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<div>Jesús López Vega (centro) explica su mural a un grupo de expatriados estadounidenses en Ajijic.</div>
Jesús López Vega (centro) explica su mural a un grupo de expatriados estadounidenses en Ajijic.

Usos y costumbres

Las mecenas del arte folclórico mexicano
 

Por Julia Vunderink
March 2016
Comenzando con la rehabilitación cultural que surgió de la Revolución Mexicana, la apreciación por las artesanías y artefactos culturales indígenas de México aumentó después de 1920. Descubrimientos arqueológicos y un creciente interés por la herencia cultural mexicana facilitaron que sus artesanías encontraran una amplia audiencia en los Estados Unidos. Artistas específicos representaron tanto el orgullo mexicano postrevolucionario como una nueva visión de la importancia de su pasado indígena. La apreciación y el interés por las artesanías mexicanas crecieron en los Estados Unidos durante los años 1920 y 1930, a pesar de los conflictos políticos entre ambas naciones. Artistas como Diego Rivera y José Clemente Orozco popularizaron el arte mexicano en los Estados Unidos y Europa, pero su amplia popularidad no hubiese sido posible sin el apoyo monetario que recibieron de sus mecenas, mujeres blancas estadounidenses.
 
Muchos artistas mexicanos fueron conocidos por obras que glorificaban las tradiciones folclóricas de México y las poblaciones indígenas, elevando así el estatus de los pueblos indígenas y su papel en el brillante futuro del país. El más conocido de estos artistas en los Estados Unidos fue Diego Rivera, un pintor del movimiento muralista que abogó fuertemente por una reforma socialista y por recuperar la herencia mestiza de México. Rivera amaba profundamente la cultura indígena mexicana, y estaba orgulloso de su propia mezcla de sangre indígena y española. Tenía una gran colección de artefactos precolombinos y detallado conocimiento del folclore azteca.
 
Aunque algunas de sus obras más famosas se centran en cuestiones políticas, la mitología nativa era uno de los temas favoritos de Rivera. La iconografía indígena y el folclore aparecen con frecuencia en las pinturas de Rivera, quien a menudo unía lo antiguo a lo moderno sugiriendo una continuidad de la cultura mexicana a través del tiempo. Rivera jugó un papel importantísimo en perpetuar el nacionalismo mexicano y el interés por temas indígenas desde el movimiento muralista. Su popularidad en México y los Estados Unidos le permitió educar a las masas sobre las culturas indígenas mexicanas. Rivera creó y popularizó una combinación estética del pasado y del presente que fue reconocida como únicamente mexicana.
 
Otra figura destacada que advocó por la popularización de la artesanía en esa época fue su esposa, Frida Kahlo. Al igual que Rivera, Kahlo era mestiza de herencia indígena y europea, y por eso sintió la conexión y el compromiso con la cultura indígena mexicana. Mientras Rivera popularizaba la temática indígena y popular en el mundo de las bellas artes, Kahlo fue más representativa de la incorporación de la artesanía en la vida doméstica cotidiana. Para Kahlo, la mujer como ama del espacio doméstico fue un elemento clave en la esencia de la cultura mexicana.
 
Así se ejemplifica en la forma en que Kahlo decoró su casa y jardín, donde objetos folclóricos, pinturas coloniales y colección de estatuas aztecas cubrían paredes y estanterías. Kahlo también modeló su cocina según  las cocinas mexicanas por excelencia de la época colonial (en su mayoría de Puebla), con la estufa y ollas distintivas de la época, por no hablar de los azulejos de color amarillo brillante en el suelo y las paredes. A pesar de que se la consideraba tecnología de cocina anticuada, que Kahlo quisiera mantener la estufa y decoraciones antiguas es muestra de su lealtad a los elementos tradicionales de la casa mexicana, una pasión que también se ve en algunos de sus bodegones. En su jardín Kahlo construyó un templo azteca en miniatura y plantó exuberante flora autóctona, creando un ambiente que reflejaba el pasado de México y servía como el hogar perfecto para sus numerosos animales domésticos nativos.
 
Kahlo no paró con la decoración de su casa, sino que puertas afueras también representó la herencia mestiza europea y mexicana al adoptar la vestimenta tradicional. Comenzando el día de su boda con Rivera, Kahlo habitualmente usaba vestidos y faldas de bordados muy elaborados, a menudo al estilo de Tehuantepec, la región donde nació su madre. Además, Kahlo usaba rebozos tradicionales con accesorios de piezas de la época colonial o joyas aztecas reales. Al usar este tipo de vestimenta,  Kahlo no sólo enlazaba figurativamente el pasado de México, sino que le daba a esta historia una presencia física en su propio cuerpo moderno.
 
Kahlo incorporaba a sus obras elementos modernos y antiguos para condensar la historia de México en una verdad esencial que ella representaba en sus cuadros y su ser físico. Kahlo fue una figura social destacada en México, y por eso un modelo a seguir por usar la decoración de interiores como declaración política promoviendo la mexicanidad. Sin embargo, a menudo se la veía como una representación del México exótico en el extranjero. Tanto Rivera como Kahlo exploraron el significado de la identidad mexicana, y elevaron la conciencia de la herencia mexicana como una compleja mezcla de culturas pasadas y presentes.
 
