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Vista del Hudson River en invierno, foto de Natalie Schuman
Vista del Hudson River en invierno, foto de Natalie Schuman

Sueño americano

El testimonio de lucha de una mujer inmigrante
 

Por Liliana Panza
March 2017
Aún veo a esa niña y adolescente que tiembla de miedo cada vez que su padre llega ebrio y golpea a su madre. También recuerdo que le rogaba a Dios que llevara a mi padre y no a mi madre, pensaba si mi madre se moría, yo no viviría, y qué sería de mis tres hermanos. Del resultado de la violencia doméstica que veía a diario crecí creyendo que una mujer no valía nada. He luchado batallas para superar lo que viví y aprendí de niña. Aquí aprendí a darme amor propio y a ver que mujeres como yo son tan valiosas, ya sea siendo una madre ejemplar, una trabajadora fuerte, una profesional exitosa, una líder en su comunidad, y más.
 
Llegué a este país hace 12 años después de que me quedé viuda a los 20 años. Desde el día que llegué aquí mi meta fue conseguir el General Equivalency Diploma (GED), pero jamás se me olvida que cuando pregunté a una maestra de inglés como hacerlo me dijo: “¡fuu, mijita para el GED te falta mucho!” Este comentario me dio a entender que yo no obtendría el GED. Por otra parte, el limitado número de amigos y familiares que me rodeaban entonces decían que limpiando casas se hace buen dinero, que trabajar en una gasolinera es un trabajo fácil, y que los inmigrantes sin documentación no podían ir a una universidad en los Estados Unidos. Pero el ser testigo del sufrimiento de mi madre fue el arma para trazarme metas casi imposibles a la vista de los que me desanimaban.
 
El primer año en este país trabajé lavando vajillas en un restaurante asiático. Pensaba que porque no tenía documentación en regla era aceptable que mis uñas se pudrieran cuando lavaba sin guantes, o porque mi inglés era limitado mi compañero tenía el permiso de decirme “I’m gonna pum pum you with a pistola!”. Al año siguiente en un restaurante libanés sufrí un accidente y mi jefe antes de llevarme al centro de salud en Peekskill me hizo prometer que no le diría a nadie en el centro que él era mi empleador, yo delirando de dolor le dije “Okay”. Al cabo del incidente me despidió.
 
Años más tarde, en una gasolinera por $6.50 la hora realizaba trabajos de mantenimiento como soplar hojas en otoño, pintar, etc., mientras tanto había hombres trabajando en la registradora. Después de tres años, por encima de mi jefe quien se empeñaba en mantenerme abajo, llegué a ser asistente de encargado y me subieron el sueldo. El trato no mejoró mucho. Hasta que al final, en el 2009, durante la recesión llegó de Pakistán el nuevo dueño de tan solo 19 años. Este, desde que llegó buscaba la manera de bajarme el sueldo. Un buen día yo estaba encargando provisiones por teléfono y me dijo “Liliana, what are you doing talking on the pone?” Pero para entonces jamás dejé asistir a clases de inglés nocturnas dos o tres veces por semana, al mismo tiempo recibía terapias de autoestima una o dos veces al mes.
 
Estas fueron mis dos armas para afrontarme con mi nuevo jefe y esta vez no iría a encerrarme en el baño a llorar en silencio. Entonces él me dijo, si no estás de acuerdo con mis reglas puedes irte, las puertas están abiertas. Esa fue una de las primeras veces que pude ponerle un alto a la gente que menosprecia mi persona. Con una sonrisa le dije “Okay, no problem.” Aunque después de un tiempo mis ahorros se terminaron y caí en una profunda depresión al punto de terminar en una sala emergencia en el hospital de Valhalla. Pero de estas mismas experiencias aprendí que soy valiosa como mujer, empleada y estudiante; y desde el 2009 los empleos no me duran porque tengo bien definida la línea entre un trato justo y abuso dentro de un empleo.
 
Pude haber tenido un sin fin de percances en mi vida, pero mi prioridad principal siempre fue obtener el GED y matricularme en una Universidad algún día. Con el mismo objetivo, deposité mi esperanza en el Presidente Barack Obama desde el 2008 hasta el 2012 por una reforma de inmigración. En el 2013, con las esperanzas desvanecidas comencé a vivir mi sueño y pesadilla a la vez. Después de varios intentos pasé el examen del GED en noviembre del 2013, y para esa fecha ya había terminado mi primer semestre en Dutchess Community College. El recibir mi primer diploma en los EE.UU. fue un sueño hecho realidad. Pese a que no califiqué para Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), Acción Diferida para los Padres de Estadounidenses (DAPA), o préstamos estudiantiles, y solo podía aplicar para un número limitado de becas, la alegría no cabía en mí ya que finalmente estaba empezando mi educación universitaria, después de posponerla por años.
 
Era consciente de que esto traería un sin número de retos financieros. Pero jamás me imaginé que para pedir dinero prestado tendría que ignorar el acoso sexual. No tuve otra opción que callarme o dejar de estudiar. También la misma falta de dinero me llevó a que regularmente comiera solo “chucherías”, era normal que el tanque de mi auto estuviera en amarillo, y los regalos que recibía en navidad o cumpleaños los vendiera para juntar dinero para la colegiatura.
 
Parte de estos retos financieros se debían a que me negaron el trabajo de tutora de español en Dutchess porque no tenía un papel. Ese día recuerdo que pensé en inglés, “drive off the bridge”. Mientras iban manejaba lloraba a gritos y repetía “¡Por qué no, por qué no!” Dos años más tarde la historia se repitió en la universidad de New Paltz, esta vez empecé a aislarme y mi percepción era que me aceptaban como estudiante, pero reprimían mi potencial bilingüe. A consecuencia de estos hechos perdí el interés de participar en clubes estudiantiles, hacía menos voluntariado que cuando estaba en Dutchess. Trabajaba más los fines de semana como cajera en una gasolinera.
    
Después de tantos sacrificios y gracias a profesorxs, y amigas con una calidad humana excepcional sobreviví el peso emocional y financiero durante cuatro años. El 20 diciembre del 2016 completé mi Licenciatura (B.A) en español con una concentración secundaria en inglés y mi diploma está en proceso. Cumplí uno de mis sueños más anhelados. Hoy me espera el reto de realizarme como profesional. Mi testimonio de lucha solo es uno entre millones.
 

 
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