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Sin sus hijos

Historias de madres inmigrantes en el Valle del Hudson

Por Melanie Nicholson
March 2006

Lupe tiene 26 años. Es del DF pero vive en Red Hook, NY, desde 2001, cuando cruzó la frontera en Brownsville, Texas, y se vino al norte para reunirse con su esposo Gabriel. Lupe dejó a tres hijos en México: Jasmín, que acaba de cumplir once años, Gabriel, de ocho y Carlos, de siete. La mamá de Lupe, de 42 años, cuida a sus nietos y a su bebé. Lupe trabaja con su esposo en una pizzería en Red Hook, pueblo donde comparten un departamento del dueño de la pizzería con otros cuatro hombres. Trabajan seis días a la semana, desde las 10 de la mañana, cuando el jefe los viene a buscar, hasta las 10.30 u 11.00 de la noche, cuando los lleva de vuelta. Las condiciones de trabajo son muy malas: tienen sólo un descanso de 30 minutos en todo el día, el calor de la cocina es insoportable y el jefe y su mujer se la pasan gritándoles a sus empleados. Pero al que se queja lo echan así que ellos se cuidan de no quejarse. Gabriel cobra $350 a la semana y Lupe $300. Dicen que está bien porque así pueden enviar dinero a México todos los meses para mantener a sus hijos y para construir la casita en la que piensan vivir cuando regresen. Llaman a sus hijos todas las semanas y aunque Lupe los extraña muchísimo, hasta ahora pensaba que la situación era sostenible. Pero ahora las cosas están fuera de control. La mamá de Lupe está mal de salud y está desesperada tratando de cuidar a sus tres nietos y a su propio bebé. Hubo serios problemas en la construcción de la casa y por el momento se detuvo. Lupe se quiere volver a México pero cada semana hay más y más gastos y no puede ahorrar lo suficiente para el boleto de avión.

 La historia de Lupe es única y a la vez impresionantemente parecida a las historias de otras mujeres indocumentadas mexicanas o guatemaltecas que inmigran al Hudson Valley. Pero qué las llevó a emigrar, cómo cambiaron sus vidas al cruzar la frontera, cómo están sus hijos y cuáles son los efectos psico-afectivos de esta nueva vida. Tuve la oportunidad de conocer y hablar con muchas de estas mujeres, de 23 a 32 años de edad, a través del proyecto de clases de inglés como segunda lengua de Bard College.
Las mexicanas y centroamericanas que migran al norte de los Estados Unidos no piensan quedarse, sino que viven en la ideología del regreso, dicen que se vuelven “dentro de un par de años”. La separación actual es sólo una estrategia temporal para mejorar el bienestar de la familia a largo plazo. Además, las madres inmigrantes ven a sus hijos como parte de una familia mucho más amplia que el típico ideal burgués de la familia nuclear: ellas se consideran primordialmente pero no exclusivamente las responsables de la crianza de sus hijos. Este punto de vista es crucial para entender las familias transnacionales ya que la ausencia de la madre, incluso por mucho tiempo, no es una circunstancia que complique la crianza de los niños.  Doce de las trece mujeres que entrevisté dejaron a sus hijos a cargo de sus abuelos maternos.

Por qué vienen
La mayoría, aunque no todas, migraron al Hudson Valley para unirse a sus maridos que habían migrado previamente. Claro que la necesidad económica también es un factor decisivo. Aurora, madre soltera de dos niños en Oaxaca, explica que vino al norte para que sus hijos y sus hermanos menores puedan tener leche y jugo de frutas todos los días, un lujo que no se podía permitir si se quedaba en México. Marta y María, vecinas en un pueblito de Guatemala, dicen que no se “podían imaginar” qué más podían hacer para ganar dinero en sus comunidades.
María cuenta que la situación económica cambió mucho allí debido en parte a la deforestación y al uso excesivo de las tierras cultivables: “Antes, uno cultivaba frijol y maíz, la tierra era muy fértil. Ahora, la tierra rinde menos, pero los precios en las tiendas son mucho más altos. El dinero nunca alcanza”.  A las dos semanas de haber llegado, Marta y María encontraron trabajo en las cocinas de restaurantes de Tivoli, NY, y se unieron a sus maridos enviando parte de sus salarios a la familia. Otras tres mujeres me contaron muy orgullosas de que el dinero que envían sirve para mandar a sus hijos a escuelas privadas católicas. En todos los casos, trabajar en los Estados Unidos les permite a asegurar el mantenimiento básico de sus hijos y además conseguir objetivos más amplios. Elena, madre de una niña de 8 ochos en Oaxaca, lo define brevemente: “Todo lo que hago es para el futuro de mi hija”.

