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Usos y costumbres

Identidad dominicana: Blanquear la diáspora africana

Por Bernardo Cáceres
February 2016
Aunque tengo piel blanca y fui criado por una mujer de descendencia irlandesa e italiana, nunca me consideré blanco. Mi padre era de la República Dominicana así que al crecer mi color de piel no importaba. Vivía en un complejo de viviendas con mayoría de inquilinos negros y latinos, y sólo me asociaba con mi dominicanidad. Para mí, mi mamá nunca fue una “mujer blanca”. Cocinaba comida dominicana y puertorriqueña, sus amigas y “familiares” eran mujeres puertorriqueñas de mi comunidad y hasta tenía acento nuyo-riqueño. Para mí y mis amigos, mi dominicanidad me permitía reafirmar mi lugar en el lado negro de las luchas raciales de los Estados Unidos y desasociarme completamente con mi blancura. Nunca me pareció raro. Nunca tuve que defender mi negritud o rechazar mi blancura frente a mis amigos. Vivía en la comunidad y tenía los mismos problemas que mis pares. No sonaba como alguien blanco ni quería serlo.
Mi introducción a la caótica historia de la República Dominicana fue en la clase de estudios sociales de séptimo grado. El maestro Weaver nos habló de la masacre de los taínos en la isla de La Española con la llegada de Cristóbal Colón. Me impactó completamente y lo vi como confirmación de que mi pueblo dominicano fue oprimido por el “hombre blanco” igual que los ancestros de mis amigos negros.

Moya, la abuela de mi mejor amiga, Allah Smart, era de Jamaica. En sus fotos familiares yo siempre era la oveja blanca, pero mi color de piel no importaba. En la escuela media, Moya nos dijo un día que ser jamaiquino y dominicano era casi lo mismo. Nos decía que teníamos más parentesco que lo que nuestro color de piel pudiera indicar. Entendí que nuestra isla compartía una historia y estaba orgulloso de eso. En mi comunidad, blanco no era algo bueno y estaba orgulloso de no tener nada que ver con eso.

Después de años de escuela pública en mi comunidad, asistí a Bard High School en Manhattan. Esta fue mi primera experiencia en una escuela predominantemente blanca y me sorprendí de hacerme tantos amigos blancos. Cambié mi forma de vestir y pasaba menos tiempo en mi comunidad. En la universidad, este dilema se amplificó. En una universidad privada predominantemente blanca, estaba muy consciente y a la defensiva del hecho de que podía pasar tan fácil por uno de mis colegas en Bard. Sentía la necesidad de afirmar mi no-blancura tanto en la escuela como en casa.

Mi tesis de graduación de Bard es producto de eso. En segundo año tomé una clase con Tabetha Ewing llamada “Cautiverio y Derecho” donde profundicé muchísimo en la historia de la República Dominicana. Pero a medida que aprendía la historia de la isla, me enojaba más con la República Dominicana. Ahora sabía que los dominicanos descendían no sólo de los colonos españoles y los pocos taínos que quedaban, sino también de los esclavos africanos que construyeron ambas naciones de la isla. Leí la explicación de Fanon sobre el “individuo colonizado” y me enojé por cuán colonizados se hicieron los dominicanos. Los jacobinos negros de CLR James contaba la historia de los esclavos negros que resurgieron de la opresión para crear la primera nación negra en Haití. Estos esclavos después salieron a desbandar la colonia española en el este y abrir paso a la creación de la República Dominicana. Pero allí, lo sé por las visitas a la casa de mi padre en Santiago, se menosprecia a los haitianos.

En clase leí sobre el mandato de Trujillo y el genocidio de decenas de miles de haitianos en nombre de la blancura en 1937, y me indigné. Mientras luchaba por y debido a mi negritud en los Estados Unidos, comencé a ver a mi patria como el paradigma de negro, ego, odio. ¿Cómo podía mi pueblo, tan obviamente parte de la diáspora africana, estar en tanta negación e ignorancia? ¿Por qué no aprendí esta historia antes? Me di cuenta que este sería el tema de mi tesis de graduación, pero no tenía idea todo lo que me faltaba aprender.

Ahora sé que fui culpable de cometer el mismo error que según Silvio Torres-Saillant cometemos al considerar nuestra propia etnia. “Debemos evitar generalizaciones sobre cualquier subdivisión de la familia humana, y siempre debemos vigilar nuestro propio racismo, no sólo contra otros, sino también el que podría surgir al pensar en nosotros mismos, nuestra gente, nuestra etnia, etc.”. Pensé que conocía mi dominicanidad y lo que debía ser ya que soy dominicano. Generalicé al pueblo dominicano basado en el accionar del estado y la clase dominante. En Cautiverio y Derecho aprendí la historia compartida de Haití y la República Dominicana, pero aun así los veía como mutuamente excluyentes, enmarcando la conciencia dominicana como la antagonista de la haitiana en su historia caótica.

Mi abuelo vino a los Estados Unidos en 1964 durante las guerras civiles tras el revocamiento de Bosch a la presidencia que finalmente fue asumida por Balaguer. Mi abuela vino en 1965, y a mi papá y todos sus hermanos los trajeron a los Estados Unidos en 1966. Mi abuelo fue el guardaespaldas de Balaguer en Nueva York desde 1978 hasta 1986 cuando asumió nuevamente la presidencia. Mi padre dio largas caminatas con el anciano que se iba quedando ciego, y lo respetaba. Mi padre nunca me contó la historia de mi familia o por qué mi abuelo mudó a la familia a los Estados Unidos. Nunca quiso hablar sobre la época de Trujillo o la presidencia de Balaguer. Nunca me explicaron qué significa ser dominicano, pero era consciente de la distinción necesaria entre dominicanos y haitianos en la República Dominicana.

