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Rigoberto Barahona: Reinventándose a través de las fronteras y el tiempo

Por Antonio Flores-Lobos
April 2017
Como el 15 de abril cae en un sábado, y el lunes es un día feriado en la capital nacional, el Servicio de Recaudaciones Internas, IRS, Tío Sam, o como le llamen, nos ha dado hasta el martes 18 para que declaremos nuestros impuestos. Esto significa que nada de entretenimiento se puede anotar en la agenda del preparador de impuestos salvadoreño de Kingston, Rigoberto Barahona.
 
 
Pero el estar ocupado, mirando y calculando números por días no le molesta en lo absoluto, Y sí, puede que gane más dinero trabajando largas horas, pero en realidad lo que lo mueve, según decía mientras devoraba unas pupusas recientemente en un restaurante local, no es el amor al dinero, sino el amor por su comunidad hispana.
 
Además, hay que tomar en cuenta que su relación con los números se remonta a los tiempos en que vivía en su natal ciudad de Santa Ana, en donde llegó a dar clases universitarias y a escribir un libro sobre contabilidad, sin tan siquiera haber obtenido un título.
 
Pero aún así, cuando llegó a los Estados Unidos, hace 16 años, le tocó empezar de cero, tal y como le sucede a la gran mayoría de los inmigrantes. Cuando menos pensó se vio trabajando como cocinero en un restaurante, de empleado en un hotel y de aprendiz en una compañía constructora.
 
Si adelantamos el video al 2017, se encontrará a un inmigrante salvadoreño completamente establecido, que se ha ido reinventando y adaptando al medio que lo rodea, mientras crea su propio modus vivendi, modo de vivir. Desde su oficina/taller, Rigoberto prepara impuestos, repara y vende computadoras, e imprime imágenes en camisetas, calendarios o pósteres, entre otras cosas.
 
También le gusta funcionar como consultor en los pequeños negocios de los cuales lleva la contabilidad. “Me encanta verlos salir adelante, mantenerse a flote y prosperar,” dice.
 
Adora las computadoras y la tecnología, pero detesta ver cómo teléfonos, tabletas y computadores le están robando la niñez a los adolescentes, y los hijos a los padres. “Cuando llegas a casa después del trabajo, te das cuenta de que estás sólo, a pesar de tener hijos y esposa. El único que te recibe contento es tu perro”, dice. Pero es optimista y piensa que situaciones como esas pueden desaparecer si se usan las tecnologías con moderación.
 
De pronto entra en un trance nostálgico y al salvadoreño le vienen a la mente los domingos de su adolescencia cuando leían en un aflojerado domingo el periódico impreso en papel. Le invaden los recuerdos de los seis hijos que no crecieron con él. “Me encantaría estar con ellos y con la familia, como añora todo inmigrante … pero les fallamos en algunas cosas cuando nos fuimos y los dejamos,” reflexiona el contador.
 
Se pone pensativo y se transporta a al presente del cual dice que hay mucho que se puede hacer por su comunidad. Le sale una sonrisa apretada, pero comienza a hablar sobre sus hobbies, de las otras cosas que también le llenan el espíritu; como aprender sobre inmigración, leyes, medio ambiente, economía, impuestos y comunidad.
 
“Es tiempo,” dice, “que los hispanos se unan porque unidos podemos hacer frente a lo que sea”.
 
Una de las cosas que detesta el salvadoreño es la apatía y miedo que ve en la comunidad, el racismo, la separación de familias por deportaciones, pero sobretodo, ver como algunos latinos siguen estancados en sus nacionalidades, sin ver que en la unión está la fuerza.
 
A la vez, el salvadoreño, quién está por terminar su segundo libro, y no descarta la posibilidad de lanzarse como candidato a alguna posición gubernamental, reconoce que es digno sentirse orgulloso de sus raíces ―siempre y cuando no interfieran con los deseos de unidad que florecen en la pujante comunidad hispana que busca una justa porción del pastel llamado Estados Unidos de América.
 
Puede contactarlo en Barahona64@hotmail.com
 
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