Cómo es la vida acá
El aislamiento, a veces extremo, es lo que las define. Las mujeres con las que hablé han estado en este país por periodos que van desde los seis meses hasta los doce años, y sin embargo, su interacción con la comunidad exterior es mínima. Marta y María comparten pequeños departamentos con sus maridos en una casa en una hacienda de manzanares de 200 hectáreas en el rural condado de Columbia. Sus esposos las llevan y las traen de sus trabajos y una vez por semana se van todos juntos de compras. Aparte de eso, Marta y María no salen. “De aquí no voy para ninguna parte”, me dijo Marta mientras miraba con más deseos que esperanzas por la ventana los campos nevados.  De hecho, tienen una vaga noción de dónde se encuentran (no sabían que vivían cerca del Río Hudson) y casi no saben nada de la comunidad que las rodea y los recursos disponibles, como las clases gratuitas de inglés.
Además del aislamiento, la abrumadora realidad de la vida de estas mujeres es el trabajo. Un trabajo poco remunerado, repetitivo, nada creativo y a veces degradante. El pago suele ser en negro, en efectivo y sin beneficios. La mitad de las mujeres con las que hablé trabajan en las cocinas de restaurantes, preparando comida o limpiando, sin contacto con el público. Otras limpian casas o trabajan en cadenas de montaje en fábricas. Pero ellas no se quejan, “lo bueno es que uno puede trabajar”, se consuela María, porque aunque el trabajo sea aburrido “uno está aquí para trabajar”. Es evidente que estas mujeres no ven al trabajo como algo que enriquece sus vidas, sino sencillamente como el camino para ganar unos dólares para mandar a casa. Y esto las mantiene activas.

Qué pasa con los niños
Sin excepción, todas me aseguraron que los niños, de entre 2 y 15 años, estaban bien cuidados y felices allá criados por los abuelos. Muchos de los chicos ya vivían en una situación de familia extendida con o cerca de sus abuelos y otros parientes, así que no hubo una mudanza traumática cuando la madre emigró. Además, gracias a los bajos costos de las llamadas telefónicas internacionales, las mujeres pueden hablar dos o tres veces por semana o por mes con sus hijos y sus cuidadores y tomar decisiones sobre la crianza de sus niños desde la distancia.
Pero también las madres admiten cierta discrepancia con la forma en que los abuelos suelen malcriar a los chicos, que terminan aprendiendo estrategias manipuladoras para negociar los límites entre la autoridad de abuelos y padres. La hija de 8 años de Elena le espeta a su abuela: “Tú no eres mi madre”, cuando esta la regaña. A pesar de todo, sin embargo, los chicos “están en buenas manos”, según confían optimistas la mayoría de las madres. Ellas prefieren que los niños se queden allí a tener que traerlos. Es una opción que consideran innecesaria ―¿para qué si están bien allá?― y peligrosa en más de un sentido ―el riesgo de cruzar la frontera sumado a los prejuicios contra la sociedad estadounidense, vista como una cultura muy permisiva incapaz de proteger a los jóvenes de las drogas y las pandillas.