Debido a su  postura única sobre la cultura y la historia de México, artistas como Kahlo y Rivera llamaron la atención de muchas mujeres estadounidenses adineradas, que se convirtieron en mecenas clave para financiar la supervivencia de las artes populares en México. En combinación con un interés verdadero por la cultura y las artes de México, la riqueza económica y la falta de dependencia en trabajos utilitarios permitieron a mujeres estadounidenses ricas y educadas  convertirse en las principales patrocinadoras de las artes mexicanas. A menudo también, estas mujeres hicieron relaciones personales con los artistas. Las mujeres blancas ricas se convirtieron en compañeras de los artistas mexicanos en los Estados Unidos, guiándolos a través del mundo del arte estadounidense y ayudándoles a tener éxito como artistas.
 
Por ejemplo, Diego Rivera fue apoyado por Frances Toor, y José Clemente Orozco fue introducido a los Estados Unidos por Alma Reed, ambas adineradas mujeres estadounidenses que organizaban muestras para publicitar a los artistas. Así, Frida Kahlo era vista como ejemplo de activismo femenino en el movimiento de arte mexicano, y servía de ejemplo para estas mujeres blancas. Pero mientras Kahlo como patrocinadora estaba conectada a la cultura que apoyaba, las mujeres estadounidenses inherentemente venían de una posición de privilegio blanco que idolatraba las culturas indígenas a la vez que les quitaba la agencia a las poblaciones nativas. Por ser ajenas de las comunidades nativas, las mujeres blancas podían elegir qué elementos de la cultura para prescribir, y cuáles ignorar o cambiar.
 
A veces, esto condujo a la ignorancia y la explotación por parte de las mujeres. Por ejemplo, se cree que Alma Reed se quedó con demasiado de las ganancias generadas por la venta de las obras de Orozco. Sin embargo, Reed y las demás mecenas estadounidenses fueron la razón por la cual artistas como Orozco y Rivera pudieron tener éxito, y no podemos negar que estas mujeres fueron impulsadas ​​por un verdadero aprecio por el arte popular mexicano y su estética cultural.
 

Hoy como ayer: Ajijic

 
Podemos ver relaciones similares entre los artistas mexicanos y patrocinadoras estadounidenses en el México de hoy en día. Un ejemplo está en Ajijic, Jalisco, donde vive la comunidad más grande de habla inglesa en un país donde el inglés no es el idioma oficial. Hay muchas galerías de arte en Ajijic, pero la mayoría son propiedad de mujeres blancas de mediana edad.  Se debería reconocer a estas mujeres como las mecenas de una cultura artística que no podría sobrevivir de otra manera en un pueblo aislado que lucha por la estabilidad económica. Salen a la búsqueda de artesanos y les proporcionan un medio para vender su arte.
 
Jesús López Vega y Dionicio Morales son dos artistas que viven en Ajijic y ejemplifican cómo el arte ha sobrevivido gracias al apoyo financiero de extranjeros. Los dos hombres comenzaron su educación en las artes gracias al patrocinio de Neill James, una mujer estadounidense residente de Ajijic, y, posteriormente, pasaron un tiempo trabajando como artistas en Estados Unidos. Ambos fueron regresados a su patria después de haber vivido la cultura estadounidense y haber descubierto la importancia de su propia cultura y arte.
 
López Vega y Morales representan una continuación de los ideales artísticos presentados por el muralismo y Diego Rivera en particular. Sus obras, en su mayoría pinturas y murales, retratan la historia de Ajijic, fiestas y tradiciones locales, y exploran la religión y la mitología de los grupos indígenas locales. Estos artistas mexicanos, especialmente López Vega, se inspiran en los trabajos posteriores de Rivera, en los que las mitologías nativas eran un tema favorito, y van en paralelo con ese estilo. Así, López Vega infunde al muralismo un nuevo significado político, específico al medio ambiente y la cultura modernos de Ajijic. López Vega continúa una tradición de muralismo mexicano en una ciudad que, sin embargo, está financiada por extranjeros blancos.
 
Si bien admite que el 80 por ciento de sus clientes son extranjeros y turistas blancos, López Vega afirma que sus obras reflejan su verdadero interés por los temas folclóricos y por el diálogo siempre en evolución con sus colegas artistas. Naturalmente, con el aumento de la presencia extranjera en Ajijic, los artistas locales como López Vega y Morales se sienten más inclinados a preservar las tradiciones indígenas locales y sus artefactos. Ellos utilizan formas de arte popular postrevolucionarias para conservar mitos antiguos y una estética simbólica. Ambos son conscientes de la importancia de su historia, y saben que perder estas artes por la creciente anglicanización con el influjo de jubilados estadounidenses a Ajijic sería una pérdida irreparable. Por eso, sus esfuerzos en crear el Centro Cultural Ajijic les da un espacio propio a los artistas locales, un espacio que es, irónicamente, financiado por los residentes extranjeros.
 
Aunque tenemos una larga lista de artistas mexicanos a quienes agradecer por los bellos objetos y obras de arte que producen, debemos dar crédito también a las patrocinadoras estadounidenses por su papel en financiar la producción de estas artesanías durante el siglo pasado; y no podemos negar que los principales centros de arte de México están también localizados en las regiones con las mayores poblaciones de extranjeros.
 
* Traducción al español de Odett Salcedo y Mariel Fiori
* Extracto del proyecto final de graduación en Historia del Arte de Bard College, Female Patronage and Expatriate Influence in Mexican Folk Art, de Julia Vunderink. Para leer la versión completa, en inglés, vaya a: http://digitalcommons.bard.edu/senproj_s2015/94/
 
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