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La avioneta 

Por Miguel Rodríguez Otero
June 2016
Todos los lunes me dejabas mensajes y papelitos pintarrajeados en los bolsillos de la chaqueta o del abrigo, soy despistado y nunca me daba cuenta de cuándo lo hacías; ‘ven a tal hora’, ‘¿cenamos esta noche en tal sitio?’, ‘¿prefieres la blusa verde, la azul o ya directamente sin blusa?’
 
Yo, ya me conoces, no tiraba ninguno, los iba guardando todos, llevaba la ropa llena de papelitos arrugados con la tinta corrida, los cambiaba de bolsillo a medida que iban cumpliendo, pero siempre es un lío: a veces aparecía en un sitio donde nos habíamos visto un mes antes, con lo cual inmediatamente rebuscaba y releía uno por uno el resto tratando de descubrir cuál correspondía al día. Esto es muy poco eficaz organizativamente, lo sé, pero eran nuestros sitios, los que íbamos creando y nombrando, tenía que guardarlos.
 
Ahora escribo notas que me recuerdan quiénes fuimos y que sustituyen a los papelitos que me dejabas, notas de momentos, de abrazos, de recados y risas que nunca venían a cuento, notas de lo que soy o fui, para no olvidarme, para seguir siendo, para que me conste, como en el juzgado, y no ceder así a la locura, aunque ya no sé qué hacer con tantas notas que se me ocurren y que te voy dejando en lugares oscuros y absurdos de la ciudad. Pienso que alguna vez pasarás por estos sitios y tal vez las veas y, es más, sepas que son para ti, las reconozcas como una señal.
 
Cuando sucedía así, cuando perdía alguno que me parecía especialmente cariñoso o atrevido, yo mismo lo reescribía en otro papel, como para repetir el ritual de amor y cita, a manera de recordatorio. Más o menos como hago ahora, amor, cuando escribo muchas de esas cosas que nunca van a suceder, a manera también de recordatorio de lo que fui y murió, para no olvidarlas, que descansen tal vez con sus caligrafías y sus abrazos, que se unan a otras palabras, que encuentren otras frases, otros labios que las lean.
 
He perdido los papeles con casi todo en la vida, quizás por eso escribo estas líneas. Solo tengo borradores ya, listas de cosas que alguna vez pensé hacer, lugares a los que ir contigo, sitios a los que poner nombre juntos que se amontonan esperándome. Mis lunes se reducen a la lista de la compra: manzanas, tomate, dos kilos, lo que sea, puede que algún día volvamos a encontrarnos en las frutas, y le pido al auditor de impuestos que me explique línea por línea los pormenores de lo que aquel papel dice que soy. No sé dónde está esa otra parte de mí que me aturde con los días de la semana y las verduras, como si fuéramos a tener una cita en el súper. No sé qué poner en mi currículum: ‘prefiere crema de zanahoria’, ‘reside en París’.
 
He besado tantas palabras a punto de decirse, tantos futuros que casi sucedieron, tanta risa sin necesidad de certificación notarial, buscando nuevas ciudades donde olvidarte y encontrarte una y otra vez, donde ser esa luz parpadeante, intermitente, que llame tu atención, como un faro o una señal de tráfico inevitable que hay que mirar, quién sabe en qué supermercado, en qué aeropuerto lleno de aviones de papel que sacaré de los bolsillos y en los que escribiré todos nuestros nombres, todos nuestros lunes, para que nos sea imposible perder este viaje, amor. 
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