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María y Yair, foto de Britt Shacham
María y Yair, foto de Britt Shacham

Humanos de la caravana

Por Britt Shacham
December 2018
Algunos medios en los Estados Unidos han presentado a las personas de “la caravana” viajando hacia el norte a la frontera como ex convictos, criminales o, en el caso del vocabulario preferido de Presidente Trump, como bad hombres. Esta colección de retratos aspira a brillar una luz diferente y más iluminante para los que caen en esta trampa de generalización, caracterización errónea que enmascara en primer lugar la humanidad de las madres e hijos que se embarcar en este difícil viaje.
Aquí, en La Ciudad Deportiva Magdalena Mixhuca, en la Ciudad de México, el olor a aguas negras llena el aire y la enfermedad está en todos lados. Niños y niñas tocen, vomitan, manchados de moco seco. ¿Estarían aquí si fuera otra su realidad?

A pesar de todo, se mantienen sorprendentemente optimistas, extremadamente hospitalarios y agradecidamente felices de haber tenido la oportunidad de hacer un nuevo comienzo, ni importa cuán largo y lejano sea el viaje que tengan que hacer.

Recordemos que antes de las etiquetas superficiales, la categorización apresurada y las asociaciones falsas, nosotros y ellos somos, en esencia, seres humanos. Empecemos a actuar de esa manera y mejoremos nuestras formas de pensar.


Karen Macy, María y Yair


Llegué a la ciudad de México sin un plan específico. Sabía que estaba allí para fotografiar a las madres y los niños de la caravana, pero aparte de eso no tenía absolutamente ninguna expectativa.

Pensé, ¿cómo podría llegar a un lugar que en su naturaleza es caótico, inseguro, en un desorden e imponer cierta estructura? Preferí dejar que el ambiente me tragara y me escupiera, dejándome con la mejor opción para nadar o ahogarme.

En la Ciudad Deportiva Magdalena Mixihuca, un gran estadio deportivo convertido en un centro para la gente de la caravana, encontré que el flujo entre el caos era sostenido por las madres y los niños de la caravana.

No tuve que mirar demasiado profundo ni demasiado lejos para encontrarme con abrazos, miradas, caricias, limpieza de nariz o revisión atenta de los piojos de la madre.

Desarrollé una técnica inspirada por instintos humanos. Simplemente me acerqué a todas las madres e hijos que pasé, o quienes me pasaron, les conté la naturaleza de este proyecto y les pregunté si les importaría que me hicieran sus retratos como parte de él.

El 98% de estas mujeres y niños no solo estuvieron de acuerdo, sino que también me recibieron con una bienvenida que no esperaría de personas que recibieron tanto rechazo de la sociedad.

Karen Macy fue una de las primeras madres que conocí en el centro. Me encontré con Karen, con su sombrero rosa y su hija María, jugando en los columpios.

Al principio, María no estaba muy segura de mi solicitud, a lo que Karen respondió levantándola, mirándola con una sonrisa radiante llena de dientes a los que uno simplemente no podía permanecer neutral.

Al día siguiente volví a encontrarme con Karen y María, pero esta vez con otra parte de la familia, Yair, un hijo amoroso para Karen y hermano para María. Jugamos, nos reímos, nos unimos de maneras que no creería que solo dos días lo permitirían.

Karen, con una María adormecida en una mano y una Yair enérgica con la otra, me contó su historia, de la que pensé que compartiría un poco:

“Estoy viajando con mis cuatro hijos, tres hijos y una hija. Dejamos nuestro país porque uno no puede trabajar allí, uno no puede vivir. No vivo con el padre de mis hijos, y el trabajo no es una posibilidad para mí como mujer que vive allí. ¿Cómo iba a proveer con agua a mis hijos? ¿Con electricidad? El gobierno no ayuda a los pobres, se ayuda a sí mismo. Hay tanta avaricia...

No podíamos dejar la casa, el vecindario o la ciudad ... decidí irme para que tuvieran mejores oportunidades. El viaje fue una experiencia real para mis hijos. Caminamos juntos, conocimos a otros, nos escuchamos, ayudamos.

Solo nosotros los humanos podemos ayudarnos unos a otros. Todos queremos vivir. Todos somos iguales. Hay personas que no pueden caminar, que no tienen ojos o manos, entonces nosotros, que lo tenemos todo, ¿cómo no podemos ayudarnos unos a otros?”

Le pregunté si le tenía miedo el viaje, y me respondió: “No, nos teníamos el uno al otro. La caminata fue hermosa y la completamos unida con otras. Mi único temor es que cuando lleguemos a los Estados Unidos me separen de mis hijos; sería una tortura absoluta;
inhumano.”

Al final de nuestra conversación, la cabeza de María descansaba sobre el pecho de Karen, dormida, y yo estaba llamando a Karen Mamá.

La idea de que ellos, o los amigos y compañeros que hicieron en este viaje fueron atacados con gas lacrimógeno, violencia y hostilidad, me duele de una manera que no puedo expresar con vocabulario.


María y Javier de San Pedro


Tras no haber podido pagar los sobornos impuestos en su familia por miembros de una ganga, la casa de María fue quemada y sus dos hermanos, quienes habían invertido todo su dinero en tratamientos para Javier, fueron asesinados.

Javier sufre de Síndrome de Down e hidrocefalia, una condición donde el exceso de fluido se acumula en el cerebro, causando problemas de coordinación, motivación, destrezas organizacionales, visión (mira los ojos de Javier) y lenguaje.

Los conocí pocos días después de que Javier sufriera una convulsión que le requirió estadía en el hospital, lo cual dejó a su madre preocupada por la vida de su hijo.

¿Puedes imaginar haber superado eventos mortales y el viaje en la caravana solo para ser recibido con más violencia en un destino que se supone que sea un lugar seguro?

El proyecto Las caras de la invasión
 

A la luz de los eventos violentos de fines de noviembre, de atacar a solicitantes de asilo y niños con gases lacrimógenos, me parece pertinente compartir el proyecto: Las caras de la invasión.
Con esta colección de retratos con madres e hijos, tengo la esperanza de desenmascarar el fanatismo, esencialmente dándoles una cara a estos "invasores".

Todos ellos son nuestros semejantes, quienes, como nosotros, quieren su derecho inalienable a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Una vez que veamos y nos demos cuenta de eso, tratémoslos como hermanos y hermanas, como nuestras madres e hijos, como nuestros abuelos y vecinos.

Para más información, más fotos e historias de los humanos de la caravana, visita HATE (ED).

*Traducción al español de Davide de la Cruz
 

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