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Ser un gringo de actitud abierta

Desde la fundación de la competencia cultural hacia una actitud abierta

Por
September 2009
“¿El latín es un idioma muerto? ¡Qué va! ¿Pues cuál se habla en Latinoamérica?” Esta prueba de ignorancia, afirmada por un estudiante de un instituto de los Estados Unidos, fue citada por el educador E.D. Hirsch, partidario principal de la competencia cultural (cultural literacy, en inglés). Cuando oyó ésto, se rió mi hija, que en aquel entonces tenía 15 años y era una estudiante sobresaliente. Entonces contestó la pregunta: “Por supuesto, se habla español”.

“Pero, Oona”, le repliqué. “¿Por qué no se llama la región entera América Española?” Entonces le recordé sobre los dos países en la región poblados por hablantes de idiomas fuera del español, que son derivados del latín: Brasil y Haití.

El Sr Hirsch asevera que todas las sociedades del mundo (menos la nuestra) procuran dejar el legado de la cultura de los adultos a los niños. Desgraciadamente, tal vez a causa de la fascinación norteamericana por la idea pedagógica romántica del buen salvaje de Jean-Jacques Rousseau, se han privado a los niños estadounidenses del conocimiento básico suficiente para funcionar eficazmente en la sociedad contemporánea. Hirsch define la competencia cultural como la comprensión de la información de contexto que suponen los escritores y los interlocutores que ya tengan sus lectores y oyentes—información que incluyen las respuestas a tales preguntas como (por ejemplo): ¿Qué tres idiomas neolatinos se hablan en Latinoamérica? ¿Qué es H2O? ¿Qué es el crecimiento exponencial?¿el feudalismo? ¿el paso de ganso? ¿el significado de la expresión «feet of clay»? ¿Qué significa «schibboleth»? ¿Dónde está Lisboa? ¿Vladivostok? ¿Galveston? ¿Quién era Mussolini? ¿Langston Hughes? ¿Helena de Troya? ¿Qué era la Solución final? ¿Cuándo se peleó la guerra civil? (En realidad, ¿cuál es la importancia de las fechas 1066, 1215, 1492, 1620, 1776, 1861–1865, 1914–1918, 1939–1945, 1989 y 2001?) ¡Éstas no son preguntas de trivialidades frívolas!

Mi educación secundaria, que obtuve durante el mandato segundo de Eisenhower, llenó los requisitos de la competencia cultural. Mis compañeros de escuela o tomaron (como yo) cursos que preparaban al estudiante para la universidad (como álgebra avanzada, cálculo, física, química, sociología, escritura creativa) o tomaron cursos generales (como álgebra básica, biología rudimentaria, carpintería). Mi escuela ofrecía sólo dos lenguas extranjeras: latín para los estudiantes que se preparaban para la universidad y español para los estudiantes generales. Mi maestra de latín, la Srta. Atkinson (¡una de las tres maestras solteras que habían sido maestras de mi madre!), me introdujo a la Eneida por Virgilio, la Guerra de las galias de César, y las construcciones complicadas de esta lengua muerta (que incluyen el caso ablativo de la cuarta declensión y el tiempo pretérito pluscuamperfecto de la tercera conjugación) y me dio un aprecio por la lingüística. Además mediante el latín yo podía aumentar mi vocabulario en inglés. Lamentablemente los estudiantes mal dispuestos a la lengua hermosa del español obtuvieron sólo un nivel de habilidad que se representa en la «telenovela» ridícula ¿Qué hora es? 

Con mi fundación de la competencia cultural que había obtenido en el instituto, podía entender en contexto las rigurosas lecturas universitarias. A partir de entonces el objetivo de mi educación ha sido (y es todavía) convertirme en un gringo de actitud abierta. El término de ese idioma muerto del que se deriva la palabra «educación» es ēdūcere, que significa «guiar afuera». La educación debe guiar al estudiante fuera de la caverna de las sombras, que se describió en la alegoría de Platón, a la luz de la ilustración.  

Hay dos barreras importantes a la educación en este país: el antiintelectualismo imperante y el precio alto de asistir a la universidad. Discutir en detalle estas barreras requiere otro ensayo, pero obsérvese lo siguiente: Si más ciudadanos se convertieran en gringos de actitud abierta (por la educación universitaria), el antiintelectualismo disminuiría. Si la educación universitaria fuera gratuita (como en otros países), más ciudadanos asistirían a la universidad. La educación gratuita requiere un cambio de la política gubernamental—¡ojala! 

*Escrito para la clase Español 201 de la Profesora Gabriela Carrión de Bard College.




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