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Estatua de El Cid en la cabecera del puente de San Pablo, en Burgos
Estatua de El Cid en la cabecera del puente de San Pablo, en Burgos

Usos y costumbres

Relato de un desconocido del futuro

Alán y el Cid Campeador, Parte I

Por Allan C. Edmands
August 2015

Me llamo Rodrigo Díaz de Vivar, y tengo 51 años. Soy el virrey de Valencia, en nombre de Alfonso VI, rey de León (también conocido como Alfonso I, rey de Castilla). Este es el segundo año de mi virreinado aquí, el trigésimo año del reinado del Alfonso en León, su vegésimo tercero en Castilla. Estoy dictándole este relato sobre un encuentro increíble a mi escribiente oficial, que se llama Marco, un monje de la orden cartujana. Él me aseguró que escribe cada palabra fielmente, y sabe que después voy a leer lo que escribe. 

Hace dos semanas los campesinos fuera de las murallas de esta ciudad quitaban los escombras del canal de riego en la arboleda de las naranjas de Mislata cuando de repente una persona extrañísima apareció como cosa llovida del cielo. Su ropa rara estaba limpia, como la de los moros, pero su tez era rubia, como la de los vikingos. Andaba como un noble, pero no traía una espada. Y dijo que deseaba conocerme. Como siempre me interesa conocer a hechiceros, consentí en un entrevista, con Marco asistiendo.

¡Me asombré! ¡El desconocido me contó que venía del futuro distante y que era mi descendiente a través de 29 generaciones! Dijo también que tenía 72 años. ¿Cómo puede tener mi descendiente 21 años más que yo? Al principio no lo creía, pero perdí todas mis dudas cuando él pudo decirme el nombre de mi nieto, que es un bebé recién nacido y cuyo nombre debe ser conocido solamente por sus padres y yo: García Ramírez. (Me informó el desconocido también que este bebé tendrá un matrimonio inquieto en 35 años; debo avisar a mi hija, que es su madre). El desconocido dijo que su nombre era Alán con un apellido impronunciable que sonaba como los nombres feos en aquella isla bárbara, sombria y húmeda: Inglaterra. Lo siguiente es una porción de nuestro diálogo:

Yo: ¿Qué es ese aparato que contigo traes? Se parece a una catapulta pequeñísima.

El desconocido: Es una máquina de tiempo, Excelencia. Mi profesora me la prestó para llegar aquí, en su ciudad, desde el futuro.

Yo: ¿Qué es una «profesora»? ¿Es ella algo así como una princesa o condesa?

El desconocido: Eso equivale casi a la verdad, Excelencia. Ella es una maestra; me enseña su lengua, el español. Pero… antes de contestar su próxima pregunta, me gustaría hacerle unas preguntas a usted, por favor.

Yo: Estoy de acuerdo. Pregunta tú.

El desconocido: ¿En qué año estamos, Excelencia? Tengo que asegurarme de que la máquina funciona correctamente. Sus campesinos no sabían en qué año viven.

Yo: Éste es el Año de Nuestro Señor mil noventa y cinco. Los moros en mi dominio pequeño juzgan que este año es cuatrocientos ochenta y siete.

El desconocido: Soy de un tiempo novecientos veinte años en el futuro, Excelencia. Y de una tierra muy lejos de aquí. Desde las tierras cristianas aquí solamente los vikingos han visitado aquella tierra todavía. Mi profesora allá me pidió que le preguntara a usted sobre su niñez y su adolescencia. Estoy curiosísimo en todo caso, porque usted es mi antepasado remoto.

Yo: Pregunta tú, tataranieto.

El desconocido: En realidad, usted necesita repetir el prefijo tatara veinticuatro veces para expresar nuestra relación correctamente, Excelencia.

