender un montón de cosas—en la primavera toman exámenes de lectura, escritura, matemática, y ciencia. Algunos, aunque estén en tercer grado ni siquiera saben el alfabeto en español. Algunos no saben restar 6 de 12. Hay unos niños que nunca han asistido a la escuela en su vida, pero como inmigraron a los Estados Unidos, se espera que puedan leer, escribir y hacer matemáticas al nivel de alguien en tercer grado. Por eso, me cuesta tanto escuchar a los niños decirme “Miss Kilmer, terminé”. 

 
 
 
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