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Opinión

¿Es mi idealismo o es la realidad?

Por Riley Wise
September 2005

Acabo de regresar de Madrid y no lo echo de menos. No quiero dar una mala impresión, pero no puedo dejar de pensar en la tensión que noté entre los madrileños y los sudamericanos, o los “sudacas,” como los españoles los suelen llamar. No quiero decir que no he experimentado el mismo tipo de uso de insultos para atacarse aquí, entre los estadounidenses. Pero la verdad es que, después mi experiencia este verano trabajando en un restaurante en Saugerties, NY, me parece que las relaciones entre los hispanos y los anglos consiste más en una aceptación a entremezclarse que en un resentimiento silencio e ignorante, como vi en España. 

            En mis primeros días en The Chow Hound Café, la tensión étnica parecía similar a lo que había ya visto en los restaurantes en el área: los meseros, gerentes, y el jefe eran norteamericanos y hablaban inglés, mientras que los cocineros y los lavadores eran hispanos y hablaban en español. Los dos grupos, como es normal, habían heredados términos especiales en la lengua opuesta. Los meseros solían decir “gracias” en vez de “thank you” después de recibir su orden de calamares fritos. Los cocineros mezclaban algunas frases en inglés cuando estaban dando direcciones —por ejemplo, “Luis, dame los esteak fries”. Pero aparte de estas excepciones, los dos grupos se quedaban dentro de las esferas de sus lenguas maternas, uno detrás de la puerta de la cocina, el otro afuera.

            En poco tiempo me di cuenta de que la situación en The Chow Hound no era una situación estereotipada. No había una división tan fija entre grupos étnicos. En primer lugar, el jefe del restaurante era una mujer bilingüe con raíces chilenas Hablaba más frecuentemente y más fácilmente con la población “escondida” del restaurante: los hispanos. La puerta que separaba la cocina del comedor no servía como bloque entre los hispanos y norteamericanos; al contrario, había mucho movimiento, física y metafóricamente, entre las dos esferas. Por ejemplo, el salvadoreño encargado de las ensaladas vivía con una mesera local de Saugerties. El “head chef”, un argentino que acababa de volver de tres días en el desierto con un coyote, tenía muchas “fans” norteamericanos que pedían el churrasco hecho a su manera especial. Además, la separación entre las dos lenguas casi no existía. El salvadoreño hablaba siempre en el inglés que había aprendido viviendo con su novia. El jefe, los lavadores y yo hablábamos en español, mientras que las otras meseras intentaban recordar lo que habían aprendido de español en el colegio.

            Pero volviendo a España un momento... Estuve allí cuatro meses y aparte del problema del racismo, me impresionó mucho el gran interés en la política, la cantidad de mujeres que trabajaban en este mundo y la progresista decisión de dar el derecho de casarse a los homosexuales. Fue una muy buena experiencia ver a un pueblo que, después de tantos años sin casi nada de poder político, ha sido capaz de cambiar su gobierno, participar en él y compartir ideas libremente. Pero también fue una experiencia agridulce —nunca pude dejar de pensar adonde tendría que volver. Me lo recordaban todo el tiempo los periódicos, los comentarios que hacían los españoles, su forma recelosa de hablarme. La perspectiva de regresar a los EEUU me daba miedo—pensé en Walmart, en Bush, en nuestra reputación en el resto del mundo, en la actitud de aparente indiferencia con que confrontamos esa reputación. Bien sabía que cuando llegara todas esas distinciones desaparecerían, que me adaptaría a mi cómoda vida, libre de críticas, libre de esa mirada del mundo exterior.  

            No fue exactamente así. Aunque muchos de mis miedos se hicieron realidad —los mismos valores ya componían la columna de la cultura—mi experiencia trabajando con los hispanos en The Chow Hound me dio esperanza. A pesar de que la mayoría de esas personas viven de paga a paga, apoyan familia afuera, trabajan más horas que ningún otro norteamericano, viven sin sus esposos, hijos, padres, todavía consiguen mantener una actitud vital, abierta, cariñosa. En esas personas no experimenté las quejas, la obsesión con ganar dinero y el drama que, para mí, siempre ha acompañado el trabajo en un restaurante. Fue por su compañía que mi llegada al país no me llenó de vergüenza, sino de alegría.

            En fin, no estoy de acuerdo con las especulaciones que dicen que esta ola de inmigrantes no va a ser capaz de crear una vida aquí. Cualquier persona con esta combinación de generosidad y motivación sólo va a ganar la amistad y el respeto de los que le rodean. Por contribuir valores que casi no existen aquí siento que les debemos a los hispanos nuestro apoyo. Espero que la situación que viví en The Chow Hound no fuera única, sino evidencia de que nuestra sociedad va a continuar abriéndose a sus inmigrantes, a aceptar lo bueno que nos podrían ofrecer.






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