¿Final feliz?
En general la mayoría de las mujeres se sienten satisfechas de su decisión de venir al norte a reunirse con sus maridos, buscar trabajo y dedicar una parte de sus vidas en asegurar una mejor existencia a sus hijos. Pero el costo afectivo de esta decisión también es evidente y no debería pasarse por alto. Las mujeres dicen que es un “sacrificio necesario”, pero cuando se les pregunta qué es lo que les preocupa de sus hijos o si aconsejarían a una amiga a hacer lo mismo, las respuestas son más emotivas. Diana dice que tiene frecuentes dolores de cabeza y que no se siente bien físicamente, “Pues, me preocupo de todo”. María me muestra las fotos de su hija de cuatro años y me cuenta que se pasa horas, sentada en su cuarto con su cabeza “dando vueltas y vueltas”. Se siente agradecida de haber encontrado un trabajo que la hace pensar en otra cosa.
Aunque las políticas de inmigración de los Estados Unidos facilitan la reunificación familiar, estas políticas no hacen nada por las familias donde ni padre ni madre son residentes legales. De hecho, la continua demanda de este tipo de trabajadores contribuye a crear y a perpetuar las situaciones de separación familiar. Mientras tanto, debemos al menos reconocer la presencia de estos padres transnacionales en nuestro medio, conocer sus historias y tratar de romper las barreras que marcan su aislamiento.
 
*Adaptación del ensayo “Without Their Children: Rethinking Motherhood among Transnational Migrant Women” y traducción por Mariel Fiori.
** Melanie Nicholson es profesora y directora del departamento de español en Bard College.
 
 
 La mayoría de las mujeres vinieron de regiones rurales pobres, muy pocas de zonas urbanas obreras. Sólo una mujer trabajó fuera de su casa antes de venir a los Estados Unidos. Ninguna de mis entrevistadas tuvo una educación superior a la secundaria y muchas sólo llegaron a 7º u 8º grado y con muy pocos o nulos conocimientos del inglés.
 
Hasta la expresión “reunificación familiar” es problemática en sí. ¿Si una esposa cruza la frontera para reunirse con un marido que no ha visto en años, pero deja en su país a los hijos que no verá por muchos años más, realmente se está reunificando la familia?
 
Más porqués
La reunificación con el esposo u otros familiares y la oportunidad de trabajar son los motivos principales para migrar, pero puede haber otras razones también. Lupe confesó que en México tenía una situación difícil con su familia política y vio la oportunidad de unirse a su marido como una vía de escape, aunque ahora no se siente tan segura de su decisión. María admite que tuvo curiosidad al oír las historias del norte que contaban los hombres. Su vecina, Marta, dice que mucha gente en su pueblo “mantiene la ilusión de venirse a los Estados Unidos”  y que ella estaba “muy entusiasmada” con la idea de venirse. En otros casos, los padres de las mujeres casadas les reclamaron a sus hijas que se unieran a sus esposos porque “los maridos se pierden por ahí” y que migrar sería la única manera de salvar su matrimonio.
 
La soledad
El aislamiento no es sólo un fenómeno rural. Diana y su esposo viven en una habitación en una casa ruinosa de estilo victoriano en el centro de Poughkeepsie. Comparten el baño con otras personas. Hace dos años Diana tuvo una niña, Sofía, y dejó su trabajo en Wendy para quedarse en casa a cuidar a su bebé. Cuando su hija aprendió a caminar, pedía continuamente ir afuera, pero Diana tenía miedo de exponer al bebé a los peligros del exterior. Cuando Sofía cumplió 14 meses, Diana y su esposo decidieron que él llevaría al bebé a casa de sus suegros en Oaxaca. Diana piensa que su hija está mucho mejor en México, aunque la extraña tremendamente. Por eso tomó un turno más en el trabajo para ahorrar dinero más pronto y espera volver a Oaxaca en unos meses.

La barrera idiomática
Todas hablaron de las dificultades causadas por la barrera idiomática como impedimento para una vida más activa o interesante. Aunque algunas saben que existen clases gratuitas de inglés, están limitadas por falta de tiempo y transporte. Por ser indocumentadas, no pueden obtener una licencia de conducir de manera legal y el sistema de transporte público es mínimo.
 


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