Gracias a este proyecto aprendí mi historia familiar y también que los dominicanos, no sólo los “haitianos”, fueron oprimidos y explotados por la clase dirigente que dictaba que la dominicanidad  no es negra desde la época en que la nación era una colonia de esclavos. El libro de Eugenio Matibag Haitian-Dominican Counterpoint (Contrapunto haitiano-dominicano) cuenta la historia de la isla entera de La Española y enfatiza la igualdad entre las dos naciones. Ese libro cambió mi percepción de la dominicanidad e hizo darme cuenta de que se sigue oprimiendo a los dominicanos a causa de su negritud.

Los negros en la República Dominicana nunca fueron vistos como dominicanos. La clase dominante se benefició de un sistema en el cual no se veía a los negros como ciudadanos, y por lo tanto no tenían los mismos derechos que otros. Es decir, a las personas en la República Dominicana que eran negras no se las reconocía ni trataba como dominicanas, sino como haitianas y así se las catalogaba.

El libro de Lawrence De Bezault, President Trujillo: His Work and The Dominican Republic (Presidente Trujillo: su obra y la República Dominicana) y el de Joaquín Balaguer, La Isla al Revés, muestran cómo estos hombres controlaron el concepto de dominicanidad. Trujillo y Balaguer literalmente escribieron la historia de la nación y propagaron un “problema” haitiano en el país que otros ya habían comenzado a explotar.

El libro de Silvio Torres-Saillant Introduction To Dominican Blackness (Introducción a la negritud dominicana) explica la posibilidad del descubrimiento de la negritud dominicana en los Estados Unidos y en la misma patria como secuela de los grandes silencios impuestos de 1492 a 1996. Como los dominicanos están más conscientes de esta historia, parece inevitable el cambio en el trato a los negros dominicanos. Pero queda mucho trabajo por hacer.

En el 2013, el gobierno dominicano decretó que cualquier persona de padres “haitianos” indocumentados nacida después de 1929 no era dominicana. En el 2014, “haitianos” dominicanos en la República Dominicana y haitianos del otro lado de la isla se pronunciaron contra estas resoluciones y le pidieron al presidente Medina que cambie su política para que los dominicanos puedan conseguir ciudadanía. El presidente Medina y el gobierno dominicano dijeron que esta política no era racista, y aprobaron un proyecto de ley que supuestamente permitía una vía a la ciudadanía para estos negros dominicanos. Sin embargo, esta ley para “un país sin exclusión ni discriminación,” sólo creó una vía para que los dominicanos negros solicitaran permisos como trabajadores migrantes. Amnistía Internacional informó que hasta enero del 2015 solamente 5345 dominicanos pudieron conseguir los documentos necesarios para obtener estos permisos.

En el 2015 más de 200,000 personas en la República Dominicana siguen legalmente apátridas. Estos dominicanos son los hijos de inmigrantes haitianos que no recibieron documentación durante la era de Trujillo, o cuyas familias habían comenzado su vida en la República Dominicana años antes, pero se les revocó su ciudadanía  en esa época del anti-haitianismo amplificado. Sin documentos de identificación o derechos como ciudadanos, estos dominicanos no tienen acceso a la misma educación, trabajos, servicios de salud y seguros que sí tienen otros dominicanos. Clasificados como “haitianos” por el gobierno dominicano y muy a menudo por sus propios vecinos dominicanos, estos dominicanos no tienen hogar en Haiti y viven y contribuyen como parte de la comunidad en la República Dominicana.

El pueblo dominicano aún no asumió lo que realmente significa ser dominicano. El gobierno todavía puede enmarcar la política anti-negro como anti-haitiana y anti-inmigración (algo que los dominicanos aprendieron a obedecer). En lugar de salir a protestar a las calles para defender a verdaderos dominicanos, otros dominicanos siguen los pasos de su gobierno, y niegan la negritud dominicana.

Rehusarse a reconocer el racismo como problema en la política dominicana mantiene al pueblo dominicano en la misma oscuridad a la que ha sido forzado por siglos. La historia de la autodefinición de la República Dominicana como oposición a Haití, la defensa violenta del anti-haitianismo, la explotación durante la era de Trujillo, y las persistentes políticas anti-haitianas han facilitado que los dominicanos se aparten de lo que fueron obligados a ver como diferente. Sin la conversación Afro-céntrica tan presente y animada entre los dominicanos de los Estados Unidos, la República Dominicana está condenada a continuar con la misma tradición de negación al negro. Con tanta confusión y caos en este tema, los dominicanos en la patria y en los Estados Unidos deben preguntarse cómo y dónde comenzar la conversación.

*Traducción al español de Mariel Fiori y Evelyn Delgado
*Extracto del proyecto final de graduación de Bard College, Dominican Identity: Whitening an African Diaspora de Bernardo Caceres. Para leer la versión completa, en inglés, vaya a: http://digitalcommons.bard.edu/senproj_s2015/197/
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