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Los cassettes de Lucrecio González

El hombre de la grabadora. Novela por entregas

Por Ricardo Enrique Murillo
August 2014

21 El Indio

Zulma nos pidió que le diéramos de comer al Indio antes de que le entrara a la cantada. O sea, panza llena corazón contento, y el Indio bien comido va de mesa en mesa tocando y cantándoles a los gringos Gema, Guantanamera, Cielito Lindo, las Cuatro Milpas y Allá en el Rancho Grande. A Oscar Medina le cae retemal el Indio, porque antes el trío de Oscar cantaba los seis días de la semana y ahora Zulma le dio tres al Indio. Y no es que el Indio sea mejor músico que los demás, sino que, como tiene panza grande y poco pescuezo, canta grueso y se oye lejos mientras a la primera voz del trío le falta un pelo para que parezca de mujer gangosa. A nosotros en la cocina también nos disgusta verlo llegar con su sonrisa de Raúl Velasco. Sólo nos visita cuando tiene hambre, y luego no quiere bistec a la mexicana, que es lo que se les da a los empleados en una olla. Pide milanesa, guachinango a la veracruzana o enchiladas con salsa verde. Y lo malo es que Zulma le concede sus gustos. Ya Oscar se puso a llamar a México para preguntarles a sus amigos de la artisteada si conocen al Indio mentado, si es alguien famoso, porque él, con todos los años que lleva viviendo por acá, no sabe nada de los músicos que salieron al aire después de Pedro Infante.

 

22. Carlitos Mendoza      

Bueno, bueno, sí. Para variar un poco quiero decir que el periódico de la semana trae un artículo de Carlitos Mendoza. Carlitos el nicaragüense, delgadito como el compositor Agustín Lara. Carlitos fue mesero, pero seguro no le gustó el oficio y el patrón lo mandó a que probara suerte en el periódico. Lo que sea de cada quien, escribe de lujo. Que calladito se lo tenía. Los de la cocina no le conocíamos ese talento. Se nota que fue a la escuela. Dice en el artículo que los que vuelven a sus países sin conocer la ciudad es porque no quieren conocerla o porque no saben de lo que se pierden. Un domingo Carlitos compró un pase de la CTA y se paseó en tren todo el día sin que lo bajaran. Anduvo en el sur, que es donde viven los negros. Fue al barrio de los blancos. Se bajó en el centro. Se metió a los museos. Comió en el Blackhawk. ¿Dónde no anduvo? Seguro traía su camarita, porque viene una foto de la Sheridan. Qué suerte la de Carlitos de poder pasearse y de ganar dinero por escribir lo que le gusta. Los meseros, los busboys, los cocineros y hasta el otro lavaplatos ya leyeron el artículo y están igual que yo de sorprendidos. Ojalá que Carlitos no vuelva a la mesereada. Que no se deje convencer ni por 100 dólares.

 

23. Juan José Antonio Aguirre

Juan José Antonio Aguirre es artista. Después del trabajo la gente se cambia y se va a comprar el seis. En la licorería se ponen de acuerdo dónde jugar baraja. En el apartamento donde se juntan fuman y luego llegan las muchachas alegres como si desde lejos olieran el ambiente. Juan José nunca los sigue. Lo de él es el arte, y la música. Tiene sus músicos y sus artistas preferidos. Dice que de día estudia en el Instituto de Arte y por las noches tiene que trabajar de mesero porque de algo ha de vivir. Cuando no trabaja, Juan José se suelta el pelo largo, usa pantalones rotos, de pechera. De que trabaja y no llega la clientela, se sienta a leer en inglés o en español. Los meseros le dicen el Gabacho, pero él dice que nació en México. Los jugadores preguntan que qué onda con ese bato. Les parece muy serio y presumido. Según ellos, el hombre, para ser de veras hombre, debe oler a alcohol, a humo y a mujer.

 

24. La misa del sacerdote Antonio Záizar

Ayer fui al barrio mexicano a escuchar la misa del sacerdote Antonio Záizar, hermano carnal de los Hermanos Záizar, de Tamazula, Jalisco, la tierra de Vicente Villa. Sabía que ellos fueron grandes en la música ranchera, pero no que tuvieran un hermano sacerdote tan talentoso hasta que me enteré por Serenata Matutina que venía a Chicago. Vino especialmente a alegrar los corazones de la comunidad mexicana, a la que por estos días decembrinos le da por extrañar su tierra. Vaya que nos alegró con el falsete que no le pedía nada al de los hermanos. A cada pausa nos cantó una alabanza. Luego que se sintió escuchado nos cantó la Canción Mixteca y ahí está la moqueadera que no se nos detenía porque a esta pieza le siguieron Dos Arbolitos, Cuatro Milpas y otras por el estilo. Al rato, a unos muchachos tatuados se les olvidó de que estábamos en la Iglesia y se soltaron grite y grite, como en un baile, y a él no le importó. Parecía que los gritos eran para él, igual que los aplausos. Cantó mientras nos daba la hostia y su monaguillo tuvo que llenar el cáliz de vino como tres veces y ahí está que me piqué y saliendo de misa me fui derechito a la cantina a escuchar más música y hoy tempranito le llamé a la patrona para decirle que no voy a trabajar.

 

25. Don Chuy el de la talacha

Acaba de llegar don Chuy. Seguro ya son las 11 de la noche, casi hora de salir del trabajo. Don Chuy es el trabajador más viejo y ha conocido a toda la gente que ha pasado por el restaurante. Se encarga de la talacha. En cuanto entra baja a barrer el sótano. Luego que nos vamos mete los manteles y los uniformes sucios a las lavadoras. Prende su radio. Echa a andar la aspiradora. A veces se nos olvida algo y regresamos a trocarle la puerta y ni cuando escuche. Sólo se escucha un zumbido como de avión en todo el restaurante. Por mucho tiempo creímos que estaba sordo, hasta que le preguntamos por qué no lava primero la ropa y luego limpia la alfombra para que pueda escuchar su música. Dijo que no porque dizque cuando nos vamos se siente muy solo y luego se le vienen a la mente las caras de los trabajadores que se han muerto. Oye que le platican y con todos los aparatos prendidos ni quien lo moleste. Dice que entre más ruido mejor. Toda la noche se la pasa deseando que amanezca pronto para que llegue Vicente Villa y le haga plática. Entonces apaga las máquinas y la aspiradora.



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