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Aquel día

Por Samaria Torres Vélez
March 2014

Le subieron hormigas

mientras tenía ataques epilépticos sin ser epiléptico

la madrugada de su última lucha contra la muerte.

Y ¿para qué?

Sus papilas gustativas ya tenían cortos circuitos.

En calzoncillos grises y playera blanca cortaba por montones mandarinas

en aquel árbol abandonado del jardín

mandarinas a montones,

verdes, con todo y cascara se las comía.

No distinguía lo agrio de lo dulce.

Tal vez así había nacido,

agrio de coraje contra la vida,

frío de cariño contra su familia,

empeñado en guardar toda su dulzura para sí mismo.

Ochenta y seis años de amor, cariño y dulzura

se evaporaban por sus poros.

Hasta las más extremas esquinas llegó aquel aroma dulce.

Llegaron por millones

hormigas de todos colores

hambrientas de nuevos sabores.

Causaron temblores,

dolores.

Hasta rompieron amores

con cierto temor

y sin amor.

Una por una fue entrando

en aquella habitación abandonada, sagrada

de sábanas cafés rococó

que a cualquiera volverían loco

en aquella habitación con un foco,

donde de pequeña sólo llegué a entrar tres veces con tanto temor

cubierta de sudor.

Esta vez las hormigas

ordenadas

y educadas

fueron

con cajas y baúles hormigueros

a llenarse de la dulzura

que aquel hombre frío y cruel que tanto quiso guardarla y llevársela a su tumba.

Tonto no era.

Bien sabía que pasaría hambre en su tumba

porque nadie… más lo quería

y todos le temían.

Sabía que en ningún buen día

nadie le llevaría ninguna penumbra de amor, ni comida, ni bebida.

Estaba listo para su eterna hibernación purgatoria

y siempre tendría dulzura de que comer.

Pasó toda la noche

Y el tsunami negro de hormigas no paró.

Duró tres semanas hasta que ya no había más hormigas en todo el continente que no estuvieran repletas de dulzura eterna

y poco a poco

el murmullo de la marcha hormiguera desapareció con el viento.

Él seguía vivo,

pidiendo más mandarinas verdes

y sus ataques epilépticos se volvieron en un cuento.

Tres meses pasaron

y lo enterraron

lleno de flores de colores.

Fue aquel día

el día donde no hubo envidia

ni fastidia.

Su tumba se reconoce

pues siempre está cubierta de hormigas

que llegan de lejanos desiertos, montañas y rincones.

Y se dice que tal vez hubiese sido más feliz

sólo si de vez en cuando se hubiese reído de su propia nariz,

pues aquel hombre con cicatriz

había guardado tanta dulzura

enmascarada de amargura,

que se volvió su armadura.

Y sólo desde por debajo de toda altura

donde imposible de compartirla con cualquier hermosura

sino que solo con hormigas llenas y vacías de locura,

aquellas en busca de aventura

y  sobre todo las que padecían de una carencia de dulzura.

 

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