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Cuento

Los cassettes de Lucrecio Gonzalez. El hombre de la grabadora

Novela por entregas

Por Ricardo Enrique Murillo
October 2014


31. Un México chiquito

Fuimos al desfile del 16 de septiembre que este año la Sociedad Cívica Mexicana decidió hacer en la calle 26. Nos llevó Felipe Brizuela en su Nova que compró la semana pasada en abonos. Mucho antes de que llegáramos ya se escuchaban los Viva México en la radio. Y seguro para matar el tiempo, mientras el cónsul y su comitiva se preparaban, Salomón Carmona declamó La Suave Patria de Ramón López Velarde que tanto declamábamos en la escuela y no les niego que se me enchinó el cuero y se me salieron las de San Pedro. No cabe duda de que le puso sentimiento a lo de “Cuando nacemos, nos regalas notas, después, un paraíso de compotas, y luego te regalas toda entera, suave Patria, alacena y pajarera”. Ni pareció el locutor que anuncia las taquerías de La Villita. Y, bueno, nos abrimos paso entre el gentío y lo primero que vimos fue la reina coronada en el Grito que no vimos porque estuvimos trabajando. Las banderas y los gritos por todos lados. Vimos desfilar las carrozas tan adornadas con flores y muchachas. Totonaca dijo que con la que iba al frente se conformaba. Las músicas se cruzaban. La gente estiraba los pescuezos para ver un poquito de lo mucho que ofrecía la fiesta. A todo le pusimos atención, menos a Turín Acevedo y a los políticos porque no nos gustan las novelas ni los cuentos. Luego que pasó todo el brete, fuimos de carrerita a comer tacos a Los Comales porque nos toca trabajar el turno de las cinco. Amables las meseras vestidas de veracruzanas. Les dije a los compañeros que los tacos al pastor eran los mejores. Felipe Brizuela me dijo que eso decía porque soy chivero.

32. De farándula 

Resulta que el patrón trajo a Marco Antonio Muñíz directamente desde México a cantarles boleros a los americanos los sábados. Sí, Marco Antonio, el primera voz del Trío los Ases, que le gusta presentarse de blanco y con chinelas en los escenarios. Lo contrató por un año y todo iba muy bien hasta ayer, cuando, después de cantar el Lamento Borincano, Zulma lo llevó al hotel en su Continental y los trabajadores del restaurante empezamos a sospechar lo peor. El mismo patrón anda que no lo calienta ni el sol. Se enojaron. El Múcaro dice que los oyó discutir en la oficina. Y es que Marco Antonio tiene fama de gustarle las puertorriqueñas. Tiene casa en Puerto Rico. Pasa temporadas allá. Pensándolo bien, ahora vemos la razón por la que cantó Lamento precisamente cuando Zulma estaba sentada al frente, mirándolo con la boca abierta. Y él no es nada tonto o, como luego dicen, no da paso sin huarache. Y Zulma también por algo fue la reina del desfile puertorriqueño antes de que el patrón la pusiera a cargo del negocio. Total, se canceló el contrato y dicen que el patrón y Marco Antonio perdieron la amistad y que para estas horas el primera voz ya debe ir de regreso a México. Zulma no se presentó a trabajar. En su lugar vemos al Capi.

33. Batallando con el inglés

Dijo un amigo que el inglés es bien fácil porque ojos es eyes, y ice es hielo, y yellow es amarillo y que él no entiende por qué los mexicanos que nos pasamos los años viviendo en el norte no lo aprendemos. Tiene razón, es de desesperarse uno. La semana pasada me aventé dos horas de ida y otras tantas de venida para estudiar tres horas de inglés y no se me pegó nada, a la mejor porque me levanté oscura la mañana y me dio sueño en la clase y he pensado que para perder el tiempo y gastar el dinero en camiones mejor duermo y como a mis horas y llego a descansado al trabajo. Los amigos me animan a que compre un carro y que enamore una gringa para que, de ese modo, vaya a las fiestas y agarre el inglés de volada. ¿Quién sabe? Vine por un año y ya voy para tres. Voy confiarle mi situación a Candy. Candy es muy conocedora de estos asuntos. Todos en la cocina la respetamos. Conoce muy bien el modo de vivir de aquí y lo que se necesita para que no le vean a uno la cara de tarugo.

34. Alfredo el cantinero

Uno se cansa de pasarse las horas en el trabajo. Hace rato estuvimos en la barra del Parfais tomándonos un refresco. Éramos cuatro mexicanos: La Chicharra, Felipe Brizuela, el primo de Villa y este lavaplatos. Ahí estaba Alfredo Garza, el cantinero regimontano, diciéndonos cómo se para un torero en el centro de la plaza. Según él, todo forrado con su pantalón entallado y su chaleco de lentejuela y chaquira. Nos aclaró que el gorrito se llama montera y el trapo rojo que enfurece a los toros capote. Se nota que sabe de las toreadas el amigo. Le tomó a su cerveza y con la mano muy abierta nos dijo que el torero llama al toro, lo recibe, se hace a un lado con un quiebre de cintura y lo manda. Lo llama, lo recibe, se hace a un lado con un quiebre de cintura y lo manda. Lo llama, lo recibe, se hace a un lado con un quiebre de cintura y lo manda. Uno, dos tres. Uno, dos tres. Así, nos dijo, y que luego se oye el ooole de la fanaticada si hizo bien su trabajo. Los gringos no paraban de mirarlo y hasta se hicieron a un lado. Nos mostró lo que son la verónica, el pase y la voltereta. También supimos que los toreros buenos corren mucho y comen poco para mantener la figura. Se dejan crecer una colita como de cochino que se cubren con la montera. Alfredo tiene en la barra un cuadro de Manolete que le compró su papá después de una corrida. Dice que la plaza de México es más grande que cualquiera de las de España. Al rato se tomó otra a salud de Rodolfo Gaona, de Silverio Pérez y de Eloy Cavazos. Los vi torear a todos con estos ojos que se van a tragar los gusanos, nos dijo. Con razón viste como ellos aunque las cervezas le han inflado un poco la panza. Nos confió que la fiesta brava le gusta a morir y que no sabe de dónde diablos le viene lo de cantinero.





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