Yo: Para mí, una vez es suficiente, tataranieto. ¿Quieres saber sobre mis antecedentes? Nací en Burgos, al norte de aquí; es un largo camino. Mi padre se llamaba Diego Laínez; era el infanzón de Vivar, de la nobleza menor en Castilla, guerrero en las luchas contra los navarros. Yo vivía en la corte del rey Fernando, y allá aprendí a leer y escribir. Mi mejor amigo era Sancho, el primer hijo del rey Fernando. Todos los días nos reuníamos. Eso quiere decir que siempre estábamos juntos. Cenábamos juntos todas las noches. Cazábamos juntos los ciervos, y nos entrenábamos juntos en las artes de la guerra. ¿Puedes imaginar lo que yo sufrí cuando supe que Sancho había sido asesinado, tataranieto?

El desconocido: Sí, Excelencia, ¡claro que puedo imaginarlo! Usted tenía ya veintiocho años por aquel entonces, ¿no?

Yo: Sí. Y tenía sospechas serias que su hermano Alfonso y su hermana Urraca fueron los responsables de su asesinato.

El desconocido: Supe que usted, en su calidad de alférez real, forzó a Alfonso en Santa Gadea a tomar un juramento de no haber intervenido en la muerte del rey Sancho. ¿Es verdad?

Yo: He oido ese rumor también, tataranieto. ¡Oiga! Es verdad que tengo una relación difícil con el rey Alfonso. Pero he trabajado para él muchos años. Aun cuando él me desterró de la corte en Burgos, trabajo para el rey. En realidad es un gran rey. Hace diez años conquistó Toledo, la capital antigua de nuestros antepasados visigodos. En cambio, hace nueve años perdió vergonzosamente—e innecesariamente—en Zalaca contra los almorávides de Yusuf ibn Tasfin. Raramente Alfonso, este «emperador de las dos religiones», presta atención a mis consejos.

El desconocido: Excelencia, deseo preguntarle a usted más sobre su adolescencia, por favor. ¿Cuál fue el evento más especial de su adolescencia?

Yo: El día que cumplí catorce años, mi padrino, que era un monje como mi escribiente Marco—se llamaba Pedro—me dio un caballo blanco y nervioso. En realidad me permitió elegir cualquier caballo del rebaño. Dijo que yo era un tonto por haber elegido a ese caballo nervioso. Él estaba seguro de que el caballo era débil. Exclamó «¡Babieca!»—que significa «estúpido» en Castilla Vieja—y en ese momento le di el nombre a mi caballo, Babieca. He ganado muchas batallas con Babieca, mi caballo de guerra.

El desconocido: Usted tiene dos apodos, Excelencia: «el Campeador» y «el Cid». ¿Cuándo se los mereció? ¿Y por qué?

Yo: Hace veintiocho años, durante la Guerra de los Tres Sanchos, vencí en combate singular a Jimeno Garcés, alférez del rey de Navarra. Los castellanos agradecidos me dieron el apodo «el Campidoctor», que se ha transformado en «el Campeador» en tu dialecto misterioso, que llamas «el español». Hace catorce años, después de mi exilio de Burgos, les ayudaba a mis amigos moros a pelear sus batallas, y me dieron el apodo en árabe «  », pronunciado «as-sīīd», que en su lengua significa «el señor», porque valoraban mi capacidad para pelear. Supongo que el apodo se ha transformado en «el Cid» en tu español.

El desconocido: A veces usted pelea por los cristianos, y otras veces por los moros.

Yo: Sí, soy un aventurero militar. Creo que el pelear por religión es estúpidísimo. Supongo que soy cristiano, pero creo que los musulmanes tienen muchos conceptos buenos. La Península Ibérica le debe muchísimo a la cultura islámica. Nuestro país—Hispania entera (que tú llamas «España»)—tiene la civilización más ilustrada de Europa. Somos competidores fuertes de Constantinopla y hasta el califato de Bagdad. ¡Ay, tataranieto! Nuestros enemigos verdaderos son los puritanos, sean cristianos o musulmanes. Por eso peleo contra Yusuf y sus almorávides puritanos, que desean imponer al mundo su ley sharia. Por eso peleo también contra los monjes cristianos en Burgos que hace diecisiete años proscribieron el rito cristiano mozárabe e impusieron la liturgia romana.

[CONTINUARÁ